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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Bombas atómicas para recordar

Por Sergio Berrocal*

Desde mi pozo de angustia, una pastillita señorito, de las azules, eso,  oigo a los imbéciles carcajearse. Los mismos cuyos padres, hermanos o abuelos saludaron con el respeto que se merecía los bombardeos atómicos ordenados por Estados Unidos contra Japón, aquel 6 de agosto de 1945.

Los ataques tuvieron dos fechas, el 6 de agosto en Hiroshima y el 9 en Nagasaki. No sé cuántos miles de años después, no ha habido aún un tribunal que juzgue a los enfermos mentales que realizaron aquellas matanzas en Hiroshima y Nagasaki.

Son los mismos, capados del menor atisbo de inteligencia, que aplauden con las manos y con los pies a aquellos heroicos aviadores norteamericanos que llevaron a cabo tan tremebundas atrocidades para enseñar a los japoneses a ser más educados con el enfermo mental que entonces vivía en la Casa Blanca.

Harry Truman, vendedor de corbatas antes de ser presidente, EE.UU., país de  todas las posibilidades, hasta para dos o tres chicanos todos los años,  fue el ordenador de aquellos grandiosos funerales japoneses. Ay, Carmela, que lástima que se les escapase Tokio, pero mi comandante,  el  mal tiempo nos lo impidió…

..."entonces llegaron las bombas. Y el mundo cambió."

 

Aquel 6 de agosto hacía calor en Hiroshima y Nagasaki.  Era un día de la semana como otro día de tantas semanas.  Los que andaban por las calles no eran los militares feroces que se habían atrevido a destruir la base naval norteamericana de Pearl Harbour. Los que se apresuraban o paseaban por las calles en aquel día de verano ni eran primos hermanos de esos militarotes.

Era gente común y corriente que quería seguir su vida monótona, aburrida. Pero entonces llegaron las bombas. Y el mundo cambió. Para ellos, claro. Para los demás todo siguió de color de rosas. Miles de japoneses pasaron de la vida a la muerte sin que tuviesen que llamar a la funeraria. ¡Qué progresos los de la ciencia atómica!.

Luego, después del más horrendo crimen contra civiles, los Estados Unidos, vía su sucursal de mentiras sita en Hollywood, California, enseñaron al mundo las maravillas de esa guerra contra los salvajes amarillos que se habían atrevido a darles unas cachetadas al orgullo militar yanqui en Pearl Harbour.

En las pantallas vimos a elegantes aviadores que lloraban de emoción, no por lo que habían hecho sino porque sus mamacitas estaban en Minesota, solas y esperando la vuelta de los héroes mientras ellos accionaban las trampillas del primer crimen atómico de toda la historia de la humanidad.

Y en esos documentales para que los demás pueblos del mundo tomasen nota, los aviadores asesinos de masas sonreían a las cámaras mientras bromeaban.

Y eso, pobrecitos míos, que no tuvieron la posibilidad de ver las caras que habían puesto los habitantes de Hiroshima y Nagasaki cuando estalló el infierno delante de ellos. Entonces se hubiesen partido de risa.

Así fue, amigos lectores, aquella carnicería que aún dura porque el átomo tiene la vida dura y sus efectos se transmiten a través de los años. ¡Qué tecnología!

Por cierto, me comentan que todo Estados Unidos está indignado, bueno, no por el recuerdo de estas historietas de Hiroshima y Nagasaki sino porque un dentista conocido de ellos mató a un león africano…Ya pueden carcajearse.

Cine querido, querido cine que tantas mentiras nos has hecho tragar como  verdades, heroicidades sobre todo cuando las cámaras ruedan para el amo. Maldito cine que has servido de relaciones públicas para la mayor tragedia guerrera de la humanidad desde la crucifixión de Jesucristo.

Pero, muéranse de risa, estimados oyentes formados en el napalm de Vietnam (echa una toneladita más, John, que no se diga…).

Y los niños achicharrados, vietnamitas, primos hermanos de los otros, corrían alegremente por carreteras cinematográficas mientras sus espaldas se despellejaban y los soldados yanquis, tan elegantes ellos, seguían mascando chicle.

Y ni siquiera lo repartían con los niños. Olvidaba decirles que pronto habrá un juicio tipo Nuremberg. No, no se asusten, no es para juzgar a los responsables de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

Es para ver qué atrocidades cometió en África un dictador africano. Nada más. Bueno, sí, el déspota sigue viviendo como los ángeles en espera de que le molesten los jueces.

Feliz bomba atómica.


ag/sb

 

*Periodista y escritor radicado en Málaga, España.