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Frei Betto

Betto, Frei

Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.

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Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.


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Espiritualidad y política

Por Frei Betto*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Para justificar decepciones y encubrir omisiones, creamos estereotipos. En la coyuntura actual, la demonización de la política y los políticos. Ese maniqueísmo favorece exactamente lo que se critica: la mala política. Distanciarse de la política y refugiarse en la supuesta burbuja de cristal mientras cae el diluvio.

Muy pocas cosas son insustituibles en la historia humana. La política es una de ellas. Todavía no se ha inventado otra forma de organizarnos como colectividad. La política permea todos los espacios personales y sociales, desde la calidad del pan del desayuno hasta el acceso a la salud y la educación.

Si la política es “la forma más perfecta de la caridad”, como subraya el papa Francisco, al ser capaz de erradicar el hambre y la miseria, las estructuras políticas son susceptibles de severa crítica cuando favorecen la desigualdad y la corrupción.

La política no es intrínsecamente nefasta. Nefasto es el modelo político que sabotea la democracia, privilegia a la minoría rica y no hace nada eficaz para promover la inclusión social. Por el contrario, permite que se amplíe la exclusión y refuerza los mecanismos, incluso represivos,  que les impiden a los excluidos avanzar desde el margen hacia el centro.

Todos los grandes maestros espirituales fueron políticos. Buda se indignó al trasponer los muros de su palacio y topar con el sufrimiento de los súbditos. Jesús, según su madre, María, “quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos” (Lucas 1, 52-53). Pagó con la vida la osadía de anunciar, en el reino del César, otro proyecto civilizatorio denominado Reino de Dios.

La política es una exigencia espiritual. Santo Tomás de Aquino preconizó que no se pueden esperar virtudes de quien carece de condiciones dignas de vida. La política tiene que ver con el otro, el prójimo, el bienestar de la colectividad. Repudiarla es entregarla en manos de quienes la transforman en arma para defender sus propios intereses.

Si bien la política atraviesa los aspectos más íntimos de nuestras vidas, como disponer o no de un techo bajo el cual abrigarnos de la intemperie, no todos participan en ella del mismo modo. Hay múltiples maneras de hacer política, por participación o por omisión.

El modo más universal es el voto, una falacia cuando el pueblo vota y el poder económico elige. Un embuste cuando la democracia es como Saci-Pereré:[1] los electores deciden quién administrará el país pero no cómo se utilizarán los recursos de la nación.

Si no hay democracia económica, si la desigualdad se agrava, la democracia política es una farsa. ¿De qué sirve que la Constitución, una carta política, proclame que todos tienen derecho a una vida digna si la estructura socioeconómica le impide a la mayoría disfrutar efectivamente de ese derecho?

En el reino del César, Jesús le rogó al Padre: “Venga a nos tu reino”, o sea, el proyecto civilizatorio en el que todos “tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10, 10). Esta es la espiritualidad que mueve a quien se empeña en hacer de la política un instrumento de liberación, no de opresión y exclusión.

ag/fb

 

*Escritor y asesor de movimientos sociales.
 

[1] El Sací un personaje del folclor brasileño. Bromista incorregible, oculta los juguetes de los niños, extravía a los animales de granja, se burla de los perros, y maldice a las gallinas para que no puedan incubar sus huevos. En la cocina, el Sací derrama la sal, agria la leche, quema los frijoles y coloca moscas en la sopa. En resumen, todo lo que va mal en la casa o fuera de ella puede atribuirse al Sací.