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Oscar Domínguez G.

Domínguez G., Oscar

Escritor, periodista y columnista colombiano, radicado en Medellín.

Nació en Montebello, Antioquia1945. En Radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN y Súper. En prensa, laboró en La República y en las agencias de noticias Ciep (Centro Informativo El País), Alaprensa y Colprensa de la cual fue director. Ha publicado los libros El hombre que parecía un domingo, Columna Desvertebrada, Historias del Eterno Femenino,  De Anonimato nadie ha muerto (diario de un pensionado), y ¿Adónde van los días que pasan?

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Con 69 años de edad, ejerce el periodismo desde hace 45 años.

Trabajó en los noticieros radiales de su país RCN, Todelar, Súper y GRC. Fue redactor político, jefe de redacción (7 años) y director (8 años) de la Agencia de Noticias Colprensa y corresponsal de Radio Francia Internacional.

Colaborador de los diarios El colombiano, El Tiempo, de Bogotá, La Opinión de Los Angeles y la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina.



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Linotipistas, hombres de plomo

Por Oscar Domínguez G.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

En el ADN de todo computador hay un  linotipo, esos armatostes descomunales en vía de extinción, operados sólo por iniciados que legaban a su descendencia un oficio también clonado de sus mayores. Se era linotipista por curiosa cooptación, a físico y antidemocrático dedo.

Callada la boca, desde 1923 -hace 95 años- el 12 de noviembre celebran su día clásico “en la soledad de sus nostalgias en compañía”. Donde los quieran escuchar recuerdan que la primera máquina de éstas se armó en Bogotá el 4 de marzo de 1911 en la imprenta de la Gaceta Republicana, de Enrique Olaya Herrera.

Regularmente, la efemérides incluye misa con todos los juguetes en el Cementerio Central, ofrenda floral en el mausoleo y almuerzo de camaradas en la sede del Barrio Ricaurte, donada por el Concejo de Bogotá. Este año no fue la excepción. La vieja y amplia estructura fue recuperada para la causa linotipística después de 20 años de andar de Herodes a Pilatos en los juzgados.

Estos bellos y misteriosos cachivaches, que lindan con la perfección dentro de su magnífica complejidad, democratizaron la cultura y la información. Hoy son carne de saudade, chatarra ilustrada del cuarto de San Alejo donde son  recordados únicamente por nadie.

Bueno, por nadie no: por los socios de la Asociación Nacional de Linotipistas, ANDEL, que si bien no son muchos, son los machos para no dejar desaparecer el oficio. Todavía hay algunos pocos linotipos en servicio activo. Es famoso el del Instituto Caro y Cuervo empeñado en morir de pie, trabajando, como ciertos árboles centenarios.

En la remodelada sede del Ricaurte, tienen un linotipo que hace juego con los modernos computadores. Como los sastres, no se pisan las mangueras. Enseñan a manejar unos y otros. Basta con mostrar ganas de manipularlos. Una placa recuerda a los fundadores y a los miembros del cabildo capitalino que aprobaron la donación.

Surgido a finales del siglo XIX, el linotipo decuplicó el rendimiento de las imprentas y y creó un oficio que brilló por la ilustración y distinción de sus ejecutores. Thomas Edison los calificó como “la octava maravilla del mundo”.

Operar las antiguas máquinas era como hacer el amor con cada una de las teclas, con el perdón de la patrona de los mecanógrafos, Santa Tecla, virgen, y por tanto, mártir.

En el interior de estos “anónimos obreros” no corría sangre ni espermatozoides: circulaban tipos de letras que inoculaban el virus del oficio. “La linotipia convertía las ideas en plomo”, recuerda un linotipista jubilado, Guillermo el Mago Dávila, 90 años a la sombra, mormón, periodista, locutor, cronista hípico desde 1954 hasta que cerraron el hipódromo de Techo; relacionista público, conversador, biógrafo, prestidigitador con la sonrisa feliz del hombre que se salvó en vida, empresario, abuelo irresponsable 12 veces, ducho en juegos de azar. Y en carreras de caballos.

En su autobiografía, García Márquez describe a los linotipistas como “tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de sábados. Me hice a su gremio”.

Recuerda don Gabo que el más joven de ellos era el Mago Dávila, santandereano trasplantado a Cartagena, donde fue niño genio -Chopin del linotipo-, a los 13 años. Hizo la primaria para mago acariciando el teclado de los linotipos como quien interpreta un nocturno de Luis A. Calvo, o lee en el silencioso sistema Braille.

El Mago logró ingresar a la exclusiva cofradía pese a la negativa de “algunos líderes regionales que se resistían a admitir cachacos en el gremio. Tal vez (Dávila) lo logró por arte de su arte, pues además de su buen oficio y su simpatía personal era un prestidigitador de maravillas”, cuenta el Nobel quien sacó tiempo para recordar con su amigo Dávila la fugaz y audaz aventura editorial que los llevó a editar en la Cartagena de septiembre de 1951 el periódico más pequeño del mundo: Comprimido.

Dávila trabaja en su libro que tiene el título definido: “Comprimido, el Nobel y el Mago”. (“El Mono”)[1] José Salgar, célebre subdirector de El Espectador, jefe de García Márquez en sus inicios de reportero, entrevistado por la revista Credencial, recordaba alguna vez que “los linotipistas eran unos sabios, dominaban el idioma, corregían los editoriales”.

Algunos nombres que le dieron brillo a ese oficio fueron los de Víctor Julio Corredor, guardián del idioma, Gustavo Añez Avendaño, interlocutor en francés de Eduardo Santos cuando éste venía de París, Gabriel Baquero, Luis Carlos Adames, líder de ANDEL y lúcido conductor en la reconquista de la sede, Julio Dávila, hermano del Mago, y Mirón, linotipista de El Espectador y director de un noticiero radial.

Adames es el autor de “Memorias de un linotipista”, un libro gordo como un luchador de sumo, la biblia de ese oficio. En su obra, el autor recuerda que “Mergenthaler fue el padre de los linotipistas. Cuando el sábado 3 de julio de 1983, los estadounidenses preparaban la fiesta del año 110 de su independencia, este alemán les regaló el inventó que Thomas Edison calificó como la octava maravilla del mundo”.

En su libro Historia del Periodismo, Antonio Cacua Prada,  comenta que ANDEL fue “el único periódico que no necesitaba de los periodistas” porque lo hacían los linotipistas, muchos de los cuales eran virtuosos de la música de cuerda. Entonces se llamaban lino-tiplistas.

Los linotipistas tenían la memoria ortográfica en las yemas de los dedos. Es como si en cada dedo llevaran a un miembro de la Academia de la Lengua.

Para Sergio Acebal los linotipistas tenian “poeta propio”; son tipógrafos por tradición familiar afimaba Gacía Márquez; tienen música en los dedos, son arquitectos cotidianos asegura el poeta Raúl Echavarría.

Tienen poeta propio, Sergio Acebal, quien les dedicó un bello soneto en el que recuerda que si ponían una coma que olvidó el autor, nadie se enteraba. Pero ¡ay! del que deslizara una errata. El profesional de dedos fáciles se volvía millonario en HPmadrazos. Lo mismo sucede ahora con los correctores del periódico que nos enmiendan los yerros.

El poeta y periodista Raúl Echavarría Barrientos escribió “Música para diez dedos”, en honor del gremio. Dice el transeúnte de Santa Rosa de Osos: “Esos diez dedos son arquitectos cotidianos, habituados al andamiaje del alfabeto. Han construido el amor a su manera. A la manera de los hombres de paz”.

La linotipia o el meollo del asunto

El arte de imprimir textos en serie con la intervención del tipo suelto fue inventado por Gutenberg alrededor de 1441, y transcurridos cuatro y medio siglos no había tenido modificaciones sustanciales. Finalizando el siglo XIX, el también alemán Ottmar Mergenthaler realizó la invención del linotipo que actuaba por medio de matrices que llevaban grabada cada letra en bajo relieve y eran reunidas en renglones por medio de un teclado.

Cada renglón era fundido en lingotes metálicos para formar un sello metálico por renglón; y estos renglones iban ordenándose, uno detrás de otro, después de pulidos.

Esas operaciones, y la distribución de las matrices después de cada fundición, para volver a ser utilizadas en nuevos renglones, las hacía el linotipo automáticamente.

Este proceso decuplicó “el rendimiento de las imprentas y la difusión de la cultura, y creó un oficio que brilló por la ilustración y distinción de sus ejecutores”. (Luis Carlos Adames en sus Memorias de un linotipista).

ag/odg

 

*Escritor y cronista colombiano.

 

Referencias bibliográficas

[1] Colombianismo por persona de cabello rubio.