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Juan José Páz y Miño Cepeda

Paz y Miño Cepeda, Juan José

Paz y Y Miño Cepeda, Juan José. Ecuatoriano. Doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Decano de la Facultad de Comunicación, Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE). Coordinador Académico, en Ecuador, de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.

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Fue profesor y dirigió el Taller de Historia Económica (THE) en la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Ex cronista de la Ciudad de Quito. Profesor invitado en varias universidades de América Latina, Norteamérica y Europa. Considerado uno de los gestores de la Historia Inmediata.


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Años de bloqueo contra América Latina

Por Juan J. Paz y Miño Cepeda*

Exclusivo para Firmas Selectas de Prensa Latina

 


El triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959 provocó un cambio histórico para América Latina.

 

La posibilidad de que en toda la región se generalizara la lucha armada o procesos radicales de cambio social, determinó que, por primera vez, se asumiera en serio el tema del “desarrollo”. La CEPAL lo venía trabajando desde su fundación (1948) y, para inicios de la década de 1960, contaba con propuestas innovadoras sobre cambios de estructura, industrialización por sustitución de importaciones, reforma agraria, redistribución del ingreso, integración, ampliación del mercado interno, diversificación exportadora para hacer frente al deterioro en los términos del intercambio y activo papel del Estado en la economía.

 En los EE.UU. el presidente John F. Kennedy (1961-1963) lanzó su programa “Alianza para el Progreso” (ALPRO), que usó términos parecidos, aunque con distinto contenido frente al pensamiento cepalino, pues Kennedy, al mismo tiempo que convocaba a los países latinoamericanos a transformar “la década del 1960 en una década de progreso democrático”, proponiendo “un vasto esfuerzo de cooperación, sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos” para dar a los pueblos “techo, trabajo y tierra, salud y escuelas”, concretó en diez puntos su “revolución” en libertad y democracia, incluyendo la reforma agraria, educación, integración, mercado libre y planificación estatal (Confer. http://goo.gl/BW3TnB).

 

Al componente económico de la ALPRO se unió el ideológico-político, resumido en un triple frente: que toda América bloqueara a Cuba, que la región combatiera al “comunismo”, y que los militares pasaran a ser el principal instrumento de freno a todo “enemigo interno”.

El programa ALPRO fue acogido en Latinoamérica durante la Conferencia de Punta del Este, Uruguay (agosto, 1961), en la que Cuba estuvo representada por Ernesto Che Guevara, y fue ratificado en la siguiente conferencia, igualmente realizada en Punta del Este (enero, 1962).

ALPRO se transformó en una especie de “Plan Marshall” para América Latina, porque incluía fuertes inversiones norteamericanas para la región, aunque sus metas y objetivos para diez años nunca se alcanzaron. En cambio sirvió para que el ideal del “desarrollo” se generalizara en Latinoamérica, de modo que la de los sesenta se convirtió en la década de la consolidación definitiva del sistema capitalista en la región. En Ecuador ese cambio fue muy visible, pues no solo despegó la industria y se realizó la reforma agraria (1964) que superó el viejo sistema de la hacienda, sino que el urbanismo se aceleró como nunca antes e incluso apareció un empresariado moderno.

Al componente económico de la ALPRO se unió el ideológico-político, que se resumió en un triple frente: que toda América bloqueara a Cuba, que la región combatiera al “comunismo”, y que los militares pasaran a ser el principal instrumento de freno a todo “enemigo interno”, que fue el ideal de la novísima Doctrina de la Seguridad Nacional, asumida para combatir al marxismo.

En la Conferencia de Punta del Este de 1962, Cuba fue expulsada del Sistema Interamericano, con los votos favorables de 14 gobiernos, el negativo de la propia Cuba y la abstención de 6 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, ECUADOR y México.

Esta postura soberana costó caro a algunos gobiernos: el de Arturo Frondizi (1958-1962) en Argentina, quien recibió a Fidel Castro e incluso trató secretamente con el Che Guevara, fue obligado a romper con Cuba por los mismos militares que finalmente lo derrocaron (1962); el izquierdista gobierno de Joäo Goulart en Brasil (1961-1964) igualmente fue derrocado por los militares, que instauraron un régimen de dictaduras anticomunistas que duró veintiún años (1964-1985).

En Ecuador, un movimiento militar obligó a Carlos Julio Arosemena (1961-1963) a romper con Cuba (1962) y finalmente fue derrocado por una Junta Militar (1963-1966) anticomunista, instaurada por intermedio de la CIA, que inmediatamente acogió la ALPRO.

Aunque en Chile se mantuvo la institucionalidad con Jorge Alessandri (1958-1964) y Eduardo Frei (1964-1970), la ruptura con Cuba ocurrió en 1964 y años más tarde, cuando Salvador Allende (1970-1973) llegó a la presidencia, su proyecto de socialismo por la vía pacífica fue liquidado a sangre por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), quien inauguró los Estados-terroristas del cono sur latinoamericano.

En Bolivia, Víctor Paz Estenssoro (1960-1964) logró concluir su período presidencial, pero al iniciar su nuevo ejercicio, fue derrocado por el general René Barrientos (1964-1969), estrechamente vinculado a la CIA y quien liquidó a la guerrilla del Che Guevara. Solo México no llegó a romper con Cuba.

Desarrollismo económico y guerra fría fueron los dos ejes de la modernización capitalista en América Latina durante las décadas de 1960 y 1970, con Cuba bloqueada y los gobiernos de la región igualmente cercados por las sucesivas políticas de Lyndon B. Johnson (1963-1969), Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974-1977), quienes alimentaron la guerra fría en los peores términos para América Latina, porque al menos Jimmy Carter (1977-1981) impulsó una tibia política sobre derechos humanos que eran pisoteados por dictaduras militares y una serie de gobernantes latinoamericanos identificados tanto con el anticomunismo como con la subordinación a los EEUU.

En ese contexto, el “plan Cóndor”, nacido entre las dictaduras militares terroristas latinoamericanas de la década de los setenta para desaparecer a los líderes de la izquierda en la región, parece que también tuvo soportes en Ecuador, a tal punto que recientes investigaciones sobre la muerte del presidente Jaime Roldós (1979-1981), quien inauguró la era de gobiernos constitucionales en el país y denunció, en aquellos momentos, las atrocidades que se cometían en el cono sur, desplegando, al mismo tiempo, una activa política internacionalista de derechos humanos en el continente, sugieren que el “accidente” de aviación en el que murió Roldós no fue tal, sino parte del siniestro plan.

Por obra del inducido neoliberalismo, América Latina pasó a ser la región más inequitativa del mundo, en un ambiente de deterioro sistemático de las condiciones de vida de la mayoría de la población.

 

Una nueva e inesperada realidad geopolítica advino con el derrumbe del socialismo en la URSS y los países de Europa del Este, pues ello favoreció el triunfo del capital transnacional y la globalización, creó condiciones novedosas para que se impusiera sobre América Latina la “modernidad” de la mano del neoliberalismo, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Consenso de Washington y las políticas aperturistas respaldadas o fomentadas por los sucesivos gobiernos de Ronald Reagan (1981-1989), George H. W. Bush (1989-1993), Bill Clinton (1993-2001) y George W. Bush (2001-2009), quienes tampoco alteraron el bloqueo a Cuba, que incluso fue reforzado con las leyes Torricelli (1992) y Helms Burton (1996).

Pero si al “desarrollismo” por lo menos interesó superar el “subdesarrollo”, que era el concepto que se manejaba en aquella época y que incluyó una activa participación del Estado en la economía, tanto para promover el mercado interno, hacer inversiones en infraestructura y otras obras materiales, producir cierta redistribución de la riqueza y, de algún modo, regular el mercado, sin desfavorecer el ingreso del capital extranjero, al “neoliberalismo” no le interesó superar ningún “subdesarrollo”, sino abrir puertas a los buenos negocios bien sea de los empresarios locales o bien del capital transnacional, retirando al Estado.

Así, por obra del inducido neoliberalismo, América Latina pasó a ser la región más inequitativa del mundo, en un ambiente de deterioro sistemático de las condiciones de vida de la mayoría de la población y de avances en la precarización y la flexibilización de la fuerza de trabajo.

El ideal de mercado libre con empresa privada absoluta y como ejes de la economía se impuso a través de las dictaduras terroristas del cono sur, por intermedio de gobiernos adheridos a la nueva ideología del neoliberalismo, con autoritarismo y represión sobre toda resistencia popular, sobre la base del pago de la deuda externa acumulada con intereses y capitales inexorablemente multiplicados, bajo los condicionamientos del FMI, y con la pérdida de soberanía, dignidad y un mínimo de respeto para los Estados nacionales.

En Ecuador, las experiencias del modelo empresarial inspirado en el neoliberalismo, que progresivamente se implantó entre 1982-2006, han marcado uno de los períodos históricos más graves para la vida social e institucional del país.

Los gobiernos progresistas y de nueva izquierda (iniciados por el presidente Hugo Chávez en Venezuela, 1999), cambiaron ese panorama, heredado de las décadas de 1980 y 1990. De manera que el presidente Barack Obama (2009-2016) ha debido toparse con una América Latina bastante diferenciada en modelos económicos y opciones políticas y sociales.

En este marco histórico, la visita del presidente Obama a Cuba y luego a Argentina sin duda comporta nuevas dimensiones para América Latina, que en mucho ya han sido adelantadas por otros analistas latinoamericanos.

En Cuba la llegada del presidente Obama despertó alegría y reflexión. En Argentina, un cúmulo de protestas y rechazos. Pero ambos viajes no han podido ocultar la misma línea de visión que el poder norteamericano mantiene sobre América Latina.

De una parte, no hay duda que el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE.UU. es un acontecimiento histórico de alcance mundial, así como la visita del mandatario norteamericano. Todavía nadie puede prever el camino de esas nuevas relaciones, aunque un interesante artículo de Agustín Lage Dávila en Cuba Debate (“Obama y la economía cubana: entender lo que no se dijo”, http://goo.gl/oAYbkh) fija bien las expectativas desde la óptica de los propios cubanos. Además, la apertura norteamericana a la isla es un evidente triunfo histórico de Cuba, que se produce en el marco de la existencia de gobiernos progresistas y de nueva izquierda que favorecieron las mejores condiciones para ello. Pero solo el fin del bloqueo será la medida del nuevo trato, por sobre los gestos meramente diplomáticos.

América Latina no tiene por qué seguir la senda de un solo “modelo” dictaminado desde los países capitalistas centrales. No es ella la que tiene que cambiar.

 

De otra parte, la visita del presidente Obama a la Argentina ha servido para reforzar el criterio de que los gobiernos de derecha, inclinados al neoliberalismo, son los únicos que cumplen con las expectativas norteamericanas sobre la economía, la institucionalidad y la democracia.

Todo ello se refleja en los discursos y en ciertas actitudes: en Cuba, Obama llama a la juventud para construir un futuro distinto, alienta a los emprendedores privados (cuentapropistas) y se reúne con la disidencia; en Argentina, además de alguna referencia a la desclasificación de documentos sobre la sanguinaria dictadura militar (1976-1983) que en otra época el mismo imperio ayudó a forjar, no hay reunión con las Madres de la Plaza de Mayo, con ninguna “disidencia”, pero sí una clarísima consideración de que el gobierno de Macri, en palabras de Obama, “es un ejemplo para otros países en este mismo hemisferio", y con quien "elaboraremos un acuerdo de libre comercio". (http://goo.gl/7z8smc).

Y a los pocos días, el Departamento de Estado anunció que destinará más de 700 mil dólares para la formación de “jóvenes líderes emergentes de la sociedad civil cubana”, bajo la sutil consideración de que ellos podrán conocer y capacitarse en los valores y principios de la “democracia”, a la que no han estado acostumbrados (http://goo.gl/lpdech).

Mientras las visitas han transcurrido, por debajo de la mesa histórica están en marcha las acciones desestabilizadoras contra Venezuela y el apoyo a la “restauración conservadora” en los países cuyos gobiernos se identifican con el progresismo y la nueva izquierda.

Una triple actitud y un solo dios verdadero: el mercado libre y la empresa privada absoluta. Ello significa que por sobre los indudables avances históricos, América Latina aún no logra acabar con años, con décadas de “bloqueo” intelectual, diplomático, de pensamiento, de incomprensión en los EE.UU., que persisten en cerrarse a aceptar que la región quiere conducirse con alternativas de economía, de sociedad y de política, que no tienen por qué ceñirse a una sola línea de acción y de conducción basada en el estilo de la democracia norteamericana y en la economía de libre empresa estadounidense, peor aun cuando el neoliberalismo de fines del siglo XX ya comprobó el tipo de desastres sociales que es capaz de ocasionar, en tanto los ricos solo se vuelven más ricos.

En términos más amplios y generales, América Latina no tiene por qué seguir la senda de un solo “modelo” dictaminado desde los países capitalistas centrales. No es ella la que tiene que cambiar. El respeto y la convivencia internacional exigen tomar en cuenta estas cuestiones de mínima soberanía y dignidad entre países.

 

Quito, 30/marzo/2016

 

ag/jpm

 

*Historiador, investigador y articulista ecuatoriano.