A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z



Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



Los más leídos  


Mentiras nada piadosas

Por Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

La imbecilidad, como palanca para manipular la credibilidad, es un método de gobierno de la opinión pública, que resurge con mucha fuerza con las llamadas fake news (noticias falsas), como si hasta ahora todas las informaciones publicadas en la prensa hubiesen sido religiosamente exactas.

Desde que la gente aprendió a comunicarse, probablemente en la Edad de Piedra o incluso en el paraíso terrenal de la Biblia, la mentira ha sido lo que más se ha propagado porque una noticia falsa da pie a dos noticias, la falsa y el desmentido. Este concepto tan periodístico (dos por una) lo inventó una agencia norteamericana de prensa.

Al menos así era cuando los periodistas de otras agencias de información mundial descubríamos lo mal que nos había ido en el tratamiento de una información determinada, generada en cualquier lugar del mundo. La agencia en cuestión había resultado preferida porque previamente había lanzado una información desvirtuada, más jugosa, más “atractiva”; una noticia exagerada (fake news), y acto seguido otra con un desmentido o una rectificación, lo cual le aseguraba una especie de exclusividad ya que los periódicos, la radio o las televisoras que habían dado crédito a la primera noticia, se veían obligados a publicar el desmentido del bulo.

Detrás de las noticias falsas, o de las medias verdades ha habido, hay y habrá siempre una intención siniestra. Ya en tiempos del rey Herodes se propalaban para conseguir determinados objetivos.

Mueve a risa que ahora unos cuantos exquisitos, probablemente surgidos de uno de los tribunales de la Inquisición que actualmente ejercen entes misteriosos en dominios como la sexualidad mundial, adviertan sobre la existencia de esas fake news con un aspaviento de novedad absolutamente fuera de lugar.

Ya en tiempos del rey Herodes se propalaban todo tipo de falsas, verdades y auténticas especulaciones -cuando no tranquilamente mentiras-, para conseguir objetivos como alarmar a la población, controlarla o simplemente confundirla. No se precisaban periódicos ni emisoras de radio. Bastaba con los pregoneros que anunciaban lo mismo una fiesta que la decapitación de San Juan Batista.

Detrás de las noticias falsas, o de las medias verdades lanzadas desde un teletipo, ha habido, hay y  habrá siempre una intención siniestra. Un rumor vehiculado a tiempo, y hábilmente, sobre el movimiento de las acciones puede causar pánico en la bolsa.

Una noticia exagerada o totalmente falsa sobre Corea del Norte, ahora que Trump y su interlocutor norcoreano han asegurado tener siempre a la mano el botón nuclear, consigue hacer bajar o subir acciones de productos o empresas relacionadas con los países y la ocasión. No hay que escandalizarse. Antes, las fake news, las falsas noticias, se designaban sencillamente con el término de manipulación informativa, y son de todos los tiempos.

El autor de “El Barbero de Sevilla”, Pierre Auguste Caron de Beaumarchais, había recorrido toda Europa por orden del Rey para comprar y destruir un panfleto muy leído sobre la reina María Antonieta. Algunos historiadores afirman que el autor de este librito nada agradable para la reputación de la soberana era el propio Beaumarchais. Con ello es fácil comprobar que el cinismo en ese dominio no ha sido inventado en el siglo XXI.

Ya en este siglo, uno de los hombres que mejor ha sabido manipular a la prensa es Bill Clinton, expresidente de los Estados Unidos, quien con un maquiavelismo descomunal consiguió que su “ idilio” con Monica Lewinski -que políticamente le costó una millonada-, le valiera una subida en las quinielas de la popularidad.

Con similar descaro, logró justificar su bárbaro ataque contra Yugoslavia con el pretexto de que había que salvar a una minoría étnica en Kosovo. Evitar esa seudo limpieza le permitió aplastar a toda una nación -que tardará muchísimos años en reponerse de los ataques de la aviación norteamericana, vía OTAN-,  y que todavía se pregunta por qué le hicieron pagar un pecado con  el que la inmensa mayoría de los yugoslavos nada tenía que ver.

Pero escudándose en una acción humanitaria hábilmente repercutida en el canal de televisión más poderoso del mundo en materia informativa, o desinformativa,CNN -cuyo propietario era un amigo personal suyo-, el risueño Clinton consiguió su propósito belicista.

De la misma manera, George Bush, con el falaz pretexto de frenar al sanguinario dictador iraquí Saddam Hussein, había organizado una guerra relámpago contra Iraq que ningún periodista del mundo pudo seguir sobre el terreno en sus primeros momentos. CNN, una vez más, fue la encargada de dar cuenta de las batallas olvidando, por supuesto, la matanza de inocentes.

Sería, pues, ilusorio creer que los grandes de este mundo, y los menos grandes, no cuentan con medios para intervenir, cuando el caso se presenta, y manipular a los informadores para evitar otra manipulación (fake news), que para ellos puede traducirse en una catástrofe. Desde John F. Kennedy a Charles De Gaulle, pasando por Clinton, la influencia de la publicidad indirecta -apenas una variante de fake news, que constituye, quiérase o no, la intervención de un periodista para hablar de alguien-, ha sido reconocida sin la menor reticencia.

Cierto: es totalmente utópico querer informar sobre un hecho, un personaje, o alguna cosa, y pretender guardar distancias con el fenómeno publicitario.

Todos los especialistas en relaciones públicas, acostumbrados a las falsas noticias promocionales, las malditas fake news, saben que la mejor manera de comunicar su mensaje”, es decir vender el producto que se les ha encargado -una actriz de cine, un libro, un microondas capaz de mejorar el sabor de las comidas-, es utilizar al periodista, convencerlo de que al público le interesaría que hablara de aquello que se pretende que  hable.

Y como el periodista, por experimentado que sea  -en definitiva es un señor como otro cualquiera que a veces cree realmente servir el interés del público- también es susceptible de dejarse manipular (como el ama de casa a quien la televisión ha convencido de que una lavadora  de X marca le garantiza una ropa más blanca), puede caer perfectamente en la trampa.

Esa es la “buena” manipulación. La mejor fake news. Mentiras nada piadosas sino interesadas al máximo.

ag/sb

 

*Escritor y periodista francés residente en España.