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Juan José Páz y Miño Cepeda

Paz y Miño Cepeda, Juan José

Paz y Y Miño Cepeda, Juan José. Ecuatoriano. Doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Decano de la Facultad de Comunicación, Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE). Coordinador Académico, en Ecuador, de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.

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Fue profesor y dirigió el Taller de Historia Económica (THE) en la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Ex cronista de la Ciudad de Quito. Profesor invitado en varias universidades de América Latina, Norteamérica y Europa. Considerado uno de los gestores de la Historia Inmediata.


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América Latina: fuera de la historia universal

Por Juan J. Paz y Miño Cepeda*

(Exclusivo para “Firmas Selectas”, de Prensa Latina)

A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, era común a la reflexión filosófica que el caos en la historia, el tumulto de intereses, la guerra y la paz, la ruina o la victoria, las ambiciones personales así como los actos heroicos, lo bueno y lo perverso, relatados por todo tipo de historiadores, debían tener algún sentido, alguna racionalidad subyacente. Por tanto, correspondía a los filósofos, y no a los historiadores, descubrir la trama interna de los sucesos, su “hilo conductor”, a fin de determinar la interconexión, el plan conforme al cual se acumulaban los sucesos humanos.

En sus “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal”, Hegel sostuvo que la irracionalidad que presenta la “faz de la historia” tenía un fin último en sí: “la razón rige el mundo”.

 

En sus “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal”, dictadas desde 1820 y publicadas en 1837, el filósofo alemán G. W. F. Hegel (1870-1831), sostuvo que la abundante irracionalidad que presenta la “faz de la historia”, y que todo historiador tiene que captar con precisión y rigurosidad, tenía un fin último en sí y por sí, porque “la razón rige el mundo”.

Para él, se trataba de una dialéctica del espíritu humano, cuyo fin ulterior era la conquista de la libertad. La historia, con pasiones, conflictos, intereses, maldades y bondades tenía su razón en la conquista de la libertad.

El recorrido humano, que Hegel examina como movimiento del espíritu, que incluso geográficamente se extiende de este a oeste, se inicia en Oriente, con la conciencia de que UNO es libre; prosigue en el mundo griego y romano con el conocimiento de que ALGUNOS son libres y culmina en las naciones germánicas (y específicamente en la Alemania de su tiempo) con la noción de que TODOS los seres humanos son libres en sí.

Pero en ese recorrido histórico América no forma parte del “espíritu universal”. Es un continente que pertenece a la prehistoria, porque aquí la geografía se impone al hombre; y éste, incapaz de dominarla, no ha adquirido el “sentimiento de su propia estimación”, es decir, la “autoconciencia” acerca de su espíritu.

 Tampoco ha aparecido el Estado, pues la “verdadera” historia se inicia con el Estado que realiza un grado de libertad que el espíritu conquista. Y en Norteamérica no hay Estado en el sentido hegeliano, pues éste es un mero aparato protector de la propiedad, que encarna la eticidad del protestantismo.

En cambio, América Latina está fuera de esa versión hegeliana de la historia por cuanto lo que aquí sucede es mero eco del viejo mundo y reflejo de vida ajena. América, en todo caso, será el país del porvenir y “En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur”.

América Latina, normalmente “fuera” de la historia universal -según Hegel-, es pionera en múltiples aspectos, en los cuales, la autoconciencia del espíritu latinoamericano la hace indetenible.

Las “Lecciones” de Hegel se impartían al mismo tiempo que en América Latina vivíamos la fase final del proceso de independencia. Hegel parece que no estuvo enterado en lo más mínimo de estos acontecimiento o que, por lo menos, nunca los entendió. Tal vez, si los habría estudiado, probablemente habría tenido que concluir que América Latina es la primera región en el mundo en derrotar al colonialismo europeo y, además, en los albores del capitalismo, porque los pueblos sometidos del Asia o del África sólo pudieron liberarse del coloniaje en la segunda mitad del siglo XX.

Contradiciendo a Hegel, el “espíritu” de América Latina ha caminado en una búsqueda de libertad que implica la ruptura con aquello de que somos un simple “eco” de Europa. La genialidad de Hegel le permitió, en todo caso, intuir que el “espíritu” de América Latina también tendría que enfrentar al imperialismo norteamericano durante largo tiempo.

Es que América Latina, normalmente “fuera” de la historia universal, es, sin embargo, pionera en múltiples aspectos, en los cuales, parafraseando a Hegel, la autoconciencia del espíritu latinoamericano la hace indetenible.

El mismo proceso de independencia anticolonial no se redujo a ser un “reflejo de vida ajena”. Cierto es que allí estuvo presente en buena medida el pensamiento ilustrado proveniente de Europa; pero en América Latina nuestras propias necesidades determinaron conceptos y elaboraciones teóricas diferentes.

La independencia no se produjo por la “crisis Atlántica”, ni la “crisis de las monarquía”; tampoco fue parte de las “revoluciones burguesas”, ni un mero eslabón de la cadena que inaugura la llamada Edad Contemporánea, nacida, como consta en textos escolares de todo tipo, con la Revolución Francesa (1789), que es hermana de la revolución industrial inglesa.

La independencia movilizó conceptos de soberanía, dignidad, representación del pueblo, gobierno autónomo y, sin duda, libertad. El “motor” de su historia fue la lucha contra el colonialismo, un fenómeno inédito en la historia universal del capitalismo.

América Latina es la única región en el mundo que consagró en todos los países el sistema republicano y presidencialista, pues fue rechazada toda monarquía, de modo que los imperios como el de Iturbide (1822-1823) y el de Maximiliano (1864-1867) en México, o el de Brasil (1822-1889), solo fueron temporales.

En la vida republicana de nuestra América Latina se produjeron otros momentos decisivos: el liberalismo, en confrontación permanente con el conservadorismo, logró abolir la esclavitud a mediados del siglo XIX; en países como Ecuador fue abolido el tributo indígena por esa misma época (1857).

Además, gracias al triunfo liberal en los distintos países se logró la separación entre Iglesia y Estado, se implantó la educación laica, con primaria gratuita, y fue secularizada la cultura. La Constitución de Guatemala en 1831 fue la primera en expresarlos, aún sin que existiera todavía una burguesía desarrollada; y el proceso de La Reforma en México, que encumbró al célebre presidente Benito Juárez (1858-1872), precisamente se produjo contra el intervencionismo francés y la vigencia del segundo imperio.

Para dar continuidad al Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) convocado por El Libertador Simón Bolívar, el célebre caudillo liberal radical ecuatoriano Eloy Alfaro (1847-1912) convocó a un Congreso de repúblicas de América que se realizó en México en 1896. Su propósito fue sujetar la Doctrina Monroe a un Derecho Público Americano, además de solidarizarse con la causa de la independencia de Cuba y con la reivindicación venezolana sobre la Guayana Esequiva. Ese congreso fue abiertamente boicoteado por los EEUU, pero dejó una contundente Declaración antimperialista.

Entre tantos otros procesos de la América Latina pionera, no puede olvidarse la Revolución Mexicana (1910) y particularmente a su Constitución de 1917, que fueron expresiones de una región que en el amanecer de la era del imperialismo hizo la primera revolución social, incluso antes que la Revolución Rusa (1917) implantara el socialismo en el mundo.

No puede olvidarse que la Revolución Mexicana y su Constitución fueron expresiones de una región que, en el amanecer de la era del imperialismo, hizo la primera revolución social.

La Constitución Mexicana de 1917 superó la visión de los derechos meramente individuales que fueron alcanzados por los liberales latinoamericanos una vez llegados al poder. Dicha Constitución prohibió la esclavitud, instauró la enseñanza laica, libre, no religiosa y con primaria gratuita; fue radicalísima con las iglesias, pues no solo las separó del Estado, sino que incluso nacionalizó sus bienes, templos y edificios, que pasaron a ser propiedad de la Nación.

Al mismo tiempo que no reconoció ninguna personalidad a cualquier iglesia, considerando a los sacerdotes como simples personas que ejercen una profesión, prohibió a la Iglesia contar con planteles de educación y cualquier proselitismo público de fe; reconoció el libre ejercicio del trabajo, su voluntariedad, basado en el contrato, aunque ningún pacto o convenio podía restringirlo.

De igual modo proclamó la libertad de pensamiento, la de imprenta y prensa; el libre derecho a la asociación política; la no extradición; la libertad de movilización; libertad de la correspondencia; la no existencia de títulos de nobleza; garantizó la vida, la libertad, la propiedad; prohibió la detención arbitraria, toda tortura y la pena de muerte y la prisión por deudas.

El avance social, más allá de las conquistas liberales, se expresó en otras fórmulas: la propiedad del Estado sobre minas y recursos; el principio de reforma agraria, muy radical para aquellos tiempos, pues los extranjeros no podían tener propiedades fronterizas; los comerciantes, banqueros o corporaciones tampoco podían tener tierras más allá de las necesarias; el respeto a las tierras comunales; la declaración de utilidad pública sobre tierras requeridas para el beneficio social; extensiones máximas de tierra; posibilidad de transferir tierras a los pobladores comunitarios (indígenas y campesinos); prohibición de monopolios y estancos.

A todo ello hay que sumar los derechos laborales, radicalmente formulados: jornada máxima de 8 horas; descansos obligatorios; protección a la mujer trabajadora y la embarazada; salario mínimo; obligación de los empresarios de proveer a los trabajadores de equipos, e incluso escuelas, comedores y guarderías, tanto como tener responsabilidad por accidentes laborales; el derecho de organización, de huelga y de paro; las indemnizaciones por despido; créditos privilegiados en favor de los trabajadores; casas baratas e higiénicas; atención en salud; Cajas de Seguro Populares.   

A la Constitución Mexicana de 1917, cuyo centenario estamos próximos a celebrar, siguieron las otras Constituciones sociales latinoamericanas. En Ecuador, la de 1929, expresión de la Revolución Juliana (1925), fue la primera en consagrar los derechos sociales y laborales e incluso proclamó la propiedad en función social y un principio de reforma agraria, al parecer bajo inspiración del agrarismo mexicano.

Por la vía de seguir el “espíritu” latinoamericano no comprendido por Hegel, podríamos pasar por los mal llamados “populismos” con figuras como Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), Getulio Vargas en Brasil (1930/34-1934/37-1937/45 y 1951-1954) o Juan Domingo Perón en Argentina (1946/52, 1952/55 y 1973-1974); para seguir, entre saltos y brincos históricos, a la Revolución Boliviana de 1952, encabezada por mineros; y de allí a la Revolución Cubana de 1959, primera antimperialista y anticapitalista en el continente.

Hoy contamos con Constituciones y regímenes innovadores en nuestra vasta y multifacética América Latina. En Bolivia y Ecuador se proclamaron Estados plurinacionales. Ecuador es pionero en proclamar los derechos de la naturaleza.

Estamos en pleno momento de agitación del espíritu latinoamericano en la conquista de su libertad

Los gobiernos de nueva izquierda, iniciados por Hugo Chávez en Venezuela (1999), son igualmente pioneros en el mundo en diseñar un camino alternativo al capitalismo de la globalización transnacional, en una época en la que el triunfo del capital y del neoliberalismo parecía imbatible e infinito.

Además, son esos gobiernos de nueva izquierda los que han tomado como bandera la derrota de las desigualdades, el reparto de la riqueza que sigue concentrada en una minoría que cree que ella proviene de su propio trabajo, la dirección del Estado en función de los grandes intereses ciudadanos y no más en torno a los de las elites empresariales, la liquidación de la pobreza, la superación de las condiciones del atraso, etc., valores que renuevan la idea de la construcción de un nuevo socialismo, específicamente del “socialismo del siglo XXI”, que no tiene que esperar el paso del cadáver del capitalismo, sino que se decide a tomar medidas en el presente para la construcción de un futuro.

Estamos en pleno momento de agitación del espíritu latinoamericano en la conquista de su libertad, pese a Hegel y pese a quienes se oponen a esa dialéctica de nuestra fascinante historia.

Quito, 1/Sep/2015

 

ag/jpm

 

*Historiador y analista ecuatoriano, colaborador de Prensa Latina.