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Gandásegui, Marco A.

Marco A. Gandásegui, hijo, Profesor de Sociología en la Universidad de Panamá e investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), “Justo Arosemena”. Coordina el grupo de trabajo de Estudios sobre EE.UU. de CLACSO y el Observatorio sobre las Drogas de la Universidad de Panamá. Es director de la revista TAREAS. Realizó sus estudios de doctorado en la Universidad del Estado de Nueva York, EE.UU.

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Es autor de múltiples libros y artículos en revistas especializadas.

Recientemente publicó EEUU: Más allá de la crisis (edición CLACSO-Siglo XXI, México) y “El debate sobre la ampliación del Canal de Panamá” (coedición CELA-Portobelo). Además, se destacan "Las clases sociales en Panamá", "La democracia en Panamá" y "El mito de la comunicación social", entre otros. Sus artículos aparecen regularmente en Panamá y en otros países.

 


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El fenómeno Trump

Por Marco A. Gandásegui, hijo*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Estados Unidos, un país con 300 millones de habitantes, con la economía más grande del mundo, moviliza las fuerzas armadas más poderosas sobre la tierra y tiene la “máquina” propagandístico-cultural más rica en la historia de la humanidad. Para manejar este enorme poderío ha tejido a lo largo de décadas (más de dos siglos) un aparato político capaz de enfrentar retos y movilizar a millones de personas. El sofisticado engranaje es la llamada democracia.

Si Trump gana las elecciones, cuenta con el apoyo estratégico de un relativamente pequeño pero poderoso sector del establishment, que ha sido marginado del poder desde los tiempos de Nixon: los antiguos capitanes de la industria norteamericana desplazados por el sector financiero ‘globalizado’. Ideológicamente, Trump es un populista de derecha.

 

El proceso es supervisado por el establishment para garantizar que no se produzcan sorpresas y no sean elegidos candidatos fuera de las normas aceptadas.

Entre éstas la más importante es garantizar la reproducción del sistema que protege los resortes económicos de propiedad y represión (violencia). Para lograr ese fin, el establishment cuenta con dos partidos políticos: uno más conservador (Republicano) y el otro más liberal (Demócrata).

En la campaña electoral de 2016 salió a relucir dentro del Partido Republicano una masa electoral que respaldó al candidato menos comprometido con el orden tradicional: Donald J. Trump. Su mensaje se dirige a una población electoral de hombres ‘blancos’ frustrados, sin empleo, sin vivienda propia y sin seguridad social. Esa masa sorprendió a los ‘expertos’  y arrasó en las primarias. Le dio a Trump los delegados que lo van a coronar candidato republicano.

Los ‘conservadores’ que planteaban políticas de austeridad fiscal, así como servicios de salud y educación privados fueron desplazados por Trump. El candidato multimillonario de Nueva York no le hizo caso a los postulados del segmento conservador del Partido Republicano. Incluso, durante las primarias, fue ambiguo en muchos puntos sacrosantos para las iglesias evangélicas (aliadas estratégicas del Partido).

En cambio, arremetió contra los migrantes mexicanos, los afronorteamericanos, las mujeres y los musulmanes. Prometió acabar con los tratados de libre comercio, destruir militarmente al ‘Estado islámico’ y “rescatar nuevamente la grandeza de EE.UU”.

Trump parece entender que las capas medias norteamericanas, que constituían la base de los partidos políticos de su país durante la segunda mitad del siglo XX, en la práctica han desparecido. Logró conectar con el votante medio que quiere rescatar un imaginario del pasado que pareciera mejor. Este sector  cree que los migrantes, las mujeres y los musulmanes son sus enemigos.

El mensaje de Trump logró despertar ese sector de la derecha política, que no tenía un abanderado y que rechaza, al igual que Trump, a los empresarios que exportaron sus empleos a otros países. Durante las primarias  desplazó el centro tradicional de la derecha norteamericana a posiciones más radicales. Su estrategia será, a partir de junio, atraer a los jóvenes frustrados del Partido Demócrata, que apoyan al senador Bernie Sanders. Cree que éstos no apoyarán a la candidata demócrata Hilary Clinton, a quien consideran demasiada comprometida con el status quo.

Si Trump gana las elecciones, cuenta con el apoyo estratégico de un relativamente pequeño pero poderoso sector del establishment, que ha sido marginado del poder desde los tiempos de Nixon. Se trata de los antiguos capitanes de la industria norteamericana desplazados por el sector financiero ‘globalizado’. En política exterior, Trump es ‘alumno’ de Henry Kissinger, quien promueve un acercamiento a Rusia, contrario a la posición prevaleciente en los círculos dominantes estadounidenses.

Trump quiere convertir a Rusia en un aliado “subordinado” igual que las otras antiguas potencias europeas. Incluso, visualiza a la OTAN moviendo sus tropas del centro de Europa hasta las fronteras de China. Es la política de contención tan acariciada por Kissinger en sus buenos tiempos.

Ideológicamente, Trump es un populista de derecha, que movilizará a los norteamericanos contra los partidos políticos, como una táctica para las elecciones, pero no creará un movimiento político capaz de retar el establishment. En este sentido, no tiene una agenda política fascista, aunque su discurso lo aparenta. 

Si llega a la presidencia,  afirma que sus proyectos serán pagados por trabajadores extranjeros. Sin embargo, serán los trabajadores norteamericanos quienes llevarán la mayor parte de la carga (incremento de impuestos y pérdida de más empleos) para financiar los proyectos de expansión y ‘grandeza’ que promete en sus arengas.

 

ag/mag

 

*Profesor de Sociología de la Universidad de Panamá e investigador asociado del CELA.