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Andrés Mora Ramírez

Itzamná, Ollantay

Investigador, abogado y antropólogo quechua. Corresponsal y columnista de varios medios alternativos de América Latina y Europa, defensor de derechos en el ámbito de cooperación entre los pueblos. Autor de varios libros publicados sobre el tema.

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El traje indígena en los Estados etnofágicos

Por Ollantay Intzamná*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

La vestimenta utilizada por los pueblos subalternizados tiene un origen, un devenir histórico y una intencionalidad ideológica. Tuvo su génesis en el incario, cuando a cada población -dentro de la jurisdicción del incario- le correspondía un vestido diferente.

Ocurrió durante la Colonia española, especialmente con la instauración de las reducciones indígenas (bajo control civil-militar). Y ocurre en los actuales estados republicanos etnofágicos, mediante la folclorización comercial del ropaje indígena.

En diferentes épocas los poderes centrales crearon o promovieron el uso obligatorio de un vestuario diferenciado entre los pueblos subyugados, con la finalidad de controlarlos. Ni los poderes políticos prehispánicos ni la Corona española, como tampoco los estados republicanos, en su mayoría, contaron con un sistema único de registro de la población.

Apostar a la restitución de los territorios y autogobiernos es el verdadero reto de los pueblos originarios. Solo así el carácter milenario de su vestimenta será genuino.

Por tanto, el chip de control demográfico más utilizado fue el uso obligatorio de  un vestuario diferenciado para los subalternos. Durante la Colonia española, el traje (en muchos aspectos recreado sobre tejidos prehispánicos) sirvió de base para la explotación laboral y subyugación de los pueblos.

En lo concerniente a los pueblos subalternizados, las sociedades prehispánicas, el régimen colonial europeo y las propias repúblicas nacientes fueron altamente estamentales, como lo evidencia la vestimenta; un mecanismo para mantener vigente dicha clasificación social.

Que un indígena desease, aunque con sentimiento de culpa, vestir como el patrón, era lo más recurrente; pero que un patrón deseara vestir ropa típica de la servidumbre indígena era algo impensable. Seda para el patrón, bayeta para el indígena, esa era la Ley.

Durante las repúblicas, los gobiernos liberales promovieron, mediante políticas públicas, el mestizaje cultural, y aún el mestizaje genético. Pero, incluso esas políticas, continuaron afianzando la autoconciencia de “indeseados” y “derrotados” en las poblaciones que vestían trajes indígenas.

La moral fue uno de los vehículos de dominación/subordinación más eficientes utilizados por los “vencedores” respecto a los “vencidos”. Durante la Colonia española y las repúblicas, el recurso de la moral cristiana racista, y centrada en el pudor y sexualidad, fue de los más eficientes para la dominación de los cuerpos y territorios de los otros.

Cubrir/esconder el pecaminoso cuerpo de las mujeres indígenas con la mayor cantidad de prendas  era una tradición del dualismo cristiano patriarcal (que asume el cuerpo femenino como puerta del infierno).

De ahí el por qué a nuestras madres y hermanas indígenas las “envolvieron” con trajes gruesos, incluso en tierras tropicales como Centroamérica. Sobre ello se afianzó el machismo que mantiene -casi exclusivamente- a las mujeres indígenas uniformadas con trajes típicos, mientras los varones podemos vestir como queramos sin mayor homeostasis social, sólo aplicable a ellas.

Con el advenimiento de la industria del turismo multiculturalista, los bicentenarios estados republicanos, sin dejar de saquear territorios y cuerpos indígenas, recurrieron a la venta de sus trajes típicos como perfecto gancho para atraer los dólares y euros de los turistas “de categoría” hacia los países “exóticos”, donde los indígenas continúan en situación de servidumbre.

Así, las vestimentas, que oficialmente fueron un chip de control, estratificación y moralización, se convirtieron en un elemento constitutivo de “marca país” para promover la industria del turismo. Y, lo peor, el sistema etnofágico formó, profesionalizó a los propios indígenas como perfectos doctrineros para adoctrinarnos y distraernos con discursos como: “nosotros somos pueblos predilectos, con indumentarias milenarias. No debemos meternos en política”.

Considero que el mayor impacto nefasto de la folclorización de la vestimenta indígena es el de mayorías demográficas en situación de miseria. Moral y culturalmente casi imposibilitados para convertir su mayoría demográfica en mayoría política.

Históricamente, los trajes que aún llevamos algunos pueblos originarios tienen la impronta de los dominadores. Y continúan cumpliendo las funciones para las que fueron diseñados/impuestos. Ello no significa que nuestros abuelos hayan carecido de textiles propios; pero sus vestimentas actuales son fruto de las históricas relaciones de poder con los otros.

Superando el agotamiento en el folclorismo indumentario, nuestro reto es apostar a la defensa y el ejercicio de nuestros derechos políticos. Entre estos, el derecho a la restitución de nuestros territorios y autogobiernos auténticos.

Sólo así la defensa del carácter “milenario” de la vestimenta indígena será genuina. De lo contrario, el folclorismo indumentario siempre sonará a colonialismos internos, con doctrineros indígenas.

ag/oiz

 

*Investigador, abogado y antropólogo quechua.