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Pérez, Hildebrando

Nació en Lima, Perú, 1941. Premio de Poesía Casa de las Américas 1978 por su libro Aguardiente y otros cantares. Profesor Principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima. Actualmente Director de la Escuela de Literatura de San Marcos y Codirector del Taller de Poesía de San Marcos.

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Director Académico de la revista de Arte y Literatura Martín, dedicada a poetas y narradores peruanos contemporáneos. Asimismo dirigió la revista de poesía Piélago, fue codirector de la publicación Hipócrita Lector y subdirector de la revista de Cultura Puente-Nippi. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán y portugués.


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Javier Heraud: yo tenía 21 cuando te conocí

Por Hildebrando Pérez Grande*

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

La poesía no tiene fronteras. Cruza ríos, valles, junglas enmarañadas, mares recelosos, merodea por sueños y recovecos oscuros, y baja radiante por laderas inaccesibles y vuela por espacios siderales sin quemar ni sus alas ni sus nubes en pantalones grises y aterriza, para sorpresa nuestra, como diría Eliseo Diego, por donde nunca jamás se lo imaginan, para entroparse (enrolarse) con las huestes humanas. Y nos ilumina. Y nos marca con fuego. Y apaga nuestra sed. Y  es un bosque de latidos y esperanzas. Y es santa. Y es profana.

La patria de la poesía es la condición humana. Y su geografía es toda esta tierra dura que debemos transformar. Y es historia que se verbaliza por encima de límites mezquinos y fronteras banales. Tan sólo así podemos entender el discurso estremecedor y la trascendencia de Vallejo en su España, aparta de mí este cáliz, himno que recrea en su real dimensión la tragedia de la guerra civil española: epopeya cantada por un poeta andino (peruano del Perú, perdonen la tristeza).

Y por ello no nos llama tampoco la atención que sea Neruda, un poeta nacido muy al sur de nuestro continente,  el autor de un canto solemne a nuestras culturas originarias: Alturas de Machu Picchu. Y con él cantamos: Mírame desde el fondo de la tierra, / labrador, tejedor, pastor callado:

Eterno joven poeta del Perú, es el símbolo de una generación que asumió la dura tarea de trastocar la obsoleta estructura social de su país.

 

Los acordes de la guitarra y la voz y la poesía de Vicente Felíu, llegados desde el malecón de La Habana, despertaron en nosotros estas ideas y sentimientos cuando oíamos sus canciones en la sala de la biblioteca de San Isidro, en la espléndida presentación que hacía al alimón con Miriam Quiñonez de un reciente cd: Las flores buenas de Javier,  en donde nos reencontramos con  los versos inolvidables de Javier Heraud (Lima, 1942-Puerto Maldonado, 1963).

¿Qué extrañas circunstancias telúricas y mágicas hacen que Felíu, a ratos con un lenguaje lírico y luego con algunas descargas épicas  estimulantes, recree, con lucidez y pasión, uno de los hechos trágicos más lacerantes de nuestro país? Y aún más: cómo es posible que esa  voz noble vibre con las mismas resonancias que levantaron los ideales de aquella pequeña tropa de combatientes apostados no lejos del río Madre de Dios y  de aquel  mediodía aciago del 15 de mayo de 1963, cuando Javier, el eterno poeta joven del Perú,  ofrendara su vida, entre pájaros y árboles y esperanzas por cumplir.

Aún es tiempo de recuperar la primavera, diría nuestro héroe, como para levantarnos el ánimo perdido en estos oscuros avatares. Javier Heraud es el símbolo de una generación que asumió la dura tarea de trastrocar la obsoleta estructura social de nuestro país.

Heraud es el paradigma de una escritura laboriosa, así lo testimonian El río, El viaje, y Estación reunida. Su quehacer poético le devolvió  frescura, transparencia, sencillez y, sobre todo, intensidad y altura a la lírica hispanoamericana, dejando de lado la retórica fácil, el cliché, los artificios vanos y los giros estridentes: pastos para  el olvido. Su poesía, labrada con un amor intenso por la palabra justa, exacta, puntual, es, sin duda,  su callada victoria. Palabras que hoy resplandecen por encima de la muerte y el olvido.

Yo tenía 21 cuando te conocí / de una mano trovadora, luminosa y con perfil… canta el juglar cubano en medio de un silencio nostálgico y te veo entrar, Javier, al Patio de Letras, de San Marcos, en el verano del 62, caminando presuroso hacia la sala donde el autor de Cántico hablará sobre el lenguaje de una generación, sin siquiera sospechar que ese lenguaje generacional, redentor para nuestra América, lo tenías tú en la frente y en los labios y en las manos que resueltamente escribían, como el combatiente vallejiano que ya eras, en el aire y en la tierra y en la historia, pues, en estos tiempos de certidumbres y demandas la poesía, Javier, es tal cual tú lo consignaste:

un relámpago maravilloso, / una lluvia de palabras silenciosas, / un bosque de latidos y esperanzas, / el canto de los pueblos oprimidos, / el nuevo canto de los pueblos liberados.

 

ag/hpg

 

*Poeta y profesor universitario peruano. Premio Casa de las Américas de Poesía 1978.