A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z



Oscar Domínguez G.

Domínguez G., Oscar

Escritor, periodista y columnista colombiano, radicado en Medellín.

Nació en Montebello, Antioquia1945. En Radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN y Súper. En prensa, laboró en La República y en las agencias de noticias Ciep (Centro Informativo El País), Alaprensa y Colprensa de la cual fue director. Ha publicado los libros El hombre que parecía un domingo, Columna Desvertebrada, Historias del Eterno Femenino,  De Anonimato nadie ha muerto (diario de un pensionado), y ¿Adónde van los días que pasan?

Leer más...

Con 69 años de edad, ejerce el periodismo desde hace 45 años.

Trabajó en los noticieros radiales de su país RCN, Todelar, Súper y GRC. Fue redactor político, jefe de redacción (7 años) y director (8 años) de la Agencia de Noticias Colprensa y corresponsal de Radio Francia Internacional.

Colaborador de los diarios El colombiano, El Tiempo, de Bogotá, La Opinión de Los Angeles y la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina.



Los más leídos  


Me encontré en la vida con Borges

Por Óscar Domínguez*

 

El fallecido director del Instituto Caro y Cuervo, Ignacio Chaves, fue lazarillo de Jorge Luis Borges en su última visita a Bogotá. Al shakespereano Chaves, de quevediana chivera, le cupo en suerte narrarle a Borges -moderno Homero- la casona del Instituto en el barrio La Candelaria, en la ciudad vieja de Bogotá.

Aquella fue la única vez que estuve cerca de Borges. Dizque reportero, cuando lo tuve ahí no más, me “abstuve” de preguntarle nada cuando salía de la Casa de Nariño después de entrevistarse con el presidente de los siete mil volúmenes en su biblioteca: Julio César Turbay. Me aculillé en jurisdicción de Borges, delgado como el “sesgo afil” de su poema al ajedrez. Debí haberle metido la mano al bolsillo para robarle el último soneto. Bueno, así fuera el último terceto.

El autor de El Aleph convertía cualquier diálogo en género literario. Mucho antes de partir, había bendecido "la infinita ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y las sombras".

Cuando me enteré de que el escritor iría a la sede del Instituto Caro y Cuervo, cerca del Palacio presidencial, me olvidé de minucias como almorzar y escribir noticias para oír respirar de cerca a una leyenda. De pronto, por ósmosis, se me pegaba algo de su virtuosismo. Falso positivo.

En un pequeño salón del Instituto respondió toda clase de preguntas con su sonrisa que era otro idioma. Además, Borges convertía  cualquier diálogo en género literario. Pese a mis indagaciones, el Caro y Cuervo nunca respondió si conserva copia de esa charla.

Como el “memorioso de Buenos Aires” era ateo, Dios se lo llevó el 14 de junio de 1986 para demostrarle que sí existe. Mucho antes de partir, había bendecido la infinita ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y las sombras.

Premio Nobel de Literatura para todos, menos para los rostros de madera de la Academia sueca que se lo embolataron, fue sepultado en el cementerio Maimplsi, en Ginebra, la ciudad que amó. Siempre esperó la muerte con felicidad. Sostenía Borges.

Pocas personas como él se han dado el lujo de morir siendo cuatro veces feliz: (1) casado con María Kodama; (2) en Ginebra, tal vez en una tumba rodeada por “el silencio del pájaro dormido”; (3) aspirando al olvido “la única venganza y el único perdón”, y (4) buscando “por el agrado de buscar, no de encontrar”, siguiendo la receta de Kavafis.

Seducido por la idea de morir sostuvo siempre que no esperaba castigos ni recompensas. “Sé que voy a morir eternamente, como murió mi padre”, dijo alguna vez en una de esas ruedas de prensa que convirtió en pequeñas obras de arte, como sus cuentos.

En alguna de ellas soltó una de sus diatribas contra el fútbol (“una forma de tedio”) que ningún fervor le provocaba hasta el punto de que habría podido confundir un gol con la sota de bastos.  Del balompié dijo que era “una cosa estúpida de los ingleses… Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son esencialmente hermosos”.

Optó por el cuento, de corto vuelo, “porque corresponde a una unidad estética. La novela, en cambio, suele ser una acumulación”.

Sobre el oficio de escribir, fabricó una ironía que envidiaría Wilde:  “Todo el mundo es vanguardista. Todos empezamos a ser escritores geniales. Luego volvemos a la cordura”.

Me han prometido tantas veces el Nobel que el jurado de Estocolmo tiende a creer que ya me lo dio”, solía ironizar. Peor para el Nobel que nunca se ganó un Borges.

Solía tutearse con la muerte. Una vez le propuso a su amigo Macedonio Fernández que se suicidaran para seguir conversando. “No me acuerdo si nos suicidamos aquella noche”, bromeó Borges.

Es de los pocos que ha escrito una especie de borrador de su propio epitafio: “Morir es una sana costumbre que debería tener la gente”.

Era tan famoso que cualquiera podía pensar, cuando oía hablar de él, que había muerto. Ahora que está muerto, uno lo siente vivo.

 

ag/odg

 

*Escritor y cronista colombiano.