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Frei Betto

Betto, Frei

Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.

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Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.


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El protagonismo de los excluidos

Por Frei Betto*

 

Toda esa corriente migratoria que el papa llama Tercera Guerra Mundial es fruto de lo que Europa y los Estados Unidos sembraron en Asia, África y Oriente Medio. Fueron siglos de colonialismo brutal. ¿Y quién garantiza hoy que los drones que lanzan bombas en Afganistán y en Siria, como lluvia torrencial, no siegan la vida de innumerables civiles inocentes?

En cualquier actividad hacemos política. Tomamos posición en un mundo desigual. No existe neutralidad. En todo ayudamos a mantener o a transformar la realidad: dominar o cambiar, oprimir o liberar. Ésa fue la postura de Jesús.

¿Acaso debemos esperar que el campesino, al ver destruida por un dron la propiedad agrícola de su familia y morir a su abuelo, padre y hermano, y al bebé de su hermana, se refugie agradecido en Occidente?

“La paz sólo vendrá como fruto de la justicia”, decía el profeta Isaías siete siglos antes de Cristo. O sea, nunca vendrá como mero equilibrio de fuerzas.

¿Por qué razón los dueños de Occidente (Europa y los Estados Unidos) extendieron por décadas alfombra roja ante las familias  (Bashar) al-Assad, de Siria; Hussein, de Iraq; Kadafi, de Libia; y de pronto todas ellas fueron tiradas al cesto de la basura de la historia? La respuesta está en la evolución de los  precios del petróleo.

La política es muy importante. Pero no todos pueden ser políticos. Es necesario tener vocación y, de preferencia, también decencia. Sin embargo, en cualquier actividad hacemos política.  Tomamos posición en un mundo desigual. No existe neutralidad. En todo ayudamos a mantener o a transformar la realidad: dominar o cambiar, oprimir o liberar. Ésa fue la postura de Jesús.

Cuando me preguntan por  y cómo me involucro en política, si por la vía pastoral o a través de los movimientos sociales (puesto que nunca me afilié a ningún partido), respondo: porque soy discípulo de un prisionero político. Jesús no murió enfermo en una cama. Murió como Vladimir Herzog: preso, torturado, juzgado por dos poderes políticos y condenado a la pena de muerte de los romanos, la cruz.

¿Por qué fue condenado si era tan espiritual, tan santo? ¿Entonces qué tipo de fe tenemos nosotros hoy que no cuestiona este desorden establecido? Lo condenaron por la misma razón que lo harían con usted si, de manera desprejuiciada, comenzara a decir que el mundo no tiene salida fuera del socialismo. Pero si el socialismo  ha sido derrotado ¿y usted  todavía es socialista? ¿Habrá futuro  para la humanidad sin compartir los bienes de la naturaleza y del trabajo humano?

Ahora bien, dentro del reino del César, Jesús de Nazaret anunciaba un Reino de Dios. Para él el Reino de Dios quedaba al frente, en el futuro histórico. Anunciar un Reino de Dios en el reino de César era alta subversión.

 Jesús no vino a fundar una iglesia ni una religión. Vino a traernos las semillas de un nuevo proyecto civilizador, basado en la justicia y en el amor, que resumió en una expresión propia de su época (Reino de Dios), que hoy casi no significa nada para nosotros (peor aún en América Latina, donde no hay ningún reino). El vino a traer las semillas del proyecto de un mundo como Dios  quiere. Basta leer las Bienaventuranzas (que explico en el libro Ocho caminos para ser feliz, de Editorial Planeta) y el Sermón del monte: un mundo de compartir, como sucede en la llamada multiplicación de los panes.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos son merecedores de derechos los que tienen cierto nivel de vida. Para Jesús, por el contrario, la persona puede ser ciega, coja, leprosa, excluida, pero ella es templo vivo de Dios, dotada de una sacralidad ontológica. He ahí la radical defensa de los derechos humanos.

El marxismo europeo, por ejemplo, gracias al cual la modernidad avanzó en términos de inclusión social, nunca defendió los derechos indígenas, como hizo el marxista peruano  José Carlos Mariátegui. Hasta se comprende la razón, puesto que es una filosofía, un método originado en Europa, donde casi no había indios.

Pero tampoco defendió nunca el protagonismo de los que viven en la calle, llamados lumpen proletariado.  O sea, serían los beneficiarios de un futuro proyecto socialista o comunista, pero no protagonistas.

La diferencia está en que, para Jesús, todos son llamados a ser protagonistas. O como proclamó el papa Francisco ante los jóvenes, en Rio de Janeiro, en el 2013: “¡Sean revolucionarios, vayan contra la corriente!”.

 

ag/fb

 

*Escritor y asesor de movimientos sociales.