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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Érase una vez un cine olvidado

Por Sergio Berrocal

Guantánamo suena como Guadalcanal, pero no es título de ninguna película bélica de aquellas que los norteamericanos hicieron con mucho talento y más dólares para demostrar al mundo lo bueno que eran en el terrible conflicto de la II Guerra Mundial, en aquellos años cuarenta que tantos héroes cinematográficos parieron.

Tranquilos, parroquianos amigos, el tonto de la crónica facilona no va a ensalzarse en una estúpida querella antiyanqui y hablarles de los olvidados terroristas o supuestos terroristas que se pudren al sol y a la sombra en Guantánamo.

Tranquilos, que no voy a mencionarles tampoco la promesa incumplida del presidente Barack Obama de cerrar este presidio tan particular, aunque le dieron el Nobel de la Paz sin que nadie supiese jamás el por qué de la cosa.

Tranquilos, voy a croniquear sobre cine, que es finalmente lo más bello del mundo, aunque mi amigo John Wayne y tantos otros actores como Richard Widmark o Errol Flynn, tuviesen que prestarse a la propaganda belicista.

No, de veras, sólo pretendo recordar a una inmensa actriz cubana, la señora Alina Rodríguez que ha fallecido recientemente, aunque ustedes no lo sepan, a los 64 años de edad.

Es probable que nunca la hayan visto, ni falta que les hace, me espetarán, porque consideran que no hay tiempo para todo y lo esencial, primordial y precioso de la muerte es seguir jaleando a las estrellas del cine desarrollado e inculto, el de las grandes producciones, y no sólo de Hollywood.

Esta señora, Alina Rodríguez, hizo una enorme película que casi nadie de ustedes ha visto, ni falta que nos hace, ya les oigo, y qué querrá el pijo este que juega al defensor de los pobrecitos.

Porque, amigos de la pantalla grande, la señora Alina era una actriz de muy altos vuelos. La vi en una sola película, Conducta, del cubano Ernesto Daranas, y me enamoró, me subyugó y me hice propósito de
enmienda.

Era Carmela, una maestra, una profesora que en cualquier lugar de La Habana tiene el descabellado propósito de ayudar a los niños como se ayuda a sí mismo, amén.

Ella pertenecía a ese cine del otro mundo, del que no tiene muchas alfombras rojas para demostrar lo guapos que somos todos, más líbranos del mal, amén.

Ese mundo pobre donde hacer cine cuesta mucho esfuerzo y mucha más voluntad, que finalmente podría ser pura fe en el altísimo de lo que ustedes quieran.

Lo malo es que en el mundo rico, del que somos ciudadanos con nuestros pecados mortales y veniales, a nadie le importa que se hable de solidaridad, de amor, de lucha contra la estupidez que nos rodea.

"Ella pertenecía a ese cine del otro mundo, que no tiene muchas alfombras rojas, ese cine neorrealista moderno que, afortunadamente, todavía se rueda en algunos países".

 

Constituimos un universo de señoritos ricos que en el mundo somos, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

Les entiendo, no se me ofusquen.

¿Para qué vamos a hablar de las necesidades, de los anhelos de un país que ha pasado medio siglo cercado por otro país, el más poderoso, hasta que le ha dado la gana al Gran Jefe?

Déjenme de monsergas políticas y de ideologías, que todos somos hijos de un mismo Dios, aunque no lo parezca.

La señora Alina representaba ese cine neorrealista moderno y en colores que, afortunadamente, todavía se rueda en algunos de aquellos países donde sólo vamos de turismo.

Ese cine que pierde el precioso tiempo que es oro en tratar de cosas tan poco interesantes para nosotros que lo tenemos todo como el derecho de existir, el derecho de tener opinión, el derecho de llamarse Jesús Pedro sin que la CIA escuche tus llamadas telefónicas.

Miren, ya sé, no soy más que una caricatura de ONG frustrada.

Pero sigo sin entender por qué a los europeos, a los ricachones de este mundo en pleno deshielo, tienen que interesarnos más las cosas que ocurren en Nueva York, París o Roma que en un montón de capitales de un vasto y rico continente al sur de Estados Unidos.

Tampoco yo comprender por qué el pensamiento del cineasta Woody Allen, neoyorquino y norteamericano de pura cepa, tiene que podernos más que lo que piensa el escritor uruguayo Mario Benedetti o un poeta español llamado Federico García Lorca.

Viva Zapata, doña Alina.

 

ag/sb

*Periodista, escritor y cronista de cine residente en Málaga, España.