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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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Estados Unidos y el nazismo

Por Marcelo Colussi*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Ante el empobrecimiento generalizado de los países capitalistas centrales entra en juego un agravante extremadamente pernicioso: la ideología dominante, de derecha y conservadora. De acuerdo con ello, se omite la verdadera causa de esa creciente pauperización recurriendo a un “chivo expiatorio”: los extranjeros, aquellos, que “van al Primer Mundo a robar puestos de trabajo y aprovecharse de la seguridad social”.

El mundo de la opulencia del Norte se torna cada vez más hostil a los inmigrantes del Sur. No solo no los quiere, procede a deshacerse de ellos. Trump ya empezó a poner en práctica esos “valores”, institucionalizándolos.

En otros términos: alguien distinto, proveniente de fuera, es esgrimido como causante de los males.

En la Alemania de la posguerra de 1918, ante la derrota y humillación a manos de las otras potencias europeas que le ganaron en la carrera por el reparto de las colonias africanas, fue emergiendo un espíritu revanchista.

Adolfo Hitler, independientemente de su posible psicopatología, encarnó ese ideal, ponderaba lo que buena parte de la población alemana quería escuchar; ante el ultrajado nacionalismo pangermánico, asumió el ideal teutón de “raza superior” como estandarte privilegiado y adjudicó a los judíos la condición  de chivo expiatorio.

No puede afirmarse que la corriente nazi en Alemania, o fascista en Italia -con Benito Mussolini a la cabeza-, sean atribuibles solo a la personalidad desequilibrada de líderes carismáticos; este puede ser un elemento, pero ambos representaban el ideal de buena parte de la población. Los alemanes querían recuperar el tiempo perdido, la moral pisoteada en la derrota de la Primera Guerra Mundial: entonces emergió el concepto de eugenesia, de un blanco al que atacar, supuesto fundamento de todos los males y desgracias. Los campos de concentración atestados de judíos fueron el resultado de ello.

En los Estados Unidos actuales (y en buena parte de Europa Occidental que no termina de salir de la crisis financiera iniciada en el 2008) está ocurriendo algo similar: una clase trabajadora golpeada, en camino de empobrecimiento paulatino, que necesita encontrar una razón de sus males. El sistema, a través de los fabulosos medios de manipulación de que dispone (medios masivos de comunicación, aparatos ideológicos del Estado, iglesias varias, redes sociales) impide vislumbrar las causas reales de la situación.

De ese modo, los inmigrantes indocumentados de Latinoamérica y el Caribe -en Estados Unidos- o los africanos llegados en las infernales pateras a través del Mediterráneo, así como musulmanes y gente del Medio Oriente en Europa, se van transformando en un elemento satanizado, supuesta fuente de todas las desventuras.

Hoy día no hay campos de concentración, ni en Europa ni en Estados Unidos; pero de alguna manera esa exclusión de corte nazi ya comenzó. Donald Trump, así como Hitler en su momento, encarna esa “misión redentora, purificadora”: su lenguaje xenofóbico, racista, ultranacionalista, quasi paranoico en algún sentido, rescata lo que una clase trabajadora golpeada quiere escuchar. “¡Fuera inmigrantes!” es la consigna.

El mundo de la opulencia del Norte va tornándose cada vez más hostil y refractario a los inmigrantes del Sur. No solo no quiere “hispanos”, “negros” o “musulmanes”; procede a deshacerse de ellos. El presidente Trump ya empezó a poner en práctica esos “valores”, institucionalizándolos. Sus primeras medidas, como mandatario de la Casa Blanca, lo dejaron en evidencia. La promesa del muro fronterizo con México, más allá de una bravuconada pirotécnica de campaña, quiere ser concretado. La negativa de permitir ingresar “indeseables” musulmanes a suelo estadounidense se inscribe en esa línea.

En una línea similar también comienzan a prodigarse, cada vez con mayor frecuencia y virulencia, actos de corte nazi en Europa. Como expresión sintetizada de ello, lo ocurrido en los canales de Venecia, donde un joven negro de origen africano se ahogó ante la mirada impávida de europeos que, incluso en algún caso, proferían insultos racistas.

Todo esto bien pudiera ser el preámbulo de nuevos Auschwitz o Buchenwald. Los chivos expiatorios -la psicología social nos lo enseña con claridad meridiana- sirven como elemento unificador para el grupo excluyente, que reafirma así su identidad supremacista excluyendo a los “inferiores” no deseables, satanizados como plaga bíblica.

El Brexit en Gran Bretaña, o Donald Trump -en Estados Unidos- expresan ese encono visceral, encarnan al “malo de la película”, el origen de todas las penurias, escamoteando así las verdaderas causas del problema: el sistema capitalista.

Más allá de que Trump pueda ser un megalomaníaco -con profundas desequilibrios psicológicos- representa lo que muchos ciudadanos estadounidenses comunes piensan, sienten, anhelan: volver a los tiempos dorados de su economía de 50 o 60 años atrás, presuntamente arruinada por los inmigrantes ilegales. Se olvida así que Estados Unidos es, ante todo, un país construido por inmigrantes (ver  video al respecto) y se omite la verdadera causa del problema: el empobrecimiento de los trabajadores, verdadera causa de un sistema que no ofrece salidas.

El capitalismo no tiene salida y el nazismo, expresión de un capitalismo afiebrado, es más pernicioso aún, porque convierte el racismo en su motor primordial.

El nazismo se inició en los años 30 en Alemania, cuando un cabo del ejército, probablemente desequilibrado, devino representante de una mayoría empobrecida que ansiaba renacer como “raza superior”. Donald Trump sigue ese camino: representa el ideal supremacista de los wasp (white, anglosaxon and protestant -blanco, anglosajón y protestante-. El Ku Klux Klan supremacista (equivalente a los campos de concentración nazi y las cámaras de gas para judíos) se siente ahora dueño de la situación.

La llegada de Trump es un evidente síntoma de lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Su “America first” es un llamado a recuperar una supremacía hoy en decadencia, esgrimido   para cimentar su discurso sobre los inmigrantes irregulares. Tanto lo que él representa, como lo que significa el rosario de gobiernos de ultraderecha y neonazis que está expandiéndose por Europa (Italia, Hungría, Polonia, Croacia, República Checa, Holanda, Suecia, Finlandia), nos debe mantener extremadamente alertas a lo que siga, y prepararnos para enfrentar la locura en ciernes.

El capitalismo no tiene salida y el nazismo, expresión de un capitalismo afiebrado es más pernicioso aún, porque convierte el racismo en su motor primordial. ¡Preparemos para enfrentar la tormenta que viene! La consigna es, por supuesto, marchar hacia el socialismo. Pero junto a ello debe denunciarse con la mayor energía este retorno del neofascimo ultraconservador.

ag/mc

 

*Catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.