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Luis Casado

Casado, Luis

Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica - 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.



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Ocho días

Por Luis Casado *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, rindió recientemente una visita a México. En el curso de su comparecencia ante la prensa, en compañía del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, un periodista hispano le preguntó a este último cual es la posición de México con relación a Venezuela y al ‘presidente encargado’ Juan Guaidó.

Sánchez, encaramado en una minoría de 85 diputados de un total de 350 (el menor número de diputados en la historia de la democracia de España) sin la consagración del voto popular, presidente à l'esbroufe (presidente de gobierno por defecto),  se dio el lujo de conminar a Nicolás Maduro a llamar a elecciones presidenciales, en un plazo de ocho días, a falta de lo cual, afirmó, él mismo y algunos ‘socios’ europeos, reconocerían a Guaidó, abriéndole la puerta a una intervención militar extranjera encabezada por los EE.UU.

Los jefes del gobierno hispano de las últimas décadas -con la notoria excepción de Rodríguez Zapatero-, han sido extremadamente corruptos, pero no necesariamente ignorantes como Pedro Sánchez.

Andrés Manuel López Obrador le dio una lección de historia, de una envergadura política y  dignidad que Sánchez no podrá olvidar tan fácilmente. No solo porque la recibió frente a la prensa mundial, sino porque las palabras del presidente mexicano lo dejaron en un patético ridículo.

Corría el año de gracia de 1861. Benito Juárez, ese gran patriota e intelectual mexicano presidía los destinos del gran país latinoamericano. Con un pretexto usurero -la dificultad de México para pagar deudas contraídas con Europa-, seis mil soldados españoles invadieron el puerto de Veracruz el 15 de diciembre de ese año. Muy pronto, el 9 de enero de 1862, desembarcaron tres mil soldados franceses y 800 soldados ingleses.

Como el gobierno francés boicoteó las negociaciones para obtener el pago de la deuda, los invasores ingleses y españoles abandonaron el país. Napoleón III, a la sazón dictador galo, buscaba establecer un imperio mexicano a sus órdenes, desconociendo al presidente legítimo, o sea a Benito Juárez.

El papa Pío IX apoyó la invasión de México. Pío Nono no solo consagró el derecho a poseer, comprar y vender esclavos: también quiso castigar a quienes, en su santa opinión, no respetaban los derechos de la Iglesia. Como el obispo Talleyrand en la Francia revolucionaria, Benito Juárez había confiscado por decreto las propiedades de la Iglesia en México para alimentar a su pueblo.

De ahí que Su Santidad, seguramente inspirado por el Altísimo, afirmase: "Levantamos nuestra voz pontificia con libertad apostólica en esta vuestra plena asamblea para condenar, reprobar y declarar írritos y sin ningún valor los mencionados decretos".

Las tropas mexicanas derrotaron a los franceses el 5 de mayo de 1862 en la Batalla de Puebla. El general Zaragoza pudo enviar su famoso telegrama al Palacio Nacional: "Las armas nacionales se han cubierto de gloria".

No obstante, Napoleón III envió 25 mil tropas más, que lograron entrar en Puebla un año más tarde. Previsor, Juárez había decretado una ley que condenaba como traidores a quienes apoyasen con armas o tomasen puestos en el gobierno de los invasores. Con el fin de evitar un desastre mayor, Juárez desplazó su gobierno a San Luis de Potosí. De modo que las tropas francesas entraron en ciudad de México sin disparar un tiro, y Napoleón III pudo designar un príncipe europeo como emperador de México.

Ferdinand Maximilien Joseph Marie de Habsbourg-Lorraine, archiduque de Austria, príncipe de Hungría y de Bohemia, renunció a su pretensión a la corona de rey de Egipto y corrió a asumir el rimbombante título de emperador Maximilien I junto a su bien amada esposa Charlotte de Bélgica.

Maximilien I, tal vez bajo la influencia de algún ancestro de Pedro Sánchez y/o de Emmanuel Macron -vaya uno a saber- le escribió a Benito Juárez invitándolo a participar en su gobierno imperial. Juárez le contestó desde Monterrey el 1 de marzo de 1864, preguntándole “¿sabes cómo cantan los gallos en el norte?”:

“Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará.” (Carta de Benito Juárez a Maximiliano. Monterrey, NL. 1 de marzo de 1864).

No es mi intención relatar toda la larga historia. El ignorante supino Pedro Sánchez la escuchó de boca del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Resumiendo, las cosas se pusieron cada vez más difíciles para el Emperador. La emperatriz Charlotte salió abriendo para Europa en la madrugada del 7 de julio de 1866, buscando el apoyo de Pío IX, el de Napoleón III y el de su cuñado, el emperador François-Joseph I de Austria, quienes miraron todos para el cielo.

Maximilien I, a pesar de contar con algunos generales mexicanos traidores, al mando de las tropas de la Légion Étrangère, fue finalmente traicionado por los suyos y entregado al gobierno legítimo, ese que las potencias extranjeras -España y Francia- pretendieron desconocer.

Un tribunal militar juzgó a Maximilien I y dos de sus generales, Miguel Miramón y Tomás Mejía. Los tres fueron condenados a muerte por los delitos de apoyo a los invasores franceses, además de traición a la patria para los mexicanos y de usurpación del poder para el austríaco.

Los tres fueron fusilados la mañana del 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas. La noticia le dio la vuelta al mundo pero el ignorante Pedro Sánchez no se había enterado.

Andrés Manuel López Obrador le dio esa lección magistral, y le recordó las palabras de Benito Juárez: El respeto al derecho ajeno es la paz…

ag/lc

 

*Ingeniero, profesor e informático chileno.