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Pérez, Hildebrando

Nació en Lima, Perú, 1941. Premio de Poesía Casa de las Américas 1978 por su libro Aguardiente y otros cantares. Profesor Principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima. Actualmente Director de la Escuela de Literatura de San Marcos y Codirector del Taller de Poesía de San Marcos.

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Director Académico de la revista de Arte y Literatura Martín, dedicada a poetas y narradores peruanos contemporáneos. Asimismo dirigió la revista de poesía Piélago, fue codirector de la publicación Hipócrita Lector y subdirector de la revista de Cultura Puente-Nippi. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán y portugués.


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Vallejo, in the night

Por Hildebrando Pérez Grande*
Exclusivo para Firmas

Ya es un lugar común decir en el Perú que abril es el mes más cruel.

El Inca Garcilaso, José María Eguren, Mariátegui, Vallejo, Juan Gonzalo Rose, José Watanabe y recientemente Efraín Miranda y otros notables cachalotes de la literatura peruana se marcharon ese mes, dejándonos como herencia una escritura que expresa nuestra diversidad social y cultural desde aquel conmovedor desgarramiento que suena a confidencias íntimas: prendas de dos mundo tengo yo, más las resonancias calcinantes del galopar implacable de los heraldos negros y la fascinación de la niña de la lámpara azul y aquello de la creación heroica, que, hasta la fecha, más parece un rompecabezas para los zurdos, hasta que algún bohemio nostálgico se suelte cantando tu voz, tu voz existe y los más jóvenes la sostendrán en las madrugadas lechosas de Lima que son los guardianes del hielo.

Abril, pues, es un nicho muy peleado entre los escritores vivos ya que les permitirá codearse con la mejor porción de nuestro parnaso. Sin duda, es un lujo morirse en abril. Por lo menos, quien lo haga, gozará de una vitrina espectacular.

Trilce

Cuando los cisnes blancos de Darío y los caballos ágiles de José Santos Chocano ya no daban para más, después de haber iluminado con su resplandor verbal el cielo hispanoamericano, en donde las princesas danzaban de la manera más sensual y los paisajes se emborrachaban de exotismo y bonhomía, vendría el cansancio, la retórica vacía, el fin de una poética: todo lo sólido se desvanece en el aire, como se dice hoy en día. Ya el modernismo no deslumbra. Sus fuegos artificiales no llaman la atención. Los malabares esteticistas rubendarianos no convencen a los nuevos lectores, cada vez más exigentes. El hombre del siglo XX demanda un nuevo lenguaje, menos grandilocuente y más hondo. Y llega una nueva dicción, un fraseo distinto, un ritmo que expresa el vértigo de la vida contemporánea.

Trilce navega en el mar de la libertad. Es creación heroica. Y cada día su discurso se hace más ecuménico, más planetario.

El poeta de los locos años 20, debe ampliar su léxico, sus préstamos lingüísticos, y hacer correr el verso de manera libre, sin camisa de fuerza, vale decir: fundar nuevas formas discursivas que, a su vez, privilegian el lenguaje conversacional, el decir de la calle, incluso ir más allá de las normas represivas del idioma, y aún más: sobrepasar la norma limeña, urbana, cosmopolita y rescatar las expresiones más localistas, aldeanas, conservando su vitalidad y fuerza expresiva. Es la hora de expresar el sentido de pertenencia, el universo de los sentidos de manera cabal. Vallejo lo dirá de manera rotunda: es la hora de la palabra justa, exacta, puntual.

Y es así como en 1922 aparece Trilce: el libro más libre de nuestra América. Y es bueno recodar esto que bien es una paradoja, más que un oscuro recurso marquetero: Trilce se imprimió y compaginó y encuaderno y afinó sus bordes en el viejo panóptico de Lima. Manos que esperaban el veredicto de los jueces para sufrir una condena, editaron el libro que es considerado, ahora, como ejemplo de una escritura radical, una verdadera subversión del lenguaje poético. La poesía hispanoamericana tiene desde entonces un hito marcado con fuego redentor: un antes o un después de Trilce.

Pronto se cumplirán 100 años de su primera edición. Y Trilce conserva aún su frescura, su violencia verbal, sus irreverencias y tristezas. Se dice que Trilce es la unión, en este caso feliz, de Triste y Dulce. No deja de sorprendernos, de conmovernos. Leerlo es más que una experiencia religiosa. Es experimentar un sismo de consecuencias inconmensurables. Tal es su fuerza, su apelación, su demanda, que el lector que lo lee sin prejuicios ya no es el mismo. Es otro sin dejar de ser lo que fue.

Es verdad que Vallejo escribió estos poemas entre el 18 y el 22, pero cuando hoy se vuelve sobre su escritura que data del siglo pasado se siente su contemporaneidad actual simplemente porque nuestro mirar de hoy lo actualiza. La palabra vallejiana no envejece por la gracia y complicidad de sus lectores siempre nuevos, renovados. De allí su vigencia. Trilce navega en el mar de la libertad. Es creación heroica. Y cada día su discurso se hace más ecuménico, más planetario. Prueba de ello son las innumerables traducciones de su poesía a otros idiomas modernos.

Poemas humanos, pan de cada día

Si Vallejo fue alguna vez un poeta de culto, hoy en día es un poeta de pálpito. El Vallejo de Trilce y Poemas humanos no es fácil. Es difícil de guardar en la memoria algunos versos suyos, tampoco, a pesar de notables intentos, es fácil musicalizarlos.

Su música interior se resiente y resiste toda musicalización externa, en cualquier género musical antiguo o moderno. Vallejo es un bajo continuo. Su rumor se nos pega a la piel. Los poemas de estos dos libros ni siquiera pueden recitarse y ganarse algunos aplausos de la audiencia. La poesía de Vallejo demanda silencio.

Sin embargo, se puede constatar fácilmente que hoy por hoy Vallejo encuentra lectores en todas las latitudes. Su palabra alcanza otros espacios: los recrea, los invade y los hace ceniza para ofrecernos su versión personalísima. Y sobre todo, lo sentimos entrañablemente nuestro. Dialogando con él, descubrimos que expresa nuestros sufrimientos y esperanzas. Nuestras caídas de arquitecto y nuestras utopías.

 Ya va a venir el día, ponte el saco. Ya va a venir el día, ponte el alma.

 

Vallejo ha sabido tocar y expresar nuestra condición humana, nuestras miserias y grandezas. Su dicción y acento, su silencio y su rabia, su crítica ante lo injusto y su escándalo ante la muerte y el olvido, sin más miramientos lo hacemos nuestros: ¿A quién no se le ha quemado el pan en la puerta del horno? ¿Quién no se llama Carlos?

El poeta de la angustia existencial supo, en su momento, canjear la soledad por la solidaridad. Lo suyo con España fue más que una observación participante. No sólo quiso ser testigo. Logró ser un protagonista, prueba de ello es su España aparta de mí este cáliz, editado en los mismos escenarios de la guerra civil. Y si Trilce fue editado en una cárcel, España aparta de mí este cáliz fue editado por los soldados que defendían las causas justas del pueblo español. Así como Martí logró echar su suerte con los pobres de la tierra, así también Vallejo alcanzó echar su suerte con los milicianos de la República española. Y escribió para que el individuo sea un hombre… y el mismo cielo todo un hombrecito.

Vallejo es un poeta intenso. No sólo es el poeta del dolor humano, también lo es de la solidaridad. A ratos el poeta soledoso se entropa con el devenir popular. Vallejo supo interpretar su tiempo y su historia, sin concesiones. Y como nadie supo expresar el universal sentimiento andino. No es de extrañar que en sus versos encontremos menciones rotundas contra el sistema capitalista, contra la deshumanización del hombre. Y su voz es profética cuando anuncia el amanecer radiante de la condición humana.

Ya va a venir el día, ponte el saco. Ya va a venir el día, ponte el alma. Un 15 de abril, en París, y sin aguacero, nos dejó César Vallejo, nuestro igual, nuestro semejante, perdonen la tristeza. Su cadáver estaba lleno de mundo. Y hoy más que nunca sabemos que es un poeta del alma y del Alba.

*Poeta y profesor universitario peruano. Premio Casa de las Américas de Poesía 1978