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Oscar Domínguez G.

Domínguez G., Oscar

Escritor, periodista y columnista colombiano, radicado en Medellín.

Nació en Montebello, Antioquia1945. En Radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN y Súper. En prensa, laboró en La República y en las agencias de noticias Ciep (Centro Informativo El País), Alaprensa y Colprensa de la cual fue director. Ha publicado los libros El hombre que parecía un domingo, Columna Desvertebrada, Historias del Eterno Femenino,  De Anonimato nadie ha muerto (diario de un pensionado), y ¿Adónde van los días que pasan?

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Con 69 años de edad, ejerce el periodismo desde hace 45 años.

Trabajó en los noticieros radiales de su país RCN, Todelar, Súper y GRC. Fue redactor político, jefe de redacción (7 años) y director (8 años) de la Agencia de Noticias Colprensa y corresponsal de Radio Francia Internacional.

Colaborador de los diarios El colombiano, El Tiempo, de Bogotá, La Opinión de Los Angeles y la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina.



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Una flor para María Félix

Por Oscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

María Félix decidió nacer y morir el mismo día de abril (el 8) pero sólo antes de haber  convertido en obra de arte el oficio de mujer. “Sólo he sido una mujer con corazón de hombre”, dijo alguna vez, en una de esas frases pulidas como una vieja sentencia.

Deberían ponerle de epitafio esta metáfora del Nobel Octavio Paz: “María Félix nació dos veces: sus padres la inventaron y ella, después, se inventó a sí misma”.

 

Enrique Krauze, el mexicano que escribió la autobiografía de la  Doña, diría en el prólogo de Todas mis guerras, que ese corazón era el de Pablo su hermano, suicidado en su espléndida  primavera.

“El perfume del incesto no lo tiene otro amor”, corroboró María en una frase que habría podido firmar don José Asunción Silva, el suicida poeta colombiano que todos los días se mira con su amante y hermana Elvira en las paredes de la Casa de Poesía Silva, en el bogotano barrio de La Candelaria. Y en el mausoleo que comparten en el Cementerio Central de Bogotá.

María Félix se abstuvo de morir de cualquier forma. Escogió el día de sus 88 cumpleaños para abrir el paraguas e ingresar en la eternidad. Decidió irse del todo en el momento del sueño, esa “obra de ficción” como lo definió Borges.

Un prosaico infarto que quería salir del anonimato se llevó a María. Fue también en sueños cuando uno de sus caballos le informó que empezaba el fuego en las caballerizas. María despertó, le creyó a su caballo y salvó su cuadra.

A la Félix tampoco le figuró una bella voz. Tal vez para desquitarse de este lapsus, incluyó en su menú de hombres al charro Jorge Negrete, le admitió una guitarra a Pedro Infante y le alcahuetió piano, boleros y matrimonio al flaco Agustín Lara, a quien lucía como un paraguas debajo del brazo, según el chiste que les hacían sus paisanos.

Lara compuso en su honor “María Bonita” y un  instrumental llamado  “Mi dulce María”. De Lara, Ceja de Lujo cantó “Arráncame la vida”, recuerda la historiadora musical Ofelia Peláez.

Tal vez su escueto  -y feo- marido le inspiró aquella metáfora: “El sexy es el hombre con el que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido”.

Un piloto colombiano de Avianca al que nunca identificó por discreta coquetería, alebrestó el erotismo de algunos de sus días y sus noches. Pero “le metí un poco de coco al asunto y me distancié de él”. El piloto, Ricardo Fajardo, diría que  la “separancia” se originó en incompatibilidad de mundos. Y convirtió en libro su bolero con María Bonita.

Con la venia de la sala, me declaro el más extraño de los mariafelixólogos. Apenas he visto alguna  de sus películas. Pero leí su autobiografía y quedé flechado, como quedó el rey Faruk, de Arabia, que le regaló durante un viaje privado a las pirámides, la diadema de Nefertari, la mujer que le mejoró el prontuario erótico al río Nilo bañándose en él.

“Yo me entrego gratis a un hombre cuando me gusta, pero no es tu caso...”. Y María Bonita le devolvió la diadema convertida en chatarra con su desplate.

La lectura del libro autobiográfico de María debería ser obligatoria para todo católico, ateo, escéptico, troglodita. Es una Biblia que les enseña a las mujeres sobre sus derechos y a los hombres nos ayuda a amarlas y respetarlas más.

Fue una feminista las 24 horas del día.

Siempre le dijo al pan-pan y al vino-vino.

“Yo no estoy acostumbrada a mentir, ni siquiera en defensa propia”.

“No le temo a las canas ni la vejez sino a la falta de interés por la vida. No le tengo miedo a que me caigan los años encima, sino a caerme yo misma. Evitarlo depende de mí”.

“El amor es voz, el amor es puerta cerrada, el amor es tantas cosas, pero sobre todo es protocolo y misterio. Y eso se pierde con el trato, con la rutina diaria”, decía para cuestionar a las parejas que se atosigan. O que no se dan sus espacios, como es obligatorio decir ahora.

“La vida es una borrachera, pero no con alcohol”.

Hizo de la vida un espectáculo de todas las horas. Vivió y dejó vivir. Todo con una cierta sonrisa. Si no fuera porque tengo programadas mis futuras encarnaciones hasta el año 5906, me gustaría reencarnar en Ceja de Lujo, “tan bella que hacía daño”, como le dijo Jean Cocteau, uno de los que disfrutó de ese casi 50% de francesa que llevaba por dentro la Doña.

Felicidades por su nacimiento; un responso por su muerte el mismo día de abril. Hasta en este azar de coincidencias decidió ser original. Se esfumó el mismo mes que lo hicieron Cantinflas,  Pedro Infante, Guty Cárdenas, Javier Solís, Genaro Salinas, Carlos Mejía, Dolores del Río, Gloría Marín…

Deberían ponerle de epitafio esta metáfora del Nobel Octavio Paz: “María Félix nació dos veces: sus padres la inventaron y ella, después, se inventó a sí misma”.

 

ag/odg

 

*Escritor y cronista colombiano.