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Gandásegui, Marco A.

Marco A. Gandásegui, hijo, Profesor de Sociología en la Universidad de Panamá e investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), “Justo Arosemena”. Coordina el grupo de trabajo de Estudios sobre EE.UU. de CLACSO y el Observatorio sobre las Drogas de la Universidad de Panamá. Es director de la revista TAREAS. Realizó sus estudios de doctorado en la Universidad del Estado de Nueva York, EE.UU.

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Es autor de múltiples libros y artículos en revistas especializadas.

Recientemente publicó EEUU: Más allá de la crisis (edición CLACSO-Siglo XXI, México) y “El debate sobre la ampliación del Canal de Panamá” (coedición CELA-Portobelo). Además, se destacan "Las clases sociales en Panamá", "La democracia en Panamá" y "El mito de la comunicación social", entre otros. Sus artículos aparecen regularmente en Panamá y en otros países.

 


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Los dueños de Panamá

Por Marco A. Gandásegui, hijo*

 

Todo indica que Panamá y Chile tienen estructuras políticas y realidades sociales calcadas. En un artículo reciente el chileno Antonio Soto Canalejo se refiere a su país andino. En este hablamos de Panamá.

El totalitarismo se ha instalado. No es el gobierno el que impone su voluntad sobre nuestras vidas, sino son unos pocos grupos económicos, los que imponen su voluntad sobre la sociedad, incluso sobre el mismo Gobierno.

 

Hace décadas, dice Soto Canalejo, George Orwell publicó “1984”, novela sobre un régimen político omnipresente, totalitario, que ejerce férreo dominio sobre la cotidianeidad de los individuos. Allí se impone el ocultamiento de las ideas transformadoras del pasado para evitar que alimenten eventuales disidencias en el presente.

La manera de perpetuar un régimen totalitario es falseando la realidad. Porque la disidencia muchas veces se alimenta del pasado para rectificar el presente y mejorar el futuro. Entonces hay que manipular el pasado, hacerlo inexistente si es necesario. Ante la imposibilidad de viajar en el tiempo el régimen cambia la historia. Tiene razón Orwell cuando dice, “quien controla el presente, controla el pasado”.

Podemos parafrasear a Soto al decir que en Panamá estamos cerca del mundo orwelliano. El totalitarismo se ha instalado. No es el gobierno el que impone su voluntad sobre nuestras vidas, sino son unos pocos grupos económicos, los que imponen su voluntad sobre la sociedad, incluso sobre el mismo Gobierno.

Ellos controlan rigurosamente nuestro presente y reescriben nuestro pasado. La concentración de la riqueza y de las rentas, en manos de unas cuantas familias ha instalado un poder superior que domina todas las esferas de la vida económica y social y que se proyecta al ámbito político.

Las familias más poderosas de Panamá están en el ranking de las mayores fortunas del mundo. Se convirtieron en los más ricos, primero, gracias a la dictadura y, luego, a la invasión militar norteamericana. No son los únicos que se han beneficiado de las privatizaciones, de un Estado que no regula y de una Constitución ignorada que ha convertido en negocio la salud, la educación y la seguridad social. A estas pocas familias les siguen otras de menor envergadura.

Esos grupos económicos son los dueños de Panamá: las rentas del Canal, puertos, la minería, bosques, pesca, aguas, industrias, supermercados, servicios públicos, salud, seguridad, educación y bienes raíces urbanas. Estas familias controlan nuestras vidas mediante bajos salarios, contratos precarios, tarjetas de crédito, bajas pensiones, lucro en educación y salud, precios monopólicos en las medicinas.

Pero, además, controlan los medios de comunicación y han comprado los partidos políticos, ampliando su poder a la esfera pública. Con el control de los medios escritos, radios y TV, el pensamiento único defiende, con toda su fuerza, la institucionalidad económico-social que instaló la invasión militar norteamericana. Mediante ellos justifican sus intereses y descalifica, oculta o ataca cualquier reforma del régimen.

Los grupos económicos, al controlar el presente, también manipulan el pasado, reconstruyéndolo según su imagen e intereses. Se oponen con virulencia a los cambios impositivos y al cumplimiento del código de trabajo. Rechazan la gratuidad y la igualdad en la educación. No quieren que las aguas sean de y para todos los panameños, sino que sirvan al negocio minero y a las hidroeléctricas. Insisten en la represión del pueblo ngobe-buglé.

Sobre la base del control del presente intentan inventar un pasado que les sirva a sus intereses actuales. Aseguran que a Panamá le iba mal antes. Desde la invasión militar norteamericana dicen que la vida cambió para bien. Doblegaron al PRD para que mantuviera las mismas políticas públicas de despojo.

Los grupos económicos, al controlar el presente, también manipulan el pasado, reconstruyéndolo según su imagen e intereses.

 

Los vasos comunicantes entre la política y los negocios fueron evidentes durante los primeros años después de la invasión militar norteamericana. En los períodos presidenciales más recientes quedó de manifiesto que los políticos se entregaron a los empresarios. Han financiado sus campañas electorales a cambio de ayudar a los poderosos a ampliar sus negocios. Son los amigos de los presidentes de turno. Comenzaron a admirar a sus represores. Se impuso el síndrome de Estocolmo.

Es cierto que ahora ya nada es sagrado. Pero, se les pasó la mano a los dueños de Panamá. Tampoco se puede seguir jugando con la inocencia de la gente. Como dice la mitología sobre las sabinas, el calendario no anda con prisas. Todavía están nuestros hijos y nietos. El control del presente y la manipulación del pasado, no garantizan a los poderosos el dominio del porvenir.

(Podremos aplicar el análisis presentado en este artículo a cualquier país de la región, sometido al Consenso de Washington).

 

ag/mg

 

*Profesor de Sociología de la Universidad de Panamá e investigador asociado del CELA