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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Gala, maestra de Dalí

Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prnsa Latina

 

Cuando conocí, aunque mejor habría que decir cuando la vi por primera vez, Gala era ya la musa más amada y respetada del surrealismo, la mujer más influyente en esa manera de mirar y de ver las cosas que se había instaurado en Francia como una revolución de ideas e imágenes en los años 20.

Su marido había sido Paul Eluard, el padre del surrealismo, que Salvador Dalí descubrió en su infancia tardía, cuando Gala -su Galuchka, Gradiva, Oliva, Olivet- lo descubrió a él y juntos empezaron andar hacia el cielo.

La leyenda dice que Dalí “robó” Gala a su amigo Eluard, pero parece que fue ella quien decidió marcharse con él en aquellos años en que las mujeres mandaban, ordenaban y se hacía su santa voluntad, al contrario de lo que pueden contar las leyendas sobre la sumisión femenina.

Testimonios recientes prueban que probablemente Gala “raptó” a Dalí para convertirlo en algo suyo. En él, inexperimentado,  ella vio a un niño grande y perdido, al que quería rescatar de una educación puritana hasta el extremismo, inculcada por un padre catalán y notario, demasiado para un solo hombre.

Cuando la vi aquella primera vez en el Hotel Meurice de París, donde tenían su suite, quedé totalmente impresionado. Ella ya había cumplido 63 años pero engarzada en su traje Chanel de lo más clásico, con el pelo azabache recogido y los ojos bailando sin parar la zarabanda de la alegría transmitía seguridad al mismo tiempo que mucha ternura. Salvador Dalí, con el uniforme de sus bigotes erguidos y desafiantes, había cumplido 53 años.

Y yo, el reportero al que recibían como si hubiese sido el mismísimo Nuncio Apostólico, cumplía 18 años de atrevimiento, desconocimiento ganas de aprender y deseos de triunfar. Quizá por eso los dos me miraban como a un ser humano, aunque mi valor mercantil no llegaba al platillo de una de las tazas de porcelana antigua que Gala me tendía con una sonrisa que me decía que ella sabía que a mí no me gustaba el té.

Luego, en un intermedio de los monólogos de su esposo, me diría que ella también prefería el güisqui. Pero estábamos en la santa, pomposa e inevitable misa que Dalí, el más grande, al que se rifaban en París, Nueva York, Londres , en cualquier rincón del mundo donde la cultura se aliase con el dinero, y el silencio valía su peso en oro. Avida Dollars le llamaban ya al catalán.

Nunca podía imaginar lo que luego se sabría con certeza y pruebas fehacientes. El amor entre aquellos dos seres que parecían tan diferentes: Dalí, dominador y altivo, pintor de éxito universal, personaje que todo el mundo se disputaba por su talento irreverente, que   lo mismo imprimía al menor de sus dibujos, o a una conversación -en su caso siempre  de aparente locura-, cuando en realidad  te conducía por su camino, que seguramente tampoco era el de la cordura pero sí el de la sensibilidad inteligente.

En la pareja Gala-Dalí, ella era la fuerte, la inspiración de los delirios pictóricos plasmados en sus cuadros. Bajo su tutela se forjó el pintor catalán.

Pero en la pareja Gala-Dalí, la fuerte era ella. Claro que yo no podía adivinar nada de eso. Saber, como ahora se sabe por testimonios de quienes los conocieron muy de cerca, íntimamente, que Gala era la verdadera reina de aquel ajedrez. Hasta que lo conoció, Dalí era un personaje tímido sin gran personalidad, que ella supo convertir y rentabilizar.

Cuentan que Gala hizo que Dalí descubriese las bondades del sexo, materia en la que él no sabía más que las restricciones y los infiernos que le prometía su padre, el notario de Cadaqués. Y así, ella, la mujer a quien Paul Eluard llamaba princesa, convirtió al pintor en su propia obra de arte.

El surrealismo daliniano pasó a ser lo que ella quiso, porque fue Gala, afirman los entendidos, quien le inició en el amor, en la vida y, en fin de cuentas en los negocios. Desde que llegó a su vida, Salvador Dalí se convirtió en una máquina de producir dinero. Ella se encargaba de todos los contratos, de todas las gestiones para que el arte infinito del marido se transformarse en una mina.

Gala, que tenía malísimos recuerdos de los surrealistas, a quienes trataba con su sonrisa de Mona Lisa, sintió a su vez la pasión que le inspiraba aquel niño genial en cuya vida había penetrado para romper todos sus tabúes, todos sus miedos, resolver sus dudas y hacerle comprender que el era Dalí, el único, el hombre de los pinceles de oro. Y Dalí fue efectivamente único,  nadie fue capaz de llegar siquiera a competir con él.

Dalí pintor era la locura, la inspiración que manaba no se sabía de dónde. Tal vez ni él mismo estuviese muy consciente del poder que ejercía sobre la inspiración, que asomaba sólo con tomar un lápiz o un pincel que dominaba, amaestraba, llevaba a su terreno y finalmente utilizaba a su antojo, a su capricho. No hubo nadie, como él, capaz de dar formas a las ideas y a las cosas.

Pero, dicen que Gala -también única-, princesa del surrealismo, inspiradora del poeta  Eluard, estaba por encima de su amor catalán, al que probablemente moldeó a su imagen y semejanza, como si a través de él, fuese ella la que pintaba la locura maravillosa plasmada en cada cuadro. Gala alfabetizó a Dalí. Fue la madre que le faltaba, la amante que nunca tuvo hasta entonces y la inspiración que tal vez jamás habría soñado.

Dalí se convirtió en el objeto de una Gala inspiradora de todas las locuras, que convertía todas esas demencias en arte y en dinero.  Probablemente Salvador Dalí hubiera sido de todos modos genial, nadie podía quitarle su condición de genio; pero ella, la rusa, la mujer venida de no se sabe dónde, de un encuentro en París, o en una dimensión que  solo ellos dos conocían, lo curó de la castración que había sufrido toda su vida.

Aquel día en el Hotel Meurice, el reportero que buscaba un poco de suerte, por compasión, descubrió sin saberlo que una mujer, aunque no lleve un Chanel y enamore con la sonrisa, puede ser la salvación del hombre. Fueron las mujeres las que recogieron vencido al Jesús crucificado. Fueron las mujeres también las que asistieron a su resurrección.

Aquel día en el Hotel Meurice pude comprender, pero no supe ver -era muy joven- esas transformaciones casi místicas, con algo de milagro… Tal vez, ella, Gala, con una mirada que podía ser un télex silencioso y secreto me contaba la historia que me quería haber dicho y que iba más allá de todo. Pero quizá no era el momento de las revelaciones. Ni yo tenía edad para entender.  

ag/sb

 

*Escritor y periodista francés residente en España.