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Nils Castro

Castro, Nils

Fue profesor en universidades de México, Cuba y Panamá. En Cuba, dirigió la Escuela de Letras, el Departamento de Filosofía y la Dirección de Extensión Universitaria de la Universidad de Oriente.

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En la Universidad de La Habana, asesoró la Dirección de Métodos y Medios de Enseñanza y la Dirección de Planificación Docente.

En Panamá, fue director de Planificación Académica y director de la Escuela de Diplomacia de la Universidad de Panamá. Luego, asesor para asuntos internacionales del general Omar Torrijos, así como de varios presidentes de la República. Dirigió las relaciones internacionales del partido político creado por Torrijos y participó en la fundación de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), de la cual fue secretario ejecutivo y vicepresidente.

Fue embajador de su país en México y embajador adjunto en Naciones Unidas durante la última participación de Panamá en el Consejo de Seguridad.

Ha ejercido como periodista y publicado numerosos ensayos, en los últimos años mayormente sobre problemas latinoamericanos.

Libros más recientes: Las izquierdas latinoamericanas: observaciones a una trayectoria; Las izquierdas latinoamericanas en tiempos de crear; y América latina: integración emancipadora o neocolonial.

 

 

 

 

 

 

 



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Puerto Rico: Cambio de situación reclama nuevo discurso e iniciativas

Por Nils Castro*

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Hay períodos en que pareciera que ocurre muy poco y, de pronto, los acontecimientos se desatan; pero, mientras en el fondo la situación da un giro, hasta los buenos analistas demoran en notarlo y tampoco la izquierda escapa a esa tendencia, cuando sus apreciaciones se dejan llevar por la rutina.

Es el caso de lo que sucede hoy en Puerto Rico, donde la realidad inició una dinámica cualitativamente nueva, sin que algunos anticolonialistas se hayan percatado aún.

Así lo refleja la Declaración del reciente XXII Encuentro de una organización tan meritoria como el Foro de Sao Paulo, celebrado en San Salvador a finales de junio. Como de costumbre, el documento reitera “apoyamos la lucha heroica del pueblo puertorriqueño por su independencia y el justo reclamo de Argentina por su soberanía sobre las islas Malvinas”.

Pese a la buena fe de esta frase, la ligereza da lugar a algunas deficiencias. La más simple, que entre la inmovilidad de Malvinas y la actual agitación de Puerto Rico no hay más similitud que el accidente geográfico de que ambas son islas. Si es por el régimen colonial, entonces faltó incluir a Aruba, Martinica y otras posesiones del Caribe.

El segundo yerro está en que el caso de Malvinas es uno de integridad territorial, no de autodeterminación de los pueblos. Gran Bretaña arrebató ese territorio a Argentina y reemplazó su escasa población con unos colonos trasplantados desde Inglaterra.

Si sus descendientes votaran por cuál soberanía prefieren, escogerían a Londres. Al contrario, Puerto Rico es una nación histórica, donde cuatro millones de personas defienden una cultura propia, de pura cepa hispanoamericana y caribeña. La cuestión aquí es recuperar las condiciones necesarias para que este pueblo pueda decidir libremente su autodeterminación.

Eso es radicalmente distinto al caso de Malvinas; reivindicarlos en pareja y con omisión de las demás colonias antillanas  acarrea más confusión que solidaridad.

Pero el problema principal es otro, el de omitir que 10 años de recesión y una deuda impagable convirtieron el caso de Puerto Rico en un dolor de cabeza también para el gobierno estadunidense y han puesto en crisis el sistema político colonial y sus partidos.

Frente a las inconformidades y reclamaciones puertorriqueñas, y las presiones de los acreedores de Wall Street, las autoridades norteamericanas han incurrido en dos decisiones terminales que anulan el régimen del llamado Estado Libre Asociado (ELA).

La primera es que la Corte Suprema estadounidense dictaminó que la isla carece de soberanía, la cual ejercerá exclusivamente el Congreso de Washington. La segunda, que ese Congreso enseguida acordó crear una Junta de Control Fiscal cuyos integrantes nombrará la Casa Blanca, que no solo dirigirá los asuntos fiscales y presupuestarios del país sino que reorganizará la administración de Puerto Rico, por encima del gobierno local electo por los puertorriqueños, para asegurar que los buitres de Wall Street cobren la enorme deuda, a expensas de quienes habitan la isla.

Alejandro Javier García Padilla, gobernador de Puerto Rico

Esto convierte al llamado gobernador de Puerto Rico en un simple monigote ceremonial. Los dos partidos cómplices del sistema colonial  anexionista uno y autonomista el otro , cuya ineficiencia y corrupción como gobernantes acumularon esa deuda, ven perecer su capacidad de neutralizar políticamente a la población.

Para defender sus gastados privilegios, procuran dirigir las quejas y reclamos contra la nueva Junta, pero gran parte de esa población ya tiene claro que la causa de su drama socioeconómico, del desempleo, el empobrecimiento, y el descrédito del régimen político, lo constituye un sistema colonial que, ante el deterioro del panorama, apela a crear este nuevo instrumento de dominación autoritaria.

Ello, a su vez, ha llevado al partido y las organizaciones independentistas, no sólo al momento de mayor auge político, sino también al de mayor progreso en la construcción de su unidad. Esto significa que la solidaridad latinoamericana con la independencia de Puerto Rico -y el respaldo a sus actores y luchas ya desbordó las frases usuales y reclama nuevos análisis e iniciativas, a tono con las actuales demandas y posibilidades de la situación.

San Juan, 12 de julio de 2015

 

ag/nc

 

*Profesor, escritor y diplomático panameño.