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Juan José Páz y Miño Cepeda

Paz y Miño Cepeda, Juan José

Paz y Y Miño Cepeda, Juan José. Ecuatoriano. Doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Decano de la Facultad de Comunicación, Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE). Coordinador Académico, en Ecuador, de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.

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Fue profesor y dirigió el Taller de Historia Económica (THE) en la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Ex cronista de la Ciudad de Quito. Profesor invitado en varias universidades de América Latina, Norteamérica y Europa. Considerado uno de los gestores de la Historia Inmediata.


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Marx y la inequidad social en América Latina

Por Juan J. Paz y Miño Cepeda*

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

De acuerdo con múltiples estudios, y particularmente los que ha publicado la Comisión Económica para América Latina (Cepal), nuestra región es la más inequitativa del mundo, por cuanto la mayor parte de la riqueza se concentra en pocas personas en tanto la enorme mayoría de latinoamericanos recibe solo la parte menor del valor generado y hay millones que continúan viviendo en la pobreza, y hasta en la indigencia.

La explicación científica de las diferencias sociales latinoamericanas exige, como punto de partida, acudir a la historia. Esta es, además, una exigencia del marxismo como teoría y, al mismo tiempo, como metodología de investigación. Karl Marx ubicó la era del capitalismo en el siglo XVI, que coincide con el inicio de lo que la corriente clásica de la historiografía mundial denomina Edad Moderna, extendida  hasta la Revolución Francesa (1789), con la cual se inicia la Edad Contemporánea.

Para Marx, desde esa época cabe rastrear el proceso de lo que llamó acumulación originaria del capital; esto es el largo camino en que la apropiación de medios de producción, por parte de la burguesía, va creando el mercado de fuerza de trabajo libre. Es el proceso de disociación entre el productor directo y sus medios de producción para transformarse en proletario, el vendedor específico de fuerza de trabajo.

En América Latina, ese proceso tuvo como punto de partida la conquista y sometimiento de los pueblos aborígenes, con incas y aztecas a la cabeza. La Edad Moderna -mercantilista para Europa- fue colonial para América Latina. Pero, aun cuando comenzó la apropiación privada de medios de producción, no surgió el mercado libre de fuerza de trabajo. La toma de tierras dio origen a la clase terrateniente, que en el siglo XVIII será visible en las haciendas, latifundios y plantaciones latinoamericanos.

Con la conquista y sometimiento de los pueblos aborígenes, la época colonial sentó las raíces de las abismales diferencias sociales en la región.

A su vez, sobre los indígenas vencidos se impusieron diversas formas de explotación de la fuerza de trabajo, iniciadas con la encomienda y la mita, que en el siglo XVIII evolucionaron hacia la subordinación servil, personal y familiar a la clase terrateniente, como fue el concertaje en lo que actualmente es Ecuador.

Hay que sumar la importación de esclavos negros, literalmente cazados en África. De manera que la época colonial sentó las raíces de las abismales diferencias sociales en la región. Con mucha razón, Severo Martínez Peláez señalaba en su reconocida obra La patria del criollo (1970) que el indio -es decir, el sector de población tan miserable, explotado y oprimido en América Latina- era, propiamente, un resultado del coloniaje, y no una condición que pre-existía a la conquista.

Concluidos los procesos de independencia latinoamericana, a inicios del siglo XIX, la vida republicana de los nacientes países no solucionó las diferencias sociales heredadas de la época colonial. A la clase terrateniente se sumaron los grandes comerciantes y los banqueros, normalmente ligados al mismo grupo de familias dominantes.

La transferencia de la propiedad privada de medios de producción se garantizó mediante diversos mecanismos como las herencias, legados o donaciones, la compra-venta y la continuada apropiación ilegítima de tierras comunales, minas y de todo recurso capaz de posibilitar la acumulación de riqueza en una elite que se habituó a contemplar la pobreza generalizada como un asunto natural. En la sociedad se perdió la conciencia del origen de esa acumulación.

El desarrollo industrial de América Latina, aunque en algunos países emerge en forma leve, durante la segunda mitad del siglo XIX es propiamente un proceso del siglo XX y, además, no en todas las naciones, que permanecieron tan atrasadas como en el pasado. Esa industria obtuvo la escasa “mano de obra” libre en las urbes, donde se había conformado un sector de no-propietarios migrantes del campo o población en condición precaria y, por tanto, forzada a venderse como trabajador asalariado.

Este incipiente desarrollo industrial, si bien dibuja el inicio de las relaciones capitalistas, no trajo mecánicamente la implantación del capitalismo en América Latina, porque continuó la hegemonía de las relaciones “precapitalistas” de las haciendas recién superadas con las reformas agrarias que comenzaron a implantarse desde la Revolución Mexicana de 1910 y, sobre todo, con el despegue del “desarrollismo” en la década de 1960. Desde 1959 solo Cuba siguió un camino diferente al del resto de los Estados latinoamericanos.

Pintado así, a grandes rasgos, el proceso de acumulación originaria en América Latina duró, en buena parte de los países, hasta bien entrado el siglo XX. Esto es lo que explica el largo y continuado camino de la diferenciación social entre ricos y pobres latinoamericanos.

Al mismo tiempo, la disociación entre propiedad y trabajo, sumada a otra herencia de origen colonial, el “clasismo”, tan arraigado en las elites dominantes de la región, caracterizado por el menosprecio de los ricos (y, además “blancos” en su origen colonial hacia los pobres en razón de su origen popular, condición étnico-cultural o su calidad social de indígena o negro) explican igualmente la situación miserable en la que creció y se desarrolló la clase obrera asalariada, pisoteada en sus derechos.

La disociación entre propiedad y trabajo, sumada al “clasismo” típico de las elites dominantes, dio pie a la situación miserable en que creció y se desarrolló la clase obrera asalariada.

Cuando Friedrich Engels escribe su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) jamás se habría imaginado que la situación obrera en América Latina era incluso peor y, además, no habría podido imaginar siquiera la situación miserable de los indígenas, que todavía en el siglo XX padecían una vida apenas diferenciada de la situación en que les dejó el coloniaje y la república decimonónica.

Aquí radica, precisamente, el punto central a tomar en cuenta para comprender, con mayor alcance, la teoría de Marx sobre el trabajo explotado en el capitalismo. En el primer tomo de su magna obra El Capital, Marx realiza un profundo, complejo y a veces arduo estudio del valor de las mercancías (teoría del valor). Esquematizando el tema, solo la fuerza de trabajo es capaz de generar valor. Y por ello el capitalista se apropia del plus-valor (teoría de la plusvalía) creado por el obrero en el proceso productivo.

Tanto en El Capital, como en su otra obra fundamental, Trabajo asalariado y capital, Marx deja claro que el salario del obrero le permite reproducir su fuerza de trabajo. Además, si aumenta el salario del obrero, disminuye la tasa de ganancia del capitalista, lo cual explica la férrea oposición al mejoramiento salarial de los trabajadores.

¿Qué habría pasado si Marx estudiaba el fenómeno en América Latina? Es posible que se hubiera enfrentado con otra realidad: el salario del obrero latinoamericano ni siquiera le permitía reproducir su fuerza de trabajo. De ahí que la sobreexplotación del trabajador haya sido un hecho histórico particular en esta parte del mundo. Por eso, en los análisis económicos que hasta hace poco predominaban en la región, se decía que la “baratura de la mano de obra” era una “ventaja comparativa” en nuestros países.

En la región, las luchas de los trabajadores, el avance en los derechos laborales, las políticas sociales implementadas por gobiernos reformistas o progresistas, el papel regulador del Estado y las influencias del capitalismo-social en el mundo (nace en Europa en la segunda posguerra mundial como economía social de mercado) -todo lo cual solo llega mientras progresa el siglo XX-, es cierto que modificó la herencia de los bajos salarios y la sobreexplotación capitalista. Pero no es una prosperidad irreversible.

Como se ha demostrado en nuestra América Latina contemporánea, el arrollador avance de la ideología neoliberal ha alcanzado tal magnitud que ha provocado que las conservadoras y reaccionarias burguesías de la región acudan a distintas demandas por la precarización y “flexibilización” de los derechos laborales ya conquistados.

Varios países viven ese clima y las condiciones de los trabajadores se han agravado. No solo la de los proletarios, sino la de la sociedad en su conjunto, mientras se fortalece un sector de poderosos capitalistas que acumulan riquezas excepcionales y extraordinarias, defendidas por todos los medios. Y no contentos con ello, también claman hoy por la reducción de impuestos o su eliminación, así como el retiro del Estado, para que los servicios, que también han sido logrados como públicos, pasen a manos privadas.

América Latina revive una época en la cual los intereses privados se imponen frente a los intereses nacionales y estatales, con lo cual las diferencias sociales nuevamente recuperan posiciones e impiden que la región deje de ser la más inequitativa en el mundo. 

                                                                                               Quito, 28/junio/2018

ag/jpm

 

*Historiador y analista ecuatoriano.