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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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La levedad de La La Land

Por Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Más triste que una mini sala de cine con sólo cinco parroquianos atentos, no a la pantalla sino a las palomitas caseras, es empeñarse en pedir una hamburguesa a las cuatro de la tarde de un verano tropical en un comedor vacío con olor a nada, ni siquiera a rancio.

Luego te arrepientes de haber roto tu ayuno y sucumbido a la pantalla grande que no frecuentabas hace mucho tiempo, desde que decidiste que el cine casero era el menos nocivo para tus entendederas y el que menos podía decepcionarte. Te apena que millones y millones de personas, o algo parecido, en los cinco continentes, aunque quizá sea en cuatro solamente, se hayan entusiasmado con esa película y que los mangantes del templo la hayan colmado de honores y dólares.

Tratas de justificar la ignorancia de tus contemporáneos argumentando que probablemente  nunca habían visto una comedia musical, que ignoraban, pobrecitos adeptos a Batman y otras intelectualidades, que la comedia musical fue un género en auge desde los años 50 hasta hace un rato, un bueno rato, y que nos ayudó, como siempre o casi  siempre el cine, a escalar una y otra vez el Gólgota de nuestras vidas.

Nos contaban historias sencillitas, de novelita rosa para lectores medios, en las que la guapa y el guapo te sonreían y hacían sonreír hasta que se te quitaran de la cabeza esas notas que no podías superar en el instituto y más tarde aquel beso que tu medio novia no quería darte porque aseguraba que era pecado. Eso fue hasta que Gene Kelly apareció disfrazado de norteamericano, lo cual era, claro, en un París de sueño pictórico, con sus mocasines divinos; luego nos enseñó que había que ponerle buena cara al mal tiempo y nos cantó bajo una lluvia que ni todos los bomberos de Manhattan conseguían mantener húmeda.

Si la semana anterior habías visto una buena película del Oeste y te habías enterado dónde estaban el bien y el mal, a la siguiente la comedia musical te endulzaba la vida, eso sí con talento suficiente como para que sonrieras sin preocuparte de que se te vieran esos vacíos en la dentadura, porque todavía los dentistas no hacían milagros ni estaban de moda y tú te cubrías la boca con la mano derecha como para decir un secreto. Porque tu novia de cine, la chica que sonreía a Fred Astaire, a Gene Kelly o al último de la fila lucía, ella sí, unos dientes que parecían salidos de un atrezzo de Hollywood.

Entonces, hace como tres lunas, nos anunciaron con el descaro siniestro de los profesores en humanidades de la mentira que la comedia musical había resucitado y que ese milagro se titulaba La La Land, la había concebido un tal Damien Chazelle y la interpretaban Emma Stone y Ryan Gosling.

He resistido todo el tiempo que he podido hasta que decidí  volver al cine -ese que tiene al ladito, en este fin del mundo, una hamburguesería desde el año primero de mi exilio- adonde alguna que otra vez me condujo Woody Allen cuando se divorció de Diana Keaton y de Manhattan y se empeñó en irse por esos cerros de Úbeda donde se puede conseguir el mejor perejil del mundo.

Una gota de la lluvia bajo la que cantaba Gene Kelly contiene más talento que todo el océano de La La Land. Una sonrisa, la más pequeña de Esther Williams, iluminada por la orquesta de Xavier Cugat, rebosa más encanto por centímetro cuadrado que La La Land.

Cada vez que el hombre me fallaba, este servidor se sacrificaba tragándose una de esas hamburguesas embutidas entre dos trozos de pan y que saben a una gloria que nunca identificas, aunque el olor en las manos resista a todos los tratamientos.

La taquillera me preguntó de sopetón si tenía más de 65 años. Pensé que le gustaba y buscaba mi perfil pero me desilusioné al caer en cuenta que era sólo para darme una entrada más barata. Primera desilusión. El resto estaba esperándome en la Sala número 1.

Lo siento, pero una gota de la lluvia bajo la que cantaba Gene Kelly contiene más talento que todo el océano de La La Land. Una sonrisa, la más pequeña de Esther Williams, iluminada por la orquesta de Xavier Cugat, rebosa más encanto por centímetro cuadrado que todo el desarrollo femenino de ese prodigio del cine al que ya no saben qué premios darle.

West Side Story o cualquier otra de aquellas comedias musicales nacidas en Broadway contienen más elementos liberadores de angustias y sobresaltos cerebrales que esta película de color incierto, dirección aguada, tomas como para preguntarse si los cámaras no estarían fumando cuando empezaron a rodar; travellings que ponen al borde del peor mareo de montaña rusa y pasos de baile de fiesta de fin de curso en escuela primaria.

Nada puede decirse de los diálogos que son inexistentes, ni de las astucias de los guionistas que te hacen pensar que eres el mejor escribidor del mundo. Es la insoportable levedad del ser, de las cosas, de la vida, de la que hablaba Milan Kundera pero sin faltas de ortografía.

La La Land es como una primera vez, intento fallido pero contento. Y propia para todos los millones de señores y señoras que en el mundo ignoraban que el cine musical ya había sido inventado y genialmente desarrollado cuando ellos no estaban todavía en estado de pensar.

Salí del cine y ni siquiera entré en la hamburguesería en busca del consuelo que alguna vez me dio cuando el maestro Woody Allen no estaba tocando el clarinete ni enamorándose de otra muchachita. Era demasiado para una sola hamburguesa de castigo.

ag/sb

 

*Escritor y periodista francés residente en España.