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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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La diosa Tecnología

O el ensoberbecimiento del «homo technologicus”

Por Marcelo Colussi*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Hoy la palabra tecnología es mágica. Tal  su endiosamiento que pasó a ser sinónimo de Saber. Basado en los saberes científico-técnicos, el mundo de la industria la entronizó: vivimos una cultura de veneración de la tecnología. En sentido estricto, cada época histórica tiene su correspondiente tecnología. En definitiva, eso es ella: la forma en que se organiza el trabajo.

El mundo moderno (capitalista-industrial) generó un salto sin precedentes en la historia humana. En el último siglo la capacidad productiva, la tecnología, avanzó tanto como la especie humana no lo había hecho durante toda su marcha, de varios millones de años.

Como consecuencia de esta fabulosa aceleración, el instrumental técnico que posibilitó el salto pasó a ser la vedette del proceso. Así se desarrolló una mística del instrumento, de la herramienta. Hoy, la máquina que sirve al ser humano es a veces  más importante que el humano mismo.

«¿Eso es bueno o malo?», podríamos preguntarnos, quizás algo ingenuamente. La respuesta nos confronta con el proyecto mismo que define el curso de los acontecimientos, el horizonte sobre el que se construye el mundo. Hoy la tecnología, como un ente casi con vida propia, ha ido abandonando su valor instrumental para terminar siendo eje central del proyecto global en curso. Se la venera como si fuera una entidad en sí misma, autónoma,  omnipotente. Estamos ante una nueva diosa ante la cual nos inclinamos.

Esto tiene su historia. El mundo de la producción industrial que trajo consigo el sistema capitalista (con la ganancia económica como meta última, como único motor real de la idea de desarrollo vigente) no necesita del ser humano. Todo deviene mercancía. Importa el aparato físico por su utilidad y por lo que vale, por lo que significa como símbolo de poder.

El azadón, el arado de madera o el reloj de arena significaron pasos importantísimos en la historia, pues mejoraron las condiciones de vida, favorecían el desarrollo. Si esta calidad no satisfacía, ahí estaban los dioses esperando, para ayudar a sobrevivir mejor.

En el capitalismo, la tecnología pareciera cobrar vida propia, y termina importando más el robot que el ser humano concreto. Algo patético parece haberse instalado en esa ideología.

Hoy las deidades son de plástico, acero, de fibra óptica, de cuarzo líquido. Las cosas materiales han pasado a tener un valor central, no solo instrumental. Hay ya un sexo cibernético que prescinde del otro de carne y hueso; una máquina puede ser más importante que un humano. ¿Hacia eso vamos? ¿Ese es el destino que nos espera?

Sería más que absurdo oponerse a la tecnología en nombre de un principismo inconducente o de una «vuelta a lo natural», de una renuncia al confort moderno. La tecnología, en tanto arsenal de medios técnicos de los que dispone una sociedad en un momento dado, no es sino eso: el conjunto de los instrumentos con que asegurar la mejor calidad de vida posible. Obviamente. entonces: ¡bienvenido sea su desarrollo!

Lo que debe cuestionarse, y no en nombre de una moralina hipócrita, sino desde una actitud crítica que tiende al enriquecimiento humano, es el aprisionamiento del que somos víctimas por la cultura de la fascinación ante las máquinas. Llegamos a venerar una máquina prescindiendo del ser humano concreto. Algo patético parece haberse instalado en esa ideología.

Si la tecnología no sirve para un genuino desarrollo humano integral, ¿para qué.  entonces? ¿Por qué termina siendo más importante tener cosas y cambiarlas cada vez más rápidamente -obsolescencia programada mediante- que su aprovechamiento? No podemos estar fatalmente condenados a valorar la vida en función de las cosas que, en todo caso, nos deben servir para ayudarnos a vivir.

El hacha de piedra, la rueda, el automóvil o el teléfono celular son simplemente instrumentos  que nos facilitan la vida; olvidarlo implica generar un mito, reduciendo la vida a una frenética carrera por su posesión. «El ser humano ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis; bastante magnífico cuando se coloca todos sus aparatos, pero éstos no crecen de su cuerpo, y a veces le procuran muchos sinsabores», argumentaba con razón Sigmund Freud.

En el mundo industrialista del capital, lo que importa es la ganancia como meta última, como símbolo de poder.

Si olvidamos esto, no hay real desarrollo del ser humano. En vez de venerar imágenes, tótems o espíritus, glorificamos pedazos de plástico o cromo-vanadio. ¿Será ese nuestro destino? Evidentemente el sistema capitalista, que no nació con espíritu humanista sino solo como modelo basado exclusivamente en la obtención de lucro, no repara en lo humano. Los valores éticos ahí no cuentan.

En su frenética carrera por obtener ganancias puede hacer cualquier cosa: explotar a otros seres humanos, provocar una catástrofe en el medio ambiente, proponer la guerra como una salida siempre posible ante sus crisis. En esa maquiavélica lógica termina endiosando fetiches.

En el capitalismo, la tecnología, que no es sino el instrumental al servicio de la satisfacción de nuestras necesidades, pareciera cobrar vida propia. Y termina importando más el robot que el trabajador de carne y hueso. Sin dudas algo anda mal (¡muy mal!) en ese paradigma, porque si se valora más el instrumento que al ser humano que se vale de él, no hay salida.

Estamos entonces en el reino de la barbarie. Por ello cobra total sentido lo expresado por Rosa Luxemburgo: «Socialismo o barbarie».

ag/mc

 

Catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.