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Oscar Domínguez G.

Domínguez G., Oscar

Escritor, periodista y columnista colombiano, radicado en Medellín.

Nació en Montebello, Antioquia1945. En Radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN y Súper. En prensa, laboró en La República y en las agencias de noticias Ciep (Centro Informativo El País), Alaprensa y Colprensa de la cual fue director. Ha publicado los libros El hombre que parecía un domingo, Columna Desvertebrada, Historias del Eterno Femenino,  De Anonimato nadie ha muerto (diario de un pensionado), y ¿Adónde van los días que pasan?

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Con 69 años de edad, ejerce el periodismo desde hace 45 años.

Trabajó en los noticieros radiales de su país RCN, Todelar, Súper y GRC. Fue redactor político, jefe de redacción (7 años) y director (8 años) de la Agencia de Noticias Colprensa y corresponsal de Radio Francia Internacional.

Colaborador de los diarios El colombiano, El Tiempo, de Bogotá, La Opinión de Los Angeles y la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina.



Los más leídos  


Por Oscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

En su último viaje a Macondo para presentar parte de su obra, Dasso Saldívar, biógrafo mayor del Nobel García Márquez, también hizo su viaje a la semilla y visitó su terruño, Guadalupe, en el norte de Antioquia, para dejarse querer de sus paisanos que lo condecoraron. En esto no hizo más que seguir el ejemplo del personaje de El general en su laberinto.

 

Por Oscar Domínguez G.*

Especial para Firmas Selectas

 

Hola, pueblo. Desde mi eternidad sin fútbol reciban mi cordial saludo.

Algo de historia: Nací  en 1933 en Pau Grande  un pueblo situado a 200 kilómetros de Río de Janeiro. Jugábamos para la tribuna vacía, de pronto habitada por escasos parientes y amigos. O por garotas que después nos brindaban sus mieles en algún rastrojo. Nadia soñaba con la gloria. Soñábamos con el próximo partido.

 

Por Oscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Así como “primero nace el trino y después el risueñor”, primero se hizo la semilla y después el espantapájaros, cuyo oficio consiste en garantizar que el fruto llegue a la mesa del hombre, su minúsculo creador, sin hacer aduana en el estómago de alguna ave.

 

Por Oscar Domínguez G.*

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

No fui amigo del Nobel de Aracataca, nunca parreandié con él, no canté vallenatos ni boleros con el fabulista, no viajé con él en el mismo avión a Estocolmo  donde recibió el Nobel. Viajé en otro aparato, arriando first class.

 

Por Óscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

El profesor Gabriel Antonio Goyeneche, un loquito de atar, fue eterno candidato a la presidencia de Colombia entre los años 58 y 70. Su par gringo, Donald Trump, apenas inicia ese largo cursillo en su país.

 

Por Oscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

María Félix decidió nacer y morir el mismo día de abril (el 8) pero sólo antes de haber  convertido en obra de arte el oficio de mujer. “Sólo he sido una mujer con corazón de hombre”, dijo alguna vez, en una de esas frases pulidas como una vieja sentencia.

 

Por Oscar Domínguez G.*

 

Viendo la exposición del Circo del pintor Fernando Botero en el museo de Antioquia, en Medellín, recordé que alguna vez coincidieron en Colombia el circo más rico y el más pobre del mundo. Ambos están unidos por el cordón umbilical de la carcajada. Los separan los rendimientos económicos. Y la burocracia que maneja cada uno.

 

Por Óscar Domínguez*

 

El fallecido director del Instituto Caro y Cuervo, Ignacio Chaves, fue lazarillo de Jorge Luis Borges en su última visita a Bogotá. Al shakespereano Chaves, de quevediana chivera, le cupo en suerte narrarle a Borges -moderno Homero- la casona del Instituto en el barrio La Candelaria, en la ciudad vieja de Bogotá.

 

Por Oscar Domínguez G.

 

En la infancia, esa época en la que somos inmortales, empezó nuestro romance con la calle donde siempre era diciembre y domingo.  De lejos, la calle era el mejor cuarto de la casa. Aprendimos que uno se puede enamorar de una calle como si se tratara de Nefertiti, reina del Nilo.

 

Por Oscar Domínguez G.

 

Convertido en una especie de Quijote con orquesta, el “Inquieto Anacobero”, Daniel Santos, anduvo por la vida desfaciendo entuertos sentimentales a punta de boleros y guarachas. Y a la manera de un Cid Campeador musical sigue ganando y perdiendo batallas después de muerto. Decidió nacer en febrero para sacar este mes del anonimato.

 

Por Óscar Domínguez Giraldo*

 

A espaldas de Freud y de Jung, su corrector de estilo, acabo pulir el complejo de Eróstrato: Lo padece quien desdeña lo que tiene. (Para quienes acaban de llegar, Eróstrato fue el cliente que aburrido con su anonimato incendió un templo para salir en la hojita parroquial de Éfeso).

 

Por Oscar Domínguez G.*

 

Entre la alegría y la tristeza no hay más distancia que una lágrima. Para demostrar esta verdad sin puños se inventaron los payasos. Alguna vez celebraron un cónclave mundial de la carcajada en Southport, Inglaterra, la tierra de Chaplin, para quien un día sin humor era un día perdido. Chaplin era “todos los domingos del año”.

 

Por Óscar Domínguez G.*

 

Quijote huérfano de Dulcinea. Parecemos acabados de salir de vespertina, despelucados, sin norte, sur, oriente, ni occidente.

 

Por Oscar Domínguez G.

 

 

Se sienten cómodos en el anonimato. La vanidad no es su fuerte. Practican la discreción. Tienen el bajo perfil por cárcel. Son necesarios e imprescindibles como el agua y el pan.

 

Por Oscar Domínguez G.

No se ha reconocido lo suficiente  el aporte del viento y de los pájaros al descubrimiento de América. Tampoco se le ha rendido tributo debido a la deliciosa comedia de equivocaciones que hubo detrás del acontecimiento que se conoció en Europa seis meses después de ocurrido. Y se dio mal la noticia pues llegaron a otra parte, no a la tierra prometida por Colón.

 

Por Oscar Domínguez G.*

Cuando  los rostros de madera de la Academia Sueca anunciaron urbi et orbi que el hijo del telegrafista de Aracataca se había ganado el premio Nobel de Literatura, el primero que desempolvó sus botas de siete leguas para ir por el premio a Estocolmo fue un colega del coronel Aureliano Buendía.

 
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