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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Todos somos Melina Mercouri

Por Sergio Berrocal*

Ay, Melina, ¿qué harías tú estos días en que gente vestida de gris o de negro quiere borrar tu país del mapa?

 

Todos los que teníamos veinte años en 1960, todos los que amamos hasta la locura inconsciente a Melina Mercouri, aquella dama del cine griego de voz ronca y ojos perdedores, deberíamos estar ya corriendo hacia Atenas para apoyar a esos griegos que los grandes bancos del  mundo se van a devorar sin que nadie levante un dedo para impedirlo.

Para los más jóvenes recordemos que con una película titulada “Nunca en domingo”, de Jules Dassin, la griega Melina, pariente de todos esos filósofos que nos llevamos a menudo a la boca como una aceituna jugosa y fresca, fue la gran actriz, la actriz, la dama del cine.

Melina, vestida de prostituta del Pireo,  también podéis visitarlo antes que los banqueros de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional, enfangados con las lágrimas de sus víctimas arruinadas, decidan venderlo para poner un supermercado gigantesco o un centro de juego a lo Nevada.

Si alguna vez ha visto a Melina bailar el sirtaki, por muy falso que sea musicalmente, llevarse a los labios un vasito diminuto de uzo o de cualquier otro alcohol ordeñado en las viñas de las islas -que no tienen más que sol duro y puro-, o invocar a los dioses ya perdidos por las multinacionales, usted ama a Grecia.

Ay, Melina, ¿qué harías tú estos días en que gente vestida de gris o de negro quiere borrar tu país del mapa? Melina, la revolucionaria, Melina, la que fue ministro de Cultura, se echaría a la calle seguida por millones de hombres y mujeres venidos en aeroplanos desde el mundo entero.

Porque nosotros, cinéfilos o gente de letras, debemos mucho a este país medio arruinado, al borde del abismo, con el corralito viene y el corralito va.

Fuimos felices haciendo que bailábamos el sirtaki, mirando los ojos de Melina Mercouri, enamorándonos de islas míticas por donde transitaron todos los dioses, filósofos y otras deidades que ahora nos sirven para parecer cultos en una conversación de estos bares de mala muerte donde vociferamos para parecer más guapos.

Zorba el griego, Theo Angelopoulos, Michel Cocoyanis, Costa Gavras. ¿Sabrá alguno de esos aguerridos banqueros que se dispone a dejar en la miseria a Grecia, como antes arruinaron a otros países -a otros intentaron pero no pudieron- y a los más los dejaron inválidos para siempre-, que la cuna primera de nuestra civilización, por llamarla de alguna forma, es Grecia?

Ya sé, ya sé,  que está lejos de las boutiques de Nueva York, de Tokio o de París, pero los griegos lo inventaron todo. La vida, la que nosotros no vivimos, la palabra dicha con sentido común y sentido de algo que se llamaba filosofía.

Todos somos griegos en el fondo de nosotros mismos. Y todos, y todas, lo juro por Jesucito, somos Melina Mercouri.

Dioses del olimpo, ¿qué haremos cuando para pagar esa inenarrable deuda, los banqueros vendan la Acrópolis, que ya se cae en pedazos, cuando alquilen a Ulises para una casa de prostitución.

¿Se acuerdan ustedes de Ulises?  Era, es, siempre lo será, aquel hombre callado que viajaba como otros juegan al dominó mientras su eterna esposa, la paciente Penélope, esperaba en su casita y, como aquella ratita hacendosa de un cuento infantil, tejía y tejía al infinito.

Dioses del olimpo, ¿qué haremos cuando para pagar esa inenarrable deuda, los banqueros vendan la Acrópolis, que ya se cae en pedazos

Le había dicho a su caterva de poderosos y fogosos pretendientes -todos querían meterse en la cama del héroe Ulises-, que cuando acabase de tejer elegiría a uno de ellos aunque Ulises no hubiese echado anclas en la bahía. Y tejía y tejía, mientras el muy gaznápiro de Ulises se entretenía entre islas con la primera bruja que le salía al paso,  y se convertía en la mujer más deseada de todas las deseadas.

Ahora, hoy, las Penélopes griegas son a imagen y semejanza de Ersi Sotiropoulos, escritora que solloza en el diario Le Monde: “Los griegos somos los parias de Europa”.

Y, oiga, son los mismos griegos que nos enseñaron, los mismos que iluminaron el mundo.

No sé si ella también tiene un Ulises perdido entre magia y sirenas, pero lo seguro es que le caben muchos pretendientes, todas esas legiones de gente que poseen una cartera por corazón y que esperan que Grecia no pueda pagar la deuda, la deuda que todos los pueblos han tenido siempre, para despellejarlo, descuartizarlo y convertirlo quizá en una reserva para nuevos turistas.

Amigos, veinteañeros de los sesenta, bailemos un sirtaki endiablado y seamos al menos por un rato Melina, la Mercouri, la griega que encandiló al mundo, la que nos llenó de gozo.

Amigos veinteañeros de los sesenta, recemos, rabiemos, gritemos, porque Ulises pueda seguir su eterna andadura por los mares. Amigos veinteañeros de los sesenta, no dejemos que las Penélopes que lloran impotentes, acosadas, sin salida, en un rincón de Grecia sean vendidas a un circo o a un jeque de los Emiratos.


ag/sb

*Escritor y periodista radicado en España.