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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Fotos en blanco y negro

Por Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Cuando el mundo se acabe, millones de millones de fotos testimoniarán que vivimos, amamos y morimos. Fotos en sepia, en blanco y negro, en color, en tres dimensiones, videos y otros inventos -que nadie podrá negar- serán los testigos de cargo de nuestras vidas que ya estarán muy lejos.

Mirando viejas fotos en esta noche de invierno tropical europeo, sin brujas ni hadas que te canten, me doy cuenta que las imágenes son como recuerdos que no se olvidan, grabados para siempre con empecinamiento, aunque ya no los quieras. Siempre queda romper la foto, pero…

Como prueba, esa imagen que todos conocemos del Che Guevara durante un desfile en La Habana, que sigue siendo el banderín de enganche mágico de todas las causas perdidas que en el mundo son cada día más numerosas.  Por sí sola, esa instantánea, que vuelve a ondear regularmente en exposiciones, cuenta más sobre el guerrillero de la esperanza que todos los textos que puedan escribirse.

A estas alturas de la pelea de mi vida, quiero reivindicar aquella fórmula mágica de “el peso de las palabras y el choque de las fotos”, que si mal no recuerdo inventó el semanario francés Paris-Match cuando dio cartas de nobleza a la labor de contar con la mirada. Yo era entonces (1957) un jovencísimo reportero de la Agencia Keystone en París y simultaneaba el tableteo de la máquina de escribir con el clic discreto de mi Rollei. Era cuando los periodistas no se avergonzaban de sacar fotos al mismo tiempo que escribían. Contábamos con palabras y con el vistazo de la cámara.

Tengo delante de los ojos una foto que me persigue en mi mesa de trabajo, negra como muchos de mis pensamientos, y que esta noche me parece ver por primera vez. No es de ninguna de esas falsas celebridades que un periodista encuentra tan absurdamente como choca uno con la soledad.

Es un primer plano, tomado por un fotógrafo que un día conocí en un pueblo cerca de París, de una chiquilla de inmensos ojos verdes, aunque no se perciban porque es  una imagen en blanco y negro, pero yo lo sé porque pagué para saberlo. El flequillo revoltoso le cae sobre los ojos tan burlones como la sonrisa que se abre sobre unos dientes guasones y unos labios que me han hecho perder el sueño durante años de mil y una noches. Por primera vez, también, me he fijado en sus dedos chiquitos y perfectos, como los de una muñeca de porcelana. La última vez que los tuve entre mis manos uno de ellos estaba roto. Pero la mujer tenía ya los ojos cerrados y no le dolía.

Millones de millones de fotos testimonian el tiempo que vivimos, amamos y morimos. Fotos en sepia, en blanco y negro, en color, en tres dimensiones, videos y otros inventos, que nadie podrá negar, serán los testigos de cargo de nuestras vidas.

Otra foto es la de un rostro apenas visible en un fondo teñido de luto. Se distingue una cara diminuta surcada por el dolor de las cejas apagadas, unos ojos que fueron felices alguna vez y unas manos como garras de un pájaro que sabe que va a morir. Esta foto es la de Edith Piaf en alguno de esos conciertos suyos que nos llenaban el alma de nostalgia y los ojos de un líquido salado. Hace casi 40 años que murió de mala manera, como suele morir la gente que ama y sufre.

Después de llevar tanto tiempo bajo tierra, alguien con las aviesas intenciones de los mercaderes del templo quiso desenterrarla porque dice que han encontrado algunas canciones suyas inéditas, cinco al parecer. ¿A quién diablos le importa que unos editores vayan a inflarse de ganar dinero con esta mercantil exhumación?

La conocí en París, como conocí a tanta gente que hoy llenan cementerios enteros. Era una noche en el restaurante Maxim’s, ese local de lujo oriental de la Rue Royale, a pocos metros de la Agencia Keystone (qué casualidad), donde se cenaba con un frío champán y los acordes de profesores de música que vendían su talento de violinistas por un puñado de francos de la época.

Había acudido a aquel templo de los felices 60 -el lugar sigue existiendo pero el espíritu que flotaba en él se lo llevaron la crisis del petróleo de los 70 y las sucesivas guerras que han ido asolando desde entonces al mundo- para presentar en sociedad a un muchacho muy sonriente y algo simplote. Era Marcel Cerdan Jr., hijo del francesito que con el mismo nombre estuvo a punto de proclamarse campeón del mundo de boxeo.

El papá y la cantante se amaban con la misma intensidad de sus canciones. El resultado fue catastrófico porque Marcel Cerdan padre se mató en un accidente de avión el 19 de octubre de 1949.

Y Piaf se quedó sola para cantar una de sus más bonitas melodías, La vie en rose y seguir cantando L’hymne à l’amour o aquella impertinente Les trois cloches. Para el anecdotario de quien quiera precisaré que la primera de esas canciones, populares y superventas, tardó en salir porque sus asesores estaban convencidos de que no tendría quien la escuchara.

Amó como solo aman los pobres, con sed y hambre de muchos años, de cuando cantaba por las calles de París y la recompensaban con unas monedas arrojadas desde las ventanas.

Entre dos canciones que ella misma componía, en su mayoría, conoció y se estrelló contra el corazón de hombres a los que, a cambio, les dio celebridad: Yves Montand, Charles Aznavour, Moustaki. Al último lo encontró cuando estaba a punto de mudarse al cementerio. Era un peluquero griego, Théo Sarapo, que también cantó y tuvo sus 10 minutos de gloria.

Marcelo Mastroianni me sonríe desde otra foto de la película La dolce vita, desde una juventud casi intacta por la magia del hiposulfito, Frank Sinatra hace tres cuartos de lo mismo. Me mira con esos ojos de bandido que conquistó el corazón y el resto de tantas mujeres.

¿Quién no recuerda su locura por Ava Gardner, que le hacía atravesar el Atlántico en avión en tiempos en que todavía se viajaba en barco? Pero es imposible no recordar su voz, esa manera de decir en un sin fin de interpretaciones, respaldadas por una de las grandes orquestas de tiempos pasados (tiempos mejores),My way ,o yo qué sé cuáles títulos más. Da igual porque hablaba y el cielo de los enamorados se abría. Lástima que nadie le enseñara a cantar boleros.

Desde otra instantánea está mirándome Ava Gardner. Es esa mujer terrible y voluptuosa que al italiano pequeñajo pero con voz de oro prefirió el machismo indecente de un torero, Luis Miguel Dominguín. Uno de esos matadores altivos y seguros de sus crímenes que, en lugar de cárcel, les procuran celebridad y dinero. En los ruedos se pavonean delante de un bicho que, por poderoso que sea, está destinado a morir de la forma más infame, a puñaladas limpias, como un favorito cualquiera de un emperador romano.

Elizabeth Taylor, otra mujer que amó probablemente tanto como la Piaf, me sorprende en su papel de Cleopatra.Tiene los ojos perdidos en no sé qué vacío y sus manos finas y largas estrechan su propia cintura de avispa.

La última vez que nos vimos fue en el Festival de Cannes, donde como ya es ritual presidía una cena para recaudar fondos a favor de las víctimas del SIDA. Conservaba su cara de muñeca de porcelana encontrada en una tienda de anticuario de la Place des Vosges en París. Pero el tiempo no le había dado tregua a su cuerpo maltrecho.

Ahora veo a Romy Schneider en uno de esos barcos que cruzan día y noche el Sena cargado de turistas , desde los que Notre Dame de París parece una tarjeta postal pintada por Walt Disney. Está en cubierta, es verano, fuma un cigarrillo y su mano izquierda cubre una sonrisa que dedica a Carlo Ponti, productor y esposo de Sofía Loren, quien con gafas negras la mira como sólo se miran los cromos de la infancia.

El cantante Serge Gainsbourg, aquel de Je t’aime moi non plus está fumando su eterno cigarrillo negro con el que se fue al país de nunca volverás. Mira fijamente una margarita que le tiende France Gall, maravillosa cantante rubia de mis años mozos en un París donde no conocíamos todavía el significado de la palabra brasileña saudade.

Ahora voy a parar este desfile de cadáveres. Se me está enfriando mi descafeinado con leche y eso no puede ser.

sb/ag

 

*Escritor y periodista francés, residente en España.