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Salomón Llanes, Jesús

Doctor en Ciencias Técnicas y Msc en Instalaciones Energética y Nucleares. Graduado de ingeniería Eléctrica. Profesor Titular del Instituto Superior de Tecnologías y Ciencias Aplicadas (InSTEC) con más de 25 años de experiencia en sector industrial y más de 20 años en docencia. Fue Tecnólogo Principal de Proyecto para la Central nuclear de Juraguá y Especialista Principal de Seguridad Nuclear en la dirección de Inversiones del Ministerio de la Industria Básica.

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Ha impartido más 65 cursos en actividades de pregrado y postgrado, de estos más de 20 en actividades de postgrado y cursos de extensión en exterior (Venezuela, Brasil y México) en temas relacionados con la confiabilidad, Riesgo y Seguridad de la Industria. Fue coordinador de una maestría en Cuba y una especialidad en Venezuela. Actualmente continúa sus investigaciones en el desarrollo software relacionados con los análisis de seguridad para diferentes sectores de la economía en la línea de investigación de los Monitores de Riesgo. Ha sido tutor de más de 120 tesis de trabajos en los diplomados de Seguridad de la industria en la Escuela de Cuadros del Ministerio de la Industria Básica, tutor de más de 19 tesis de maestría y 12 tesis de doctorados. Actualmente coordina un Postdoctorado en el tema de Riesgo ante el derrame de hidrocarburo como presidente de ese claustro de profesores.

Participó en la ejecución de la primera evaluación de riesgo preoperacional de la CEN de Juraguá. Tiene 6 registros de autor de software vinculado con los análisis de Riesgo Industrial, más de 143 publicaciones científicas y ha participado con ponencias en 76 eventos científicos. Es autor y coautor de tres libros publicados en Venezuela. Ha recibido diferentes reconocimientos al nivel de organismo tanto en el sector de la Educación como de la Industria. Recibió en Venezuela la orden de Primera Clase entregada por la Universidad de la UGMA. Ha recibido otros reconocimientos como profesor por su Universidad y otras organizaciones nacionales. Es fundador y presidente de la Cátedra de Seguridad y Riesgo de Cuba y es el presidente de la sección de seguridad ante derrames hidrocarburos del Instituto Panamericano de Ingeniero Navales Capitulo CUBA . A partir de 2013 es profesor principal y Profesor consultante 2014.

Libros publicados como autor o coautor:

-Análisis de Riesgo industrial.

-Confiabilidad y Disponibilidad de Sistemas industriales.



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Incendios, su efecto nefasto en el entorno

Por Jesús Salomón*

 

Los incendios pueden tener un origen natural o antropogénico (inducido por el hombre), asociados a los riesgos de tipo estructural,  de infraestructura, tecnológicos y socio-organizativos, y entrañan  la posibilidad de grandes  pérdidas  humanas o materiales.

Tales sucesos, que se registran con frecuencia en centros urbanos, puertos, terminales, instalaciones industriales,  polos de desarrollo, praderas, zonas de pastos, bosques u objeto de obras, son susceptibles de originar o desencadenar las llamas y pueden surgir de  forma espontánea en la naturaleza o provocados, voluntaria o involuntariamente  por el hombre.

Junto con la quema, los incendios emiten más gas carbónico (C02) que todo el derivado del consumo mundial en el transporte (aéreo, naval y terrestre). Según estimaciones, deben producirse menos de mil gigatoneladas de anhídrido carbónico para reducir el peligro de calentamiento global.

Cada año el fuego cobra cientos de miles de hectáreas, miles de vidas humanas y millonarias pérdidas económicas. Como consecuencia de los incendios de carácter doméstico, o surgidos en instituciones, mueren anualmente, como promedio, unas 339 mil en el mundo. 

Los centros de trabajo suelen contar con medidas de seguridad más estudiadas que los hogares. No obstante, cuando los siniestros de este tipo ocurren, pueden alcanzar una magnitud e intensidad mucho mayores y, en no pocas ocasiones, liberar grandes volúmenes de sustancias tóxicas en  breve tiempo.

En Europa la cifra de víctimas por esa causa asciende a unas cuatro mil personas, mientras en los países subdesarrollados, en su conjunto, se multiplica unas 10 veces más por falta de medidas preventivas y regulaciones adecuadas. La carencia de recursos materiales y humanos gravita sobre dichas cifras, verdaderamente alarmantes, y cada vez más significativas en esas regiones, debido al crecimiento demográfico y la pobreza existente.

Al analizar los riesgos, la frecuencia relativa de éstos, su magnitud e intensidad, advertimos  que existe un comportamiento inversamente proporcional: los accidentes de gran magnitud ocurren muy raras veces, a diferencia de lo que sucede con la gran mayoría de los de menor magnitud, cuya elevada frecuencia –aun cuando cobren pocas vidas humanas- provoca estragos de grandes alcances.

No son muchas las complejidades de los procesos y factores que deben tenerse en cuenta para evitarlos.  Las causas de la gran mayoría de los accidentes suelen ser simples: chispas, cigarros mal apagados, cortocircuitos, olvido del sartén en las hornillas, planchas eléctricas y otros descuidos  similares con las fuentes de calor, en el hogar.

Es curioso que, al analizar y comparar el conjunto de los accidentes mayores ocurridos en la industria, a partir de la década de 70, la cifra de muertes sea mucho menor que las provocadas en un año por los incendios, incluso las causadas por accidentes mayores de la industria.

La base fundamental y científicamente demostrada de esto se corresponde con el conocimiento objetivo expresado, o evaluado de forma cuantitativa, que poseen las organizaciones especializadas -a través de sus profesionales capacitados en una política verdaderamente consciente, con enfoque preventivo-, en la aplicación de los recursos materiales y humanos requeridos, dedicados por el gobierno y sus organizaciones, encaminada a garantizar una reducción de los riesgos a los que se exponen el personal de las industrias y la población ante estos siniestros.

Los países más desarrollados poseen una amplia ventaja en el conocimientos del riesgo en materia de seguridad contra incendios, a través de la aplicación de sus normativas,  políticas y programas de prevención, enfrentamiento y capacitación profesional, para garantizar una mejor distribución de los recursos materiales y humanos enfocados a reducir los riesgos de incendios en la sociedad. Por tanto, la creación de una infraestructura para la atención adecuada a esta problemática constituye un paso fundamental.

Los incendios en bosques constituyen una de las catástrofes a la que mayor interés se presta, por la diversidad y magnitud de sus afectaciones en el entorno. Los bosques tropicales, desde el punto de vista de la dinámica de la variación de los parámetros climatológicos, desempeñan un papel básico en la estabilidad atmósfera.

En la actualidad el planeta cuenta con más de 14 mil 600 millones de hectáreas de tierra firme, un 21 por ciento de ellas boscosas; es decir, unos tres mil millones de hectáreas, cuya tasa de desforestación registra un ritmo de 8- 9 por ciento anual, con tendencia a no disminuir.

Ese índice es en extremo negativo. Los bosques regulan los gases atmosféricos, estabilizan las precipitaciones, evitan la desertificación, resguardan la amplia diversidad de especies, entre otras muchas funciones ecológicas, lo cual los convierte en un gran reservorio de recursos biológicos y genéticos,  en más de un 50 por ciento de los existentes en el planeta.

Sin embargo, este sistema preciado está siendo amenazado, principalmente a causa de los incendios provocados por el hombre, un 80 o 90 por ciento del total de los ocurridos en el planeta.

En algunos países subdesarrollados las tasas de pérdida de bosques primarios se duplicaron desde la década de los 90, mientras que en otros se triplicaron, lo cual denota la emergencia de reducir todo lo que contribuya a ese deterioro progresivo, a cuyas causas se suman la tala y el consumo mundial de madera, requerida por más de dos quintas partes de la población del orbe, como fuente principal o única de energía para el consumo doméstico.

Los incendios, junto con la quema, emiten más gas carbónico (C02) que todo el derivado del consumo mundial en el transporte (aéreo, naval y terrestre). Un ejemplo lo constituye el hecho de que decenas de miles de incendios en Indonesia han ocurrido en parajes con abundante turba y generado 1,6 gigatoneladas de CO2 en un año, cifra verdaderamente alarmante.

Hay un grupo de temas que no son objeto de discusión ni se abordan con la transparencia y profundidad necesarias: las guerras de baja intensidad, perpetradas por potencias occidentales, y el silencio de las organizaciones internacionales sobre los estragos que provocan, en el medio ambiente y su entorno, en los países subdesarrollados, generalmente las víctimas.

Según estimaciones, deben producirse menos de mil gigatoneladas de anhídrido carbónico para reducir el peligro de calentamiento global. Se plantea que, por cada aumento de un grado centígrado de temperatura media global,aumentaría de 200 a 400%, la cifra de acres devastados por incendio en los Estados Unidos, de acuerdo con reportes del Consejo Nacional de Investigación  sobre cambio climático. Los incendios liberan a la atmosfera más gas carbónico que el que producen todos los medios de transporte en el mundo.

Es conocido el impacto ,para Canadá y el mundo, del siniestro registrado en la provincia de Alberta, que ha consumido un área mayor que la superficie de la ciudad de Londres, y afectado el 97% del área de una de las mayores reservas de petróleo, el cual -pese a estar controlado- no ha cesado aún. Recientemente se originó otro de grandes proporciones en California, Estados Unidos, de ahí que resulta preocupante su frecuencia y magnitud en América del Norte.

Por su parte, en los países desarrollados, la ocurrencia de lluvias ácidas exige el establecimiento de nuevas de regulaciones para reducirlas.

Existe, sin embargo, otro grupo de temas que no son objeto de discusión ni se abordan con la transparencia, claridad y profundidad necesarias -por lo injustos y manipulados que han sido a lo largo de la historia-, como las guerras de baja intensidad, perpetrada por potencias occidentales, y el silencio de las organizaciones internacionales sobre los estragos que provocan, en el medio ambiente y su entorno, en los países subdesarrollados, generalmente las víctimas.

Un factor importante es llevar a vías de hecho la Declaración de América Latina como una zona de paz. No se puede olvidar el impacto que tuvo en Vietnam la política de tierra arrasada ni desconocer las secuelas que dejó, al destruir más del 50% de sus frondosos bosques y vegetación. De ahí la responsabilidad de evitar la no repetición de semejante injusticia, cuya deuda aún no ha sido saldada.

Con más de 14 600 millones de hectáreas de tierra firme, un 21% boscosas -equivalentes a 3 mil millones de hectáreas-, la principal amenaza contra ese preciado ecosistema lo constituyen los incendios provocados por el hombre, cuyo saldo oscila entre un 80-90% de los ocurridos en todo el planeta.

Vale enumerar los efectos de los incendios como mayores contribuyentes al daño al medioambiente y el ser humano:

-Daño a la salud humana a través del humo, sustancias, temperatura inadmisible).

-Deforestación en gran escala, sobre todo en  países subdesarrollados

-Pérdidas de  hábitats y  diversidad biológica y genética

Daños  en los ecosistemas (flora y fauna)

-Emisión del 20 por ciento de CO2, y también de más calor y sequías.

-Dificultan el efecto albedo  (efecto-invernadero y calentamiento)

-Se potencian en las zonas áridas (efecto de retroalimentación)

-Aumento del impacto en suelo y el agua, lo cual se relaciona con la compactación de los terrenos  y el aumento de su impermeabilidad.

Incrementan la pérdida de tierra fértil (fenómeno o proceso de  sabanización), así como de manto vegetal (aumento de las inundaciones y retención del agua).

-Disminuyen la reducción de la retención de la humedad, lo cual incide en la pérdida drástica de superficie boscosa.

-Aumentan el reservorio final de CO2, lo cual ocurre, tanto por pérdida de la masa de vegetación, así como del contenido de carbono en el suelo.

-Incrementan  la contaminación.

-Provocan el desplazamiento de poblaciones indígenas y la  desaparición de la pérdida de cultura de labranza.

La pérdida mayor está ocurriendo en América del Sur, considerada la  zona con mayor índice de desforestación.

Actualmente, la tercera parte de la Tierra está cubierta de bosques (unos cuatro mil millones de hectáreas). Sólo 10 países poseen dos tercios de esa superficie: la Federación Rusa, Brasil, Canadá, Estados Unidos, China, Australia, República Democrática del Congo, Indonesia, Perú e India. Por su parte, los seis con mayor superficie boscosa perdida son Angola, Bolivia, Zambia, Paraguay, Indonesia y Malasia.

A fin de preservar este recurso vital, tanto para el hombre como para el medio medioambiente, es necesaria la aplicación de programas eficaces, que aúnen los esfuerzos de las naciones ricas y pobres, plasmados en políticas sustentables que garanticen una verdadera equidad entre los pueblo y la distribución de los recursos materiales y humanos como una vía de solución de esta crisis, que puede alcanzar un punto de no retorno para la humanidad.

Romper estas ataduras, desde el punto de vista de la seguridad y riesgo, constituye una gran tarea en la sociedad del conocimiento.

 

ag/js

 

*Presidente de la Cátedra de riesgos de Cuba.