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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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¿Se terminó el neoliberalismo?

Por Marcelo Colussi*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 


Acaban de suceder dos hechos muy importantes en términos políticos a nivel mundial, que  indujo a pensar, a más de unos, en el fin del neoliberalismo. Nos referimos al rechazo de los votantes británicos a la continuidad del Reino Unido de Gran Bretaña en la Unión Europea (lo que popularmente se conoció como Brexit), y las elecciones presidenciales en Estados Unidos con el triunfo de Donald Trump.

Si fuera cierto ese final (aunque creemos que no es así exactamente), ello nos obligaría a replantearnos el sentido de la lucha para el campo popular: si se terminó el neoliberalismo, ¿cuál es el enemigo a enfrentar entonces?

Con neoliberalismo o sin él -a lo que podría agregarse, homologando las cosas-, con imperialismo o sin él, con Estado de bienestar keynesiano o sin él. O, más aún, con república o  monarquía parlamentaria, el verdadero núcleo del problema es el sistema de base del que todas los anteriores son expresiones puntuales: el problema de fondo sigue siendo el capitalismo. El neoliberalismo es una expresión de ese sistema, de ese modo de producción en su desarrollo histórico, con capitales monopolistas y transnacionalizados, en su fase imperialista.

Afirmar que el neoliberalismo fracasó es un tanto osado. El sistema que le sirve de base sigue siendo el mismo monstruo generador de injusticias.

En realidad, lo que hoy conocemos como “neoliberalismo”, siempre asociado a la idea de globalización, es una forma que el sistema adquirió entre los años 70 y 80 del siglo pasado -surgido como doctrina en los llamados países centrales-, en que éste retoma la iniciativa económica, política, militar e ideológico-cultural que había ido perdiendo durante  décadas de avance popular.

Recuérdese que los años 60-70 marcaron un alza significativa de las luchas anti-sistémicas, con distintas expresiones de rechazo, que van desde organizaciones sindicales combativas hasta movimientos campesinos organizados y el desarrollo de guerrillas de orientación socialista hasta la aparición de un ala progresista de la Iglesia Católica, surgida luego del Concilio Vaticano II y su opción preferencial por los pobres.

A ello se une el rechazo a la guerra contra Vietnam; el movimiento hippie llamando al pacifismo y el no-consumismo; el Mayo Francés como fuente inspiradora de protestas, el auge de los procesos de liberación nacional en Africa; el impetuoso avance de los movimientos feministas y de liberación sexual, la mística guevarista que va marcando esos años y el auge de un espíritu contestatario y rebelde que se expande por doquier.

Vale recordar que, en los años 80 del siglo XX, al menos un 25% de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales entre sí, podían ser catalogados como socialistas (Unión Soviética y el este europeo, China, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua,  y países africanos de reciente liberación, entre otros).

Ante ello, en el sistema -entendido como unidad global y monolítica, más allá de diferencias y pujas inter capitalistas-, se prendieron luces rojas de alarma. El llamado neoliberalismo fue la reacción a ese estado de cosas. De hecho, la primera experiencia  tiene lugar en medio de una sangrienta dictadura latinoamericana: la del Chile del general Augusto Pinochet. A partir de ahí, el modelo se expande por numerosos países del Sur, para llegar luego a las naciones metropolitanas.

Estados Unidos bajo la presidencia de Ronald Reagan, y Gran Bretaña, dirigida por Margaret Tatcher, enarbolan el neoliberalismo como insignia triunfal para impulsarlo a escala planetaria. Sus mentores intelectuales, los austríacos Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises y lo que luego se conocerá como la Escuela de Chicago -capitaneada por el estadounidense Milton Friedman y sus llamados Chicago Boys-, reflotan y llevan a un grado sumo los principios liberales del capitalismo inglés clásico.

Ese nuevo liberalismo se emparenta directamente con el viejo liberalismo dieciochesco y decimonónico de los padres de la economía política clásica burguesa: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill. El acento se pone en la entronización absoluta de la libertad de mercado y la reducción drástica del papel del Estado a un mero mecanismo garante que asegura la renta de la empresa privada.

El actual neoliberalismo y sus recetas de privatización de los principales servicios estatales desarman el Estado de bienestar keynesiano, surgido tras la Gran Depresión de 1930, con dos elementos fundamentales: 1) el enriquecimiento exponencial de los grandes capitales en detrimento de la masa asalariada (trabajadores varios y sectores medios) y 2) el descabezamiento de toda protesta popular.)

Es elocuente lo expresado por la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, para resumir esta nueva perspectiva: “No hay alternativa”. Es decir: “O capitalismo ¡o capitalismo! Eso no se discute”.

Afirmar, entonces, que el neoliberalismo fracasó es un tanto osado. Para quienes lo impulsaron, definitivamente no fracasó. Si lo que se buscaba, además de ampliar la riqueza, era tener a raya al movimiento obrero y cualquier tipo de protesta social,  esto se cumplió  con sobrado éxito. La parálisis evidenciada por la izquierda a nivel global es más que evidente. Por otra parte, decir que fracasó porque empobreció a una buena parte de la humanidad es cuestionable: para eso surgió, no para resolver sus problemas.

En el sistema capitalista actual quienes ponen las condiciones y fijan las líneas a largo plazo, son los capitales globales, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta.

Hoy por hoy faltan propuestas de cambio, pero más allá de esa desazón generalizada que nos ha ganado, de ese espíritu negativo que se ha venido imponiendo, el sistema de base sigue siendo el mismo monstruo generador de injusticias que animó las grandes luchas populares de otros tiempos e inspiró a Marx y Engels la teoría del socialismo científico.

Las luchas de clases no han terminado y el ideal de justicia, aunque acallados temporalmente por la represión feroz de las bayonetas y/o  los planes de ajuste económico, no han desaparecido. Por el contrario, aunque nos hayan querido hacer creer que “la historia terminó” y desaparecieron las ideologías, la lucha de clases sigue siendo el motor imperecedero de la dinámica humana. Si no fuera así, el neoliberalismo no existiera.

De ahí que, como la lucha de clases sigue estando presente, la clase dominante cante hoy victoria porque, temporalmente al menos, ha logrado maniatar a la clase trabajadora. Pero como reza el epígrafe: el Amo tiembla aterrorizado delante del Esclavo porque sabe que, inexorablemente, tiene sus días contados, que en algún momento ese Esclavo abrirá los ojos (aunque se los quieran cerrar a toda costa) y reaccionará. El materialismo histórico y el marxismo, expresión teórico-científica de esas luchas, reiteradamente ha sido declarado muerto. ¡Pero no murió!

Lo que sucedió con los votantes en Gran Bretaña y Estados Unidos -en ambos casos eligieron propuestas que evidencian una crítica a las políticas en curso-, no significa,  el fin del neoliberalismo sino, en todo caso, la reacción de la población ante el estado de precariedad en que ha ido cayendo cada vez más.

Reacciones a esas recetas neoliberales las ha habido desde el momento de su aplicación. Quizá la más fuerte fue el Caracazo de 1989, en Venezuela -violentamente reprimido con miles de muertos luego arrojados al mar Caribe-, que preparó el camino para la llegada al poder de Hugo Chávez con una propuesta anti-neoliberal, pero ese fue un ejemplo icónico.

La historia de estas últimas décadas está plagada de reacciones contra las políticas de ajuste estructural, precarización del trabajo y avance impetuoso de los capitales por sobre los derechos de los trabajadores, cada vez más empobrecidos.

¿Cómo se estructura verdaderamente el sistema capitalista actual? Está claro: quien manda, quienes ponen las condiciones y fijan las líneas a largo plazo, son los capitales globales, financieros en muy buena medida, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta.

Estos megacapitales no tienen patria. Cuando dan un traspiés son asistidos por ese Estado que tanto critican desde su visión neoliberal (por ejemplo, el fabricante de vehículos General Motors, o la gran banca, como sucedió con el Bank of America  o el Citigroup, o el JP Morgan, todos en Estados Unidos, o el Lloyds Bank en Gran Bretaña, o el Deutsche Bank en Alemania). Son los megacapitales los que conducen finalmente las políticas mundiales.

Obviamente la humanidad no necesita ni tantas armas ni guerras, ni tantos medicamentos ni  automotores circulando, ni la infinita variedad de productos prescindibles que deben reciclarse de continuo. Si eso genera el cambio climático -eufemismo moderado por no decir catástrofe medioambiental originada por la sobreexplotación de recursos-, y gobiernos como los de Washington o los de la Unión Europea lo avalan, es porque el complejo de mega-empresas globales lo impone.

Las luchas de clase y el ideal de justicia -aunque temporalmente acallados por la represión de las bayonetas y/o los planes de ajuste económico- no han desaparecido.

En esta nueva fase del capitalismo -iniciada entre los 70 y 80 del siglo pasado-, la globalización neoliberal encontró que es más fácil producir fuera de los países del Norte y trasladar su parque industrial al Sur. Ahí la mano de obra es mucho más barata y desorganizada, se pueden evitar impuestos, amén de contar con regulaciones medioambientales mucho más laxas o inexistentes. Esa globalización de la producción para un mercado igualmente global -lo que ya entreveía Marx a mediados del siglo XIX y que tomó su forma acabada desde fines del siglo XX con tecnologías que eliminan distancias-, llegó para quedarse.

Sin duda, a lo interno de los países metropolitanos (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), la nueva recomposición del capital provocó severos daños a la clase trabajadora, al aumentar en forma creciente su desocupación, lo que permitió recortar el precio de la mano de obra, el congelamiento de salarios y beneficios varios. Ello produjo un notorio descontento en británicos y estadounidenses que, ante una elección determinada dijeron no a esas políticas. Pero en modo alguno esto significa que el neoliberalismo terminó. Si fuera cierto  ¿qué sigue  entonces? ¿Terminaron los males de la humanidad?

Lo que se evidencia es un descontento  por doquier. Pero esa desarticulación de la protesta es lo que buscó precisamente el neoliberalismo: tener a la clase trabajadora de rodillas, desorganizada, sin modelos ni referentes alternativos. El “No hay alternativas” de una ampulosa y dictatorial Dama de Hierro es la expresión política concreta de esa ideología socio-económica surgida en la Universidad de Chicago, en Estados Unidos; funcional para las grandes empresas que vienen manejando el mundo desde hace tiempo y tienen, en el ciudadano de a pie, en el trabajador explotado, a su enemigo eterno en tanto antagonista de clase.

El problema, en definitiva, no es el neoliberalismo, o neo-capitalismo: ¡es el capitalismo mismo. Ahí es donde debemos dirigir las baterías.

Ahí es donde cobra más que nunca sentido el epígrafe: el Amo tiembla aterrorizado (tratando que no se le note, por supuesto, armándose hasta los dientes y neutralizando por todos los medios posibles una amenaza transformadora) ante el Esclavo porque sabe que, irremediablemente  tiene sus días contados (sus privilegios se asientan en la explotación, y eso no debe cambiar). El neoliberalismo es una forma de llevar a límites paroxísticos esa dominación.

Una “democracia” de elección, en que la gente expresa ese descontento, no significa que las políticas en curso están fenecidas. ¿Volverán ahora, entonces, los sindicatos con sus reivindicaciones? ¿Eso es lo que abren el Brexit y la llegada del millonario Donald Trump a la Casa Blanca?  ¿Qué sigue ahora en Estados Unidos y en Gran Bretaña? ¿Un populismo que vocifera contra los males de la globalización? ¿Qué sigue entonces: se desarman los megacapitales transnacionales que ponen las condiciones del mundo? ¿Terminan los paraísos fiscales, y las compañías que producen en el Tercer Mundo a costos ridículos, retornan a sus países de origen?

Aunque la ideología dominante y el aparato mediático-cultural global han intentado sacar de circulación el discurso socialista, la lucha de clases y la explotación de los trabajadores, sigue siendo el núcleo del problema. Ahí es donde debemos dirigir las baterías; el problema, en definitiva, no es el neoliberalismo, o neo-capitalismo: ¡es el capitalismo mismo!

ag/mc

 

*Catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.