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Maria Eugenia Paz y Miño

Paz y Miño, Maria Eugenia

Escritora y antropóloga ecuatoriana. En 1980 presenta el libro de cuentos Siempre nunca. Otras obras en este género son: Golpe a golpe (1986), El uso de la nada (1992), Tras la niebla (1997), El mal ejemplo y otras vainas (2012), esta última ganadora del premio de Fondo Editorial del Ministerio de Cultura del Ecuador. El 2013 la Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, presenta una antología de sus cuentos en el libro Chateando con la Luna. En 2008, con la biografía, Ernesto Albán o Don Evaristo Corral y Chancleta, obtiene el Premio Rumiñahui de Oro. Dicha obra recoge la historia del teatro nacional. Su primera novela, La puerta del Ilaló, aparece en 2008 con un tiraje de diez mil ejemplares y en 2012 es publicada en Argentina.

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Tiene estudios y escritos de Antropología y de Literatura que han circulado en distintos medios, así como biografías y estudios de varios autores. En 2010 dirigió la investigación sobre el retorno del monolito precolombino de San Biritute a la comuna Sacachún, en la Costa ecuatoriana; trabajo de reivindicación del patrimonio cultural nacional, que ha servido de base para trazar modelos de gestión en las comunas. Fue publicado por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, en 2012, con el título San Biritute: lluvia, amor y fertilidad.

Ha publicado, además, varios ensayos y etnografías sobre el tema de la interculturalidad, el diálogo de saberes y las culturas precolombinas, entre los que destaca el volumen Saberes y tecnologías ancestrales (2013). Trabaja como investigadora independiente en asesorías y consultorías sobre temas de ciencias sociales, literatura y publicaciones.



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Antiguas culturas de América siempre presentes

Por María Eugenia Paz y Miño*

Exclusivo para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, Habitat III, en Quito, capital de Ecuador, se despertó un sentimiento de reivindicación de la historia y memoria de esta ciudad, en varios sectores de la población. Y no es para menos, pues se sabe, por la propia historia, la tradición oral y los estudios científico-técnicos que Quito, o Kitu, es cuna del actual Ecuador.

Precisamente en el Distrito Metropolitano, en las laderas del monte Ilaló, se han encontrado los vestigios culturales más antiguos del país, entre los más antiguos de América, que datan de entre 11 mil y 12 mil años antes de nuestra era, lo cual, sumado a los estudios sobre tecnología lítica, indica la estrecha relación con las antiguas culturas de cazadores norteamericanos, con quienes se comparten conocimientos similares.

Los vestigios culturales más antiguos del país -entre los más antiguos de América- datan de 11 a 12 mil años antes de nuestra era.

Conocer la historia de Quito es entender parte de la historia de América. Recuérdese que el nombre de Quito abarcó un gran territorio -denominado en la colonia española Audiencia de Quito- y que, debido a una toma de distancia sobre el legado precolombino, se eligió el nombre de Ecuador para el país, a raíz del establecimiento de la República (1830).

El área de la ciudad capital fue poblándose de manera paulatina por distintos procesos migratorios evidentes en descubrimientos arqueológicos, entre los que resaltan el hoy Parque Arqueológico Rumipamba y la necrópolis de La Florida, ubicados en medio de zonas residenciales urbanas. Objetos cerámicos de diferentes culturas, así como estudios morfoingüísticos permiten establecer la interacción de Quito con territorios de la Sierra y la Amazonía.

En el caso de la necrópolis de La Florida, se explica la conexión estrecha de Quito con la región Costa: los cadáveres, cuyos esqueletos se hallaron en las tumbas, fueron enterrados con ponchos confeccionados con conchas Spondylus -elemento sumamente apreciado en los intercambios del continente-, que los expertos navegantes de las costas transportaban hasta México y hacia el sur, más allá del Perú.

Conforme con las investigaciones realizadas, se muestra siempre a Kitu o Quito como un centro de reuniones -donde confluían lo cultural, lo político y socioeconómico-, de gran influencia en el contexto regional. No en vano, desde épocas del inca Tupak Yupanki, en el siglo XV, pero también con anterioridad, se buscaba llegar a Quito, al lugar en que el Taita Inti o Padre Sol no produce sombra al mediodía (el lugar del Sol recto), de manera que con la presencia incaica Quito fue igualado en importancia al Cusco, a tal punto que el heredero del incario, el gran WaynaKapak, logró incluirlo como eje del norte del Tawantinsuyu. La influencia de la cultura inca es evidente en Ecuador.

Durante los procesos de expansión incaica hubo conflictos que incidieron también en la muerte del último inca, Atawallpa,  que se convirtieron en desdicha con la llegada de los españoles en 1534, encabezados por Sebastián de Benalcázar. Las matanzas y violaciones cometidas en aquellos momentos no tienen parangón.

Quito o Kitu fue igualado en importancia al Cusco, a tal punto que el heredero del incario, el gran WaynaKapak, logró incluirlo como eje del norte del Tawantinsuyu.

Todo el conocimiento intelectual y tecnológico de los diversos pueblos alrededor de Quito se redujo a porcentajes alarmantes, tras el sometimiento que debieron sufrir desde el preciso instante en que “los blancos” pisaron la ciudad. A la par, se redujo la población por el genocidio y las enfermedades.

Al ser esclavizados, explotados; al haberse prohibido, destruido y menospreciado sus conocimientos, y en condiciones de espantosa marginalización, empobrecimiento, miseria, sólo les tocó trabajar de sol a sol, sin espacios ni tiempos para proseguir con los grandes avances a los que habían llegado, muchos de ellos superiores a los alcanzados en esa misma época por los españoles. Lo propio ocurrió en todos los países de lo que es hoy América Latina y el Caribe.

Si bien los “indios”, como se les llamó, fueron marginalizados y discriminados de los estamentos políticos, económicos y sociales, la dignidad de la resistencia se fue construyendo hasta una actualidad en que se revela la riqueza de las culturas indígenas en facetas de las artes, las ciencias, la espiritualidad.

Pero Quito también es mito, leyenda, magia. Existe, por ejemplo, un relato esencial, el de Qutiumbe, redactado en 1598 por el jesuita Anello Oliva, basado en lo que le contaron los kipukamayu (encargados de la interpretación del kipu o sistema de anotación incaica), y tomando como referencia diversos materiales históricos.

Se cuenta que, tras el tiempo del diluvio, aparecieron en las costas de lo que hoy es Ecuador un grupo de seres humanos, los kara, quienes se asentaron en el lugar de Caráquez. Algunos se dirigieron a Sumpa, en la península de Santa Elena, a los que probablemente pertenecen los vestigios arqueológicos de la cultura Las Vegas, también de las más tempranas del continente, y en la que cabe resaltar dos esqueletos abrazados, de hombre y mujer, “Los amantes de Sumpa”, que inspiraron al escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, ese poema precioso titulado “El amor desenterrado”, cuyos versos rezan:

 “…Amaos / por favor, seguid amándoos / vorazmente insatisfechos por los siglos de / los siglos de los siglos…”.

Entre los habitantes de Sumpa, algunos fueron a inspeccionar otras tierras y el cacique Tumbe, preocupado porque no volvían, antes de morir solicitó a sus hijos Otoya y Quitumbe que salieran a buscarlos. Quitumbe partió hacia el sur donde fundó Tumbez (Túmbez), en honor a su progenitor.

Después, prosiguiendo con la búsqueda de su gente, bordeó con canoas las costas ecuatoriales hasta llegar a la isla Puná, para luego internarse hacia las montañas (los Andes) y llegar a la zona del volcán Pichincha, a Kitu (Quito).

No se puede asegurar si en Quito estaban o no sus hermanos, ni si ese era el nombre que trajo Quitumbe o era un nombre originario de la ciudad. Desde tales épocas se concebía al sitio como “centro”, acorde con las mediciones astronómicas realizadas. De ahí la partícula “qui”, presente en el término (qui-to), que se relaciona con “ki”, “yi” o “chi”, de igual significado en otras lenguas de pueblos asiáticos, de los cuales, aseguran los estudios, provenían muchos de los originarios habitantes de América, a más de quienes llegaron atravesando el estrecho de Bering.

Interesante referencia ya que varios nombres de localidades en el entorno de Quito contienen esa misma partícula e indican complementariedad con el centro, línea ecuatorial o mitad del mundo, entre los que destaca Cochasquí, un complejo de 15 pirámides truncas, posiblemente dedicado, entre otras, a investigaciones astronómicas.

El sucesor de Quitumbe fue Tome, llamado por el padre de la Historia ecuatoriana, el jesuita Juan de Velasco (1727-1792), “señor de Quito”, según la tradición recopilada por él, en la cual los kara nombraban a sus jefes con la palabra scyri (“señor”), y los habitantes en general fueron conocidos como “quitus”. La memoria de los Scyris ha ha permanecido en la conciencia colectiva y forma parte de una identidad cultural, la kitu-kara, matriz de la nacionalidad ecuatoriana, que en la actualidad atraviesa conflictos debido a erróneos manejos técnicos de los legados patrimoniales.

Al tiempo que se llevaba a cabo la reunión de Habitat III, se presentaron varios documentos sobre la precariedad en que se encuentran los sitios patrimoniales precolombinos, incas y pre-incas de Quito y la gran fragilidad apreciable en la conservación de lugares como   Cochasquí, Rumicucho, Catequilla y Tulipe, interrelacionados entre sí, conforme indican los estudios llevados a cabo de manera directa sobre la identidad kitu-kara, presente asimismo en el Parque Arqueológico de Rumipamba y la necrópolis de La Florida, mencionados antes.

Las impresionantes evidencias arqueológico-culturales en la zona del nuevo aeropuerto de Quito, con similares características a las de la necrópolis de La Florida requieren un acondicionamiento apropiado.

La importancia de dichos lugares es notable pues constituyen una base para entender los aspectos culturales del actual Ecuador y de toda la región, por los conocimientos que puedan derivarse de lo hallado en torno al arte, la ciencia, técnica, la filosofía y espiritualidad.

Ante lo expuesto, se redactó una petición que circuló en la plataforma Change.org, y sumó más de 250 firmas de personas vinculadas con la defensa del patrimonio nacional, entre escritores, artistas de diversas áreas, intelectuales, yachak (taitas y mamas de conocimiento), estudiantes, profesores, antropólogos, gestores culturales y trabajadores del arte y la cultura del Ecuador e, incluso, ciudadanos de otros países y extranjeros residentes aquí.

La petición da cuenta de las precarias condiciones del Museo de Sitio de la necrópolis de La Florida,  que alberga reliquias patrimoniales de los años 200 y 680 de nuestra era. Las tumbas, en forma de pozos profundos que llegan a medir entre 16 y 18 metros, en las que se encontraron varios esqueletos, han sido rellenadas con cascajo; sin contar que los fragmentos de textiles prehispánicos, casi los únicos en Ecuador y de los pocos de América, están en riesgo.

La petición incluye, asimismo, el Parque Arqueológico Rumipamba, gravemente afectado, donde incluso se ha vertido terrocemento sobre vestigios arquitectónicos, según lo precisado en informes técnicos de los institutos que rigen las normativas del patrimonio en Ecuador.

Por su parte, las impresionantes evidencias arqueológico-culturales encontradas en la zona del nuevo aeropuerto de Quito, con similares características a las de la necrópolis de La Florida, carecen en la actualidad de un acondicionamiento apropiado. Entre los hallazgos figura una gran cantidad de concha Spondyus, cuyo papel fue crucial en lo que hoy es Latinoamérica.

Mientras se hablaba en Habitat III de no dejar a nadie fuera del “desarrollo”,  entre los defensores del patrimonio se debatían, asimismo, propuestas sobre la necesidad de una verificación transparente de las excavaciones emprendidas con vista a la construcción del metro de Quito en la estación de la plaza San Francisco (en pleno centro histórico patrimonial), donde se han descubierto vestigios que, según se informa de manera oficial,  no son trascendentes. El hecho ha provocado revuelo, pues no se ha constatado la conformación y existencia de un grupo de técnicos que pueda aclarar, en conjunto, lo que ocurre.

La petición de los firmantes se basa en que el origen de Quito no es únicamente español: No podemos permitir -puntualizan-, que el referente español sea el único valedero para establecer adecuadas políticas de preservación del patrimonio, y se exigen explicaciones y rectificaciones inmediatas, de manera que se cumplan con urgencia las recomendaciones de los especialistas en sus informes y se valoricen los legados pre-incas e incas presentes en la identidad de la nación en su conjunto.

Traducida al kichwa y al inglés,  la petición no pudo llegar a manos de ningún participante que realmente pudiera tomar decisiones. En cuanto a Habitat III, se pedía que en la Nueva Agenda Urbana se diera “una resolución, favorable a la preservación de la historia y memoria indígena de Quito […] con la puesta en valor y la disposición de normativas urgentes para que se destinen recursos hacia la recuperación total” de estos patrimonios.

La Agenda Urbana consideró, entre otros, el principio de no dejar a nadie atrás y la necesidad de respetar la diversidad, pero no se manifestó respecto a la petición que circulaba en las redes sociales, ya sea por desconocimiento o porque, al ser una petición de la sociedad civil auto-convocada de manera espontánea, no se tuvo acceso a entregarla a los  funcionarios organizadores del evento, que habrían podido pronunciarse.

Esa petición ha sido ya entregada a las más altas autoridades del país y la ciudad, que pueden incidir en la toma de decisiones sobre cultura y patrimonio; sin embargo, es dable señalar que aún hay cierta resistencia a aceptar los errores y poca diligencia para actuar con prontitud, quizá por esquemas no resueltos en cuanto a identidades e imaginarios sobre la ciudad, que desconocen la magnitud e importancia de los legados de los pueblos precolombinos y tienden a minimizar las raíces no españolas en la conformación de la diversidad ecuatoriana.

Resulta pertinente citar lo que indica la petición en su última frase: “La identidad de las ciudades del presente y del futuro no tendrá los sentidos de armonía con la naturaleza y el cosmos ni los principios de relacionalidad equitativa entre los seres humanos, si se desconoce el aporte en estos campos, por parte de las culturas ancestrales de América”.

ag/mep

 

*Escritora y antropóloga ecuatoriana.