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Luis Casado

Casado, Luis

Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica - 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.



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La pasión Piketty

Por Luis Casado

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Como para servidor lo prometido es deuda, heme aquí cumpliendo con el compromiso de concluir el análisis de las tesis de Thomas Piketty, el economista de moda que ha provocado entusiasmos, risitas nerviosas y más de un agudo chillido de admiración.

Vamos allí, de un paso ligero y decidido. El tercer capítulo de su libro “La economía de las desigualdades”, explica cómo y por qué la causa mayor de las desigualdades no se encuentra en la injusta distribución de la riqueza creada -el valor añadido- entre el capital y el trabajo, sino en la desigual distribución de los salarios entre los asalariados, así como lo lee,  no le pongo ni le quito.

Piketty no puede afirmar que todo el mundo haya supuesto ni un solo instante que el trabajo es homogéneo, y por ende, que fuese históricamente remunerado del mismo modo, al mismo precio, en todas partes. Eso huele a postulado de economista que no conoce el mundo real, ni la industria, ni el comercio, ni los intercambios reales.

Piketty le dedica sesudas reflexiones a “la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo, que se ha transformado tal vez en la cuestión central de la desigualdad contemporánea, a menos que no lo haya sido siempre”.

Como el mismo escribe:

“… la parte más importante de las desigualdades de ingreso se explica hoy en día, y sin duda desde hace mucho tiempo, por las desigualdades de los ingresos del trabajo”.

No es por incordiar, pero todos los datos disponibles, incluyendo desde luego los que proporciona Piketty, muestran que la inimaginable concentración de la riqueza a la que asistimos en la primera década del siglo XXI no es operada por asalariados privilegiados, sino por los detentores del capital, y en particular del capital financiero.

En “Un método infalible para la laboriosidad”, texto que escribí hace algún tiempo,  publicado por la Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, señalé lo siguiente:

En marzo de 2011, Kathleen Madigan escribía en el blog que mantiene en el Wall Street Journal:

“Después de alzarse como el ave Fénix, la industria financiera obtiene alrededor de 30% de la masa global de beneficios industriales. Esta es una cifra sorprendente, habida cuenta que el sector cuenta por menos del 10% del valor agregado en la economía”.

Si Kathleen Madigan habla de “ave Fénix”, es porque el sector financiero había sufrido una caída estrepitosa con las crisis que se sucedieron de manera ininterrumpida de 2001 en adelante, y hasta septiembre de 2008 (la caída).

Si en diciembre de 1947 el sector financiero obtenía el 8% del total de beneficios corporativos, en diciembre de 2001 había alcanzado una parte inimaginablemente alta: ¡un 45,80%! (James Bianco. The Big Picture. Macro Perspective on the Capital Markets, Economy, Technology & Digital Media. March 29, 2011).

En la citada nota James Bianco afirma que:

“El gran conductor de la curva de rentabilidad es la manipulación por parte del gobierno (estadounidense) de las políticas monetarias de la Reserva Federal.”

¿Hay que sorprenderse si un conocido consultor financiero de New York – Shah Gilani  -les trata de “rufianes” y  “sinvergüenzas?” (Shah Gilani. “Central banks are the problem”. Capital Waves Strategist, Money Morning. July 10, 2012).

¿En qué sostiene Piketty sus afirmaciones? En los datos que analiza, y que muestran que, en periodos significativos, la separación entre los trabajadores mejor pagados y los más mal pagados se amplía o se reduce, o dicho de otro modo juega al yo-yo.

De ahí que afirme perentoriamente “hay que abandonar la idea de un mundo en donde se suponía que el trabajo es homogéneo y en el que sólo domina la desigualdad capital/trabajo”, para “analizar ahora la formación de las desigualdades de los ingresos del trabajo”.

Piketty puede abandonar  lo que quiera, es su problema. Pero no puede afirmar que todo el mundo haya supuesto ni un solo instante que el trabajo es homogéneo, y por ende, que fuese históricamente remunerado del mismo modo, al mismo precio, en todas partes. Eso huele a postulado de economista que no ha visitado nunca el mundo real, que no conoce ni la industria ni el comercio, ni los intercambios reales. En fin, un economista.

Si Piketty hubiese conocido la industria francesa de los años 1945-1990, o sea la industria de su propio país, o si hubiese participado en una sola negociación colectiva, se hubiese enterado de la extraordinaria complejidad de los baremos (tablas de cálculo para medir la solvencia de las empresas)  salariales y de las Convenciones Colectivas, y conocido la inimaginable heterogeneidad de los elementos que determinan el salario de millones de trabajadores.

En este mismo momento, el Estado francés, la organización patronal y las federaciones sindicales no logran ponerse acuerdo -después de meses de negociaciones- para determinar un solo elemento –uno- que determina la extrema dureza de determinadas tareas, característica que debiera permitirles a los trabajadores concernidos jubilarse a una edad más temprana.

Trasladados al campo de flores bordado, más específicamente al sector minero (del cual volveremos a hablar), constatamos que las empresas se empeñan en hacer proliferar los sindicatos estableciendo incluso diferencias arbitrarias entre sus asociados,  con el objeto de dividirles, generar diferencias  salariales artificiales y por consiguiente reducir la masa salarial. Por cierto, esta práctica innoble no es exclusiva de la minería: en Chile es la regla allí donde todavía queda actividad sindical.

¿Trabajo homogéneo? ¿De dónde saca Piketty que alguien –aparte de él mismo– suponía la homogeneidad del trabajo y las remuneraciones?  En todo caso su afirmación permite una conclusión provechosa: podemos dejar de lado la contradicción capital/trabajo, regalarle una paz principesca a las empresas y a los patrones, para concentrarnos en lo que -según él- realmente importa: las desigualdades salariales.

¿Qué exagero? Mira ver lo que dice el propio Piketty:

“Lo que está en juego con estos análisis toma ahora la forma de nuevas herramientas de redistribución: ya no se trata de saber si hay que abolir la propiedad privada del capital, cobrarle impuestos al lucro o redistribuir el patrimonio. Las herramientas adecuadas a la desigualdad de los ingresos del trabajo tienen otros nombres: impuestos a los salarios más altos, y transferencias fiscales para los bajos salarios…”

Si la CPC no suspira aliviada, y acto seguido no le otorga a Piketty el premio “Quinto de Caballería” a quién llega aportándole un inesperado refuerzo a sus abyectas políticas laborales… sería una ingratitud tan enorme como el pago de Chile.

Piketty, que gracias a sus series estadísticas muestra que la distribución de la riqueza creada se establece, grosso modo, en dos tercios para el trabajo, y un tercio para el capital, y que tal distribución es estable en el tiempo a pesar del desarrollo del sindicalismo y las luchas obreras, concluye pues en que no hay que tocarla.

A su juicio, dónde el “chancho está mal pelado” es entre los asalariados, cuyos desniveles de remuneración generan desigualdades inaceptables y las perpetúan. Porque lo que distiende el abanico de salarios, y aumenta la diferencia entre los currantes de a pie y los patriotas que tienen buenos salarios, apunta… es la diferencia en la acumulación de capital humano.

¿Cómo? Como lo lees, el genitor de las desigualdades es el capital humano.

Los currantes que han acumulado más capital humano son más productivos, y como -según los economistas- el nivel de los salarios tiene una conexión directa con la productividad, algo así como un WhatsApp embedded , ganan más que un proletario con poco o ningún capital humano.

Ahí estaba la pieza del auto: siglos y siglos de especulaciones filosóficas, investigaciones económicas, hipótesis y teorías descabelladas, no habían logrado encontrarla. Piketty lo ha hecho, se acabó la fiesta, calabaza, calabaza, cada uno para su casa. Ya… en fin, en una de esas, podría ser, pero… ¿Qué diablos es el capital humano?

En la materia Piketty no hace sino examinar las teorías de Gary Becker. Este menda, neoliberal en plan talibán, que forma parte de la cosecha de Chicago, pseudo premio Nobel 1992 para más señas, sostiene que toda acción humana es el producto de un cálculo económico.

Sostiene, asimismo, que educarse es una inversión. Esa educación es rentable a largo plazo porque, formándote profesionalmente (ese es el capital humano), ganarás más dinero; y, si hoy no tienes plata para pagar los estudios, en un mercado perfecto del crédito (otra noción de economista) alguien te la prestará a cambio de una modesta tasa de interés visto que eres un buen riesgo.

¿Va quedando claro? Y si el mercado del crédito no es tan, tan perfecto, no te inquietes. Para eso está el famoso crédito con aval del Estado, que arranca de este tipo de consideraciones, incluyendo los intereses usureros. De modo que un currante de alto nivel profesional es más productivo, ergo gana más plata, y ese mérito justamente retribuido es lo que tiende a ampliar las desigualdades en la escala de los ingresos provenientes del trabajo. ¿Algo que objetar? Sí, un par de cosillas menores.

Piketty comienza tomando como dato “la desigualdad de niveles de capital humano individuales” que  -entendido como una diferencia de habilidades, de conocimientos, de experiencia y de saber hacer-, sin lugar a duda existe desde la época lejana en que un homo sapiens se dotó con la primera herramienta.

Pero Piketty olvida que aquellos que en un momento dado logran acumular más capital humano no trabajan solos, que el artesano del medioevo lograba realizar las maravillas que hoy nos deleitan porque en torno a él se movían decenas de aprendices, diferentes oficios, transportadores, preparadores, izadores, etc. etc.

Olvida que la producción industrial es colectiva, masivamente colectiva. Que un médico especialista, ubicado en un hospital moderno, por mucho capital humano que haya acumulado, es pasablemente inútil sin enfermeras, laboratoristas,  camilleros, sin personal paramédico, sin las manos invisibles que aseguran la asepsia y la limpieza, o se encargan de la selección de los desechos contaminados, o de la alimentación de los enfermos, para no hablar de quienes aseguran la gestión, la contabilidad, los suministros de medicamentos e insumos, el transporte, las comunicaciones, etc.

¿Cómo desligar la productividad de un cuadro altamente calificado del apoyo estructural que recibe de decenas y decenas de otros trabajadores sin los cuales un geólogo –por decir algo– sería incapaz de extraer una tonelada de mineral? Todo eso, para Piketty no cuenta, ni siquiera lo menciona. “El juego de la oferta y la demanda, dice, determina los salarios asociados a diferentes niveles de capital humano, y con ello la desigualdad de los salarios”.

¡Ah…! si se trata de la ley de la oferta y la demanda… En ese caso…

No sé si ve el nivel del análisis, pero a un servidor, que en esto reclama para mí el mérito de la paciencia, las disquisiciones de Piketty comienzan a tocarle una sin mover la otra. Porque Piketty, desatado, afirma que “en el largo plazo, es incuestionable que el crecimiento de la productividad del trabajo es el que ha permitido aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los asalariados”.

Como cualquiera pudiese anotar, esa no es la cuestión, pues que habría que preguntarse qué parte del aumento de productividad fue a parar a los bolsillos de los asalariados, y qué parte fue a engrosar la remuneración del capital, habida cuenta que la injusta acumulación de la riqueza -de la que el propio Piketty habla- está donde está, o sea en manos del gran capital.  Pero no, eso no figura en el análisis de Piketty. Para él la contradicción capital/trabajo es pecata minuta.  La cuestión de las desigualdades reside en la acumulación de capital humano.

Piketty explica los bajos salarios del Tercer Mundo con el argumento de una menor acumulación de capital humano en los asalariados del hemisferio sur. ¿Y por qué los asalariados del hemisferio sur acumulan menos capital humano? Porque el mercado del crédito en el hemisferio sur adolece de “imperfecciones”(sic).

De modo que, para Piketty, “la desigualdad considerable de la productividad del trabajo es el factor explicativo inevitable para dar cuenta de la desigualdad Norte/Sur de los salarios” (sic).

Si  tiene razón, ¿qué puede explicar los salarios indecentes que palpan los famosos brokers que contribuyeron a provocar la peor crisis financiera  de la historia en el año 2007? Esos que cobran varios millones de euros al año, por ejercer un oficio de boludo ignorante, no lo digo yo, lo dice Alain Minc, un neoliberal tarifado, al servicio de los peores intereses en Europa.

Un bróker… ¿cuánto capital humano acumulado? Hongo. Y ya puestos, si Piketty tiene razón… ¿qué puede explicar que un minero chileno de la mediana minería del cobre, que produce hasta tres veces más que la media de un trabajador francés, el más productivo de Europa, gane menos del salario mínimo francés?

Esto no lo invento yo: me dedico a asesorar a los sindicatos de la mediana minería en las negociaciones colectivas, y los análisis de los balances de dichas empresas muestran que sus trabajadores producen eso: hasta tres veces lo que produce un trabajador francés y/o norteamericano de los Estados Unidos,  y ganan menos del salario mínimo de esos países.

Para Piketty el dominio político del gran capital no existe, como no existen las mafias, ni los rufianes, ni las redes de tráfico de influencias, ni la explotación, ni la codicia que lleva a los yanaconas del capital financiero a exigir rentabilidades alcanzables sólo al precio del aplastamiento de miles y miles de vidas que para los economistas no son sino porcentajes, promedios, medianas y puñetas estadísticas.

Capital humano acumulado… todo Piketty en su gloriosa estulticia de economista a la moda. Pero, aunque te parezca increíble, en Piketty hay cosas aún peores.

Si en Europa hay un tasa de desempleo muy alta,  eso se debe a que los salarios más bajos son demasiado altos, o para ser más precisos, el costo del trabajo poco calificado es muy alto. Esta remuneración está constituida del salario mismo y  las cotizaciones sociales a cargo de las empresas.

Para Piketty, la elasticidad de la sustitución de la mano de obra calificada por mano de obra no calificada es un elemento sustancial para resolver el problema del desempleo y las desigualdades salariales.

El tema va de lograr que el consumidor se pregunte qué parte de trabajo calificado, o no calificado, hay en los productos que consume. Porque si el consumidor decidiese consumir productos en los que el trabajo no calificado fuese mayoritario, estos trabajadores tendrían más posibilidades de encontrar un empleo. Y la mejor forma de estimular ese consumo, consiste en bajar el costo del trabajo no calificado, de modo tal que esos productos sean más baratos.

Para lograrlo, Piketty encontró una martingala: eliminar las cotizaciones sociales que pagan las empresas, para cargárselas a los altos salarios. De ese modo el costo del trabajo no calificado baja, y el trabajo más calificado deviene menos interesante.

Orgulloso de su descubrimiento, escribe: “un precio elevado del trabajo calificado, comparado al del trabajo poco calificado, no es la peor forma de incitar las empresas y los consumidores a orientarse hacia los bienes y servicios fuertemente intensivos  en trabajo poco calificado y poco intensivos en trabajo calificado…”

En Chile habría que eliminar la gran minería para orientarse a una producción basada en el trabajo de los pirquinero.

Como sea, no hace falta ser un lince para darse cuenta que la proporción de la riqueza creada que se lleva el capital no disminuye, eso es lo esencial. La cuestión de la desigualdad se desplaza a una simple redistribución en el seno de los asalariados.

Uno se pregunta qué hacer en países como Chile, en los que las empresas no pagan prácticamente ninguna cotización social… Y se explica por qué, a pesar de haber recibido su apoyo, François Hollande, después de haber sido elegido presidente de Francia, no tomó en cuenta ninguna de las sugerencias de Thomas Piketty.

A estas alturas mi paciencia se va agotando. Leer tanta genialidad satura hasta a los más pintados. Y lo que es realmente disuasivo es que Piketty, como cualquier otro economista, se supera a sí mismo y se eleva en una suerte de curva parabólica que tiende al infinito. Insistiendo en su noción de capital humano, cuya acumulación es la responsable de los altos salarios y al mismo tiempo de tanta injusticia en la Tierra, afirma:

“… si la experiencia y el aprendizaje aportados por un empleo dado permiten un fuerte aumento del capital humano, entonces el asalariado aceptará un salario muy bajo o incluso le pagará al empleador durante ese periodo de tiempo para poder ocupar ese puesto y realizar esa inversión rentable…”

Henos aquí en el súmmum de la modernidad: trabajadores que pagan por trabajar. Pero a decir verdad, ni tan moderno: en San Fernando, en los años de mi adolescencia, había patrones que le negaban el salario a los jóvenes diciendo: “Te estamos enseñando a trabajar…  ¡¿y además quieres que te pague?!”

Piketty no ha inventado nada.

Es impresentable que se le compare a Marx, cosa que por lo demás ni siquiera creo que haya soñado nunca. Para bien o para mal, Piketty es un economista banal. Con algunas habilidades en la econometría y el proceso masivo de datos. Un economista que se vende bien. Con eso debiese bastarle. Adiós Thomas Piketty.

No quisiera terminar esta nota sin recordar a Bernard Maris, el economista que me convenció de la necesidad de estudiar economía, disciplina opaca, ininteresante, poco estimulante y aburrida como una puerta de prisión. Era el tipo que lograba inyectarle pasión, humor, color y sensualidad a la economía. Gran mérito. Pero pasa que el 7 de enero un par de jalaos de la chaveta lo mataron de una ráfaga de kalashnikov en los locales de Charlie Hebdo.

Y desde entonces Bernard Maris nos hace falta. La economía, esa que merece la pena, perdió a su más eminente defensor.

 

ag/lc

 

*Profesor, informático e ingeniero chileno.