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Luis Casado

Casado, Luis

Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica - 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.



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Caravaggio

Por Luis Casado*

Exclusivo para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Decidí ir a Madrid a ver la excelente exposición que hace algunas semanas montó el Prado sobre Caravaggio, tras leer en algún sitio que Georges de la Tour, uno de mis pintores favoritos, había sido influenciado por él. No me arrepiento. Entre otras cosas, verifiqué, una vez más, que los grandes artistas se inspiran en sus predecesores, recrean temas ya tratados una y mil veces, y los superan a veces. En eso, Picasso fue un maestro. De la Tour, antes que él, también.

Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610) nació en Milán. La peste obligó su familia a emigrar a Caravaggio, pueblito del cual le quedó el nombre. Desde niño mostró su vocación de pintor. Su maestro, Simone Peterzano, “pintor  el mismo de segunda fila”, es más conocido por haber instruido a Caravaggio que por sus propias obras.

No se ignora que quién paga la música pide la melodía. En aquella época el dinero lo ponía la Iglesia. Durante los años mozos de Caravaggio, Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, prelado piadoso de esos que ya no se fabrican, dictaba los temas, las formas y el gusto.

Fue un quebrantador. Se permitió acomodar el milagro divino a la vida cotidiana. Salirse del dogma, mostrar otros caminos, buscar su propia verdad, fue un sendero que Caravaggio no dudó en recorrer.

 

En su tratado Instructiones Fabricae et Supellectilis Ecclesiasticae (1577), Borromeo le dedicó un breve capítulo a las “Imágenes y pinturas sagradas”. Allí expuso las exigencias del Concilio de Trento, según las cuales el arte religioso debía ser decoroso y evitar las herejías. La pintura debía incitar a la piedad y evitar la novedad,  rehuir  “todo lo profano, vil u obsceno, deshonesto o provocador.” Si eras pintor, lo tenías claro.

Sin embargo -de origen dizque noble-,  Caravaggio tenía malas pulgas y no siempre fue ejemplar. Solía elegir como modelos a prostitutas y mendigos (la costumbre perduró a través de los siglos y, si no, ver lo que hacían los impresionistas del siglo XIX…). En su obra La muerte de la Virgen, la cara de María es la de una prostituta que murió ahogada en el Tevere. Uno supone que después de servir de modelo y, muy probablemente, alegrarle los bajos a Caravaggio.

Quienes presumen de sabiduría, le han reprochado su realismo y la elección de sus modelos. Cuando no hay mucho que criticar, los mediocres siempre encuentran un detallito. En cuanto a los temas, costaba salir de la adoración, el sufrimiento y  la muerte, tan propios del cristianismo. Durante siglos la pintura se inspiró  -es un decir- en la influencia de la Iglesia. Aparte de uno que otro Mecenas laico,  las obras, realizadas a pedido, estaban destinadas a la decoración de templos, catedrales, basílicas y palacios episcopales. Amén de la edificación de los mortales. 

En fin, la bendita ley de la oferta y la demanda…

Caravaggio, -y otros pintores-, se las arreglaron para pintar algo más que crucificados, lacerados, torturados, atormentados, asaeteados, acuchillados, degollados y otros martirologios. En El tañedor de laúd pinta un joven de belleza algo femenina, sensual, rodeado de instrumentos musicales. La vida, el placer, mal visto por la Iglesia, se infiltraba a pesar de todo.

Su Baco muestra, de igual modo, una figura algo andrógina, semidesnuda, con una copa de vino en la mano, mientras en la mesa aguardan un decanteur casi lleno del precioso líquido, y una cesta de frutas maduras. Más placer.

Tres siglos más tarde Théofile Gauthier, diría de él: “parece haber vivido en garitos y tugurios.” Como su contemporáneo, un cierto Toulouse Lautrec... El tema de Los tahúres (1594-1595), de Caravaggio, sería recreado en El tahúr, de Georges de la Tour (1630), lo que demuestra, al parecer, que ambos no se limitaron a frecuentar iglesias.

Lo cierto es que Caravaggio, dueño de una técnica pictórica envidiable, plasmada en su tratamiento de los temas religiosos en obras de arte como La cena de Emaús,  cuya magia en el uso de  la luz y los claroscuros inspiraría más tarde no sólo a De la Tour sino a generaciones de pintores, entre ellos Delacroix, Géricault, Courbet y Manet.

Caravaggio simboliza la ruptura con la pintura conocida hasta entonces. Se liberó de lo académico para adentrarse en un realismo que marcó un viraje definitivo con el cual dijo adiós al renacentismo.

Sus protectores consiguieron obtener para él un encargo que consagraría su celebridad y su arte, y desencadenaría, a la par, más controversias: El Martirio de San Mateo y La Vocación de San Mateo, dos cuadros que permanecieron en una de las iglesias más frecuentadas de Roma: San Luis de los Franceses.

Dueño de una técnica pictórica envidiable, se liberó de lo académico para adentrarse en un realismo definitivo con el que dijo adiós al renacentismo y abrió las puertas a siglos de creación artística. Su nombre, olvidado durante tres siglos, sólo emergió en el XIX.

Antes de seguir a Jesús, el judío Mateo oficiaba como recolector de impuestos por cuenta del imperio romano. Caravaggio ilustra el misterio de la vocación con una escena de sesgo contemporáneo: una estancia confundida durante mucho tiempo con una taberna, que en realidad era el telonio, lugar donde se recaudaban los impuestos. En ella Mateo hace las cuentas y Jesús aparece, designándolo con la mano.

Una vez más, presente, el milagro de la luz que incide esta vez, desde lo alto, a la derecha, generando esos claroscuros que maravillaron a Rembrandt.

Como más tarde Georges de la Tour -la puerta estaba abierta-, Caravaggio se permite acomodar el milagro divino a la vida cotidiana, con seres de carne y hueso. Ancianos de huesos deformados, jóvenes sensuales, prostitutas, artesanos, la vida misma. En aquellos tiempos solían quemar vivo a uno por menos que eso.

Contemporáneo de Giordano Bruno, –astrónomo, filósofo, matemático y poeta–,  Caravaggio no puede haber ignorado los años de tortura sufridas por Bruno a manos del Vaticano y el papa Clemente VIII. Bruno sostenía, contra el dogma papal, que el sol era una simple estrella como millones de otras estrellas en el Universo. Eso le costó la hoguera.

Salirse del marco del dogma, de lo comúnmente aceptado, asumir la ruptura, abrir los ojos, mostrar otros caminos, buscar la verdad, su propia verdad, es un sendero que Caravaggio no dudó en recorrer y abrió las puertas a siglos de creación artística, que hoy nos maravillan.

En 1606, el pintor -pendenciero como siempre- mató a un hombre durante una reyerta y se vio obligado a huir de Roma. Nunca pudo regresar. Murió cuatro años después, en una playa solitaria, aquejado de malaria. Fue olvidado durante tres siglos. Su nombre sólo volvió a emerger a fines del XIX.

 

ag/lc

 

*Profesor, ingeniero e informático chileno.