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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Desmadre informativo

Por Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Extraño días los que hemos vivido. En Francia moría Johnny Hallyday, cantante de cantantes de los años sesenta que nos trajo hasta orillas de Europa el rock norteamericano y se convirtió en el ídolo de millones de personas, el ídolo de las multitudes decía la canción. Y antes de que alguien abriera la voz de la razón, el féretro del querido cantante bajaba desde el Arco de Triunfo en París por los largos, larguísimos Campos Elíseos, llegaba a la Place de la Concorde, donde ajusticiaron a Luis XVI, enfiló la rue royale, magnífica en esta época de tonos majestuosos del cielo y aterrizó en la Iglesia de la Madeleine, reservada para celebraciones de grandeza nacional.

Un cortejo acompañado por una multitud calculada en alrededor de un millón de personas que a pie o en moto -Johnny era motociclista en sus ratos locos- lo acompañó y, fuera de  la iglesia, donde se santiguó Napoleón, el presidente de la República y otros invitados del show business dijeron sentidas palabras. Un periódico francés soltó, sin que se le cayesen las hojas de vergüenza, que había sido un homenaje comparable al que se le brindó a Víctor Hugo, el escritor que se ha había convertido en la conciencia del mundo con “Los miserables”.

Víctor Hugo, el hombre que nos enseñó a generaciones enteras la diferencia entre libertad y lo contrario, el escritor que nos hizo vibrar, que todavía nos hace emocionarnos con personajes metidos en la miseria y salidos para servir de guía a la humanidad entera. Un genio que no se repetirá. Y una televisión insiste en que el homenaje a Johnny fue casi igualito, igualito. Mon Dieu, piedad.

En Melilla, a la entrada del norte de África, unos aduaneros en medio de la rutina de reprimir el contrabando entre Marruecos y España y el resto de Europa, detienen un automóvil de lujo y empiezan a cachearlo, porque eso ya no es registro. Los agentes disponen de un aparato que detecta la respiración de un ser humano. Y allí, en el salpicadero del auto, encuentran un escondrijo y en la madriguera de plástico un chiquillo de 12 o 13 años a punto de asfixia, con la sudoración que hace temer un desenlace fatal. El niño está desorientado, no sabe dónde está. Pero los guardias civiles lo sacan con vida.

Uno más, dirá uno de los agentes. Ya han encontrado a otros menores escondidos en maletas, en los bajos de camiones que circulan entre España y África, en cualquier sitio. Las familias marroquíes, modestas pero conscientes de sus responsabilidades, mandan a los niños en esta operación kamikaze, pagando una pequeña fortuna a los bandidos que facilitan la operación, para alejarlos de la miseria y quizá, si Alá es misericordioso, hacerlos entrar en el Eldorado que para ellos es España y Europa.

No había banda de música en la aduana ni fanfarrias para acoger al chiquillo medio muerto en su camino para la paz, que rápidamente será devuelto a Marruecos o adonde sea, para que siga sufriendo, como un miserable de Víctor Hugo.

Washington D.C: El presidente que está haciendo que el mundo tiemble de miedo y de rabia, Donald Trump, ha olvidado decirle insolencias al presidente de Corea del Norte y nada más ni nada menos que se empecina en que Jerusalén, la ciudad santa de las tres religiones monoteístas, cristianismo, judaísmo, islamismo, sea única y exclusivamente la capital del Estado de Israel, construido el 14 de mayo de 1948 por las potencias occidentales, y al mando de los británicos siempre tan hechores de imperios y procuradores de todos los grandes líos mundiales.

Desde entonces, el pueblo que vivía en Palestina, es decir en esos territorios, los palestinos, para entendernos mejor, sufren lo indecible. No tienen patria ni se les quiere reconocer siquiera que tengan derecho a vivir, aunque sean separados del protector Israel por un muro que ríanse ustedes del que Trump quiere terminar para aislar a Estados Unidos de México.

Llevo medio siglo colectando informaciones, tratando de hacerlas llegar con un poco de entendederas a los lectores. Pero ¿cómo puedo saltarme del homenaje que invadió París, la capital de Europa por las luces que impartió al resto del mundo, el homenaje a un cantante, un gran cantante es cierto, pero nada más que eso, a la monstruosidad de Trump y, sobre todo, perdonen mi debilidad, al chiquillo sacado apenas con vida de un escondrijo en un coche.

Desde mi refugio en la punta más sureña de África, donde no se pone el sol, no entiendo nada y miro aterrado la pantalla del ordenador.

La información se ha convertido en un circo, en un desfile de payasos, diablos, bandidos venidos del fondo de África, víctimas tan inocentes como la chiquilla Cosette, a la que el miserable de los Miserables de Víctor Hugo quería salvar de todas las acechanzas del París de los malos.

ag/sb

*Escritor y periodista francés, residente en España.