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Oscar Domínguez G.

Domínguez G., Oscar

Escritor, periodista y columnista colombiano, radicado en Medellín.

Nació en Montebello, Antioquia1945. En Radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN y Súper. En prensa, laboró en La República y en las agencias de noticias Ciep (Centro Informativo El País), Alaprensa y Colprensa de la cual fue director. Ha publicado los libros El hombre que parecía un domingo, Columna Desvertebrada, Historias del Eterno Femenino,  De Anonimato nadie ha muerto (diario de un pensionado), y ¿Adónde van los días que pasan?

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Con 69 años de edad, ejerce el periodismo desde hace 45 años.

Trabajó en los noticieros radiales de su país RCN, Todelar, Súper y GRC. Fue redactor político, jefe de redacción (7 años) y director (8 años) de la Agencia de Noticias Colprensa y corresponsal de Radio Francia Internacional.

Colaborador de los diarios El colombiano, El Tiempo, de Bogotá, La Opinión de Los Angeles y la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina.



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La revolución de los pulgares

Por Oscar Domínguez

Ni el mismísmo Darwin imaginó la evolución que tendrían los pulgares del Homo sapiens. Somos sus súbditos. Zombis cibernéticos, hablamos a través de esos apéndices digitales. Poco a poco la voz va pasando al cuarto de los cachivaches inútiles. El futuro que nos respira en la nuca hablará de la voz como ese jurásico instrumento que nos permitía comunicarnos.

Ya no miramos a la cara al interlocutor. Nos ahorramos las reacciones de su rostro, donde es posible encontrar toneladas de datos para procesar.

 

Ya no miramos a la cara al interlocutor. Nos ahorramos las reacciones de su rostro, donde es posible encontrar toneladas de datos para procesar. Sospechamos al interlocutor en la pantalla de la tableta que nos hemos dado por cárcel. Nos perdemos su sonrisa, el asombro, el llanto, la alegría. Al otro lado del espejo, otros pulgares estresados nos responden con idéntica frialdad.

En el pasado, los pulgares tuvieron otros protagonismos. En el circo romano, el respetable público lo utilizaba para salvar o borrar vidas. Cuenta el eterno Montaigne que a quienes querían escurrirle el bulto a la guerra se los hacían cercenar. Los eunucos del pulgar no tenían espacio en la confrontación.

En esta época mockusiana todavía lo empleamos para decir que algo hicimos bien, que nos merecemos la cereza de un pulgar enhiesto. Con los pulgares buscamos el correo que nos cambiará la vida. O nos traerá la iluminación para crear un invento raro, como volvernos invisibles, una curiosidad que tengo desde niño con resultados francamente negativos… Envidio a los que solo revisan sus correos a ciertas horas. Esos bichos escasos, disciplinados, solemnes, felices, desestresados se pueden contar con los dedos y sobran para pelar una mandarina.

El pulgar era el dedo tal vez más vago del paisaje. Yo lo utilizaba para darle espacios a mi máquina de escribir. Ahora, al computador.

Ojalá, a manera de indemnización, el hombre del futuro venga con seis dedos en cada mano. Porque el pulgar ya se dedicó a una faena infeliz: la de convertirnos en solitarios entre los siete mil millones y pico que contaminamos lo que queda del medioambiente.

 

ag/odg

 

*Periodista, escritor y cronista colombiano