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Luis Casado

Casado, Luis

Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica - 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.



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Elogio del impuesto

Por Luis Casado *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Una característica de esta época, en el ámbito económico, es el rechazo de los tributos, tasas y contribuciones que toman el nombre genérico de impuestos. Parece que la “competitividad” depende del grado cero de la tributación de las actividades empresariales.

La organización de la vida en sociedad, la estructuración de formas organizadas de convivencia, el ordenamiento que se traduce en la existencia del Estado y de un gobierno exigió, desde el comienzo, la disponibilidad de recursos económicos. Quienes vivían en un entorno del cual obtenían algún tipo de ventaja (seguridad, protección, servicios…) debían pagar un aporte para el mantenimiento de tales ventajas.

El señor feudal ofrecía protección gracias al mantenimiento de una fuerza armada que protegía el feudo y las actividades que en él tenían lugar. Así, por ejemplo, desde el siglo XII en adelante, gracias a la protección de los duques de Champagne, se desarrollaron las Ferias de Provins y otros pueblos medievales en las cuales se intercambiaban productos provenientes de toda Europa e incluso de Asia y África.

Los condes de Champagne cobraban tributos que hicieron su poder y su fortuna, y acuñaron una moneda, el denario de Provins, cuya credibilidad fue tan grande que era aceptada en un entorno geográfico aun más grande que la actual Unión Europea.

Algo más tarde, en el siglo XVIII, Adam Smith postuló que los impuestos podían ser asimilados a la contribución que paga cada habitante de un condominio a cambio de las ventajas que le procura el vivir en un entorno protegido. Smith fue más lejos, al señalar que la contribución debía ser proporcional a las ventajas que retira cada habitante del sitio en el que vive. En otras palabras, el que obtiene más, paga más, y el que se beneficia menos, paga menos.

El autor de La Riqueza de las Naciones explicó sucinta y claramente para qué sirven los impuestos: “Para financiar el gobierno civil”. Y agregó algo que no debe ser perdido de vista:

“Los ricos, en particular, están necesariamente interesados en sostener el único orden de cosas que puede asegurarles la posesión de sus ventajas” (…) “El gobierno civil, en cuanto tiene por objetivo la seguridad de la propiedad, es instituido en realidad para defender a los ricos contra los pobres, o bien, aquellos que tienen alguna propiedad contra aquellos que no tienen ninguna” (Adam Smith. La Riqueza de las Naciones).

Los ricos encontraron muy pronto la vía para evadir los impuestos: aumentarlo a los pobres que tienen poco dinero, pero hay tantos pobres…

Habría que ser ingenuo para concluir en que, por consiguiente, los ricos pagan religiosamente sus impuestos. La verdad es que, muy tempranamente, quienes obtenían la mejor parte del entorno en que vivían se dieron cuenta que podían sustraerse al impuesto si aumentaban aquellos que pagaban los pobres. Los pobres tienen poco dinero, es cierto, pero hay tantos pobres…

De ahí que bajo la monarquía en Francia, tanto la nobleza como el clero, estuviesen exentos de toda contribución. Al diezmo que cobraba la Iglesia se sumaban gabelas, tallas y otros impuestos y cargas que beneficiaban directamente, ya al señor feudal, ya al rey. No satisfechos, la nobleza y el clero exigían de campesinos y villanos trabajos gratuitos para el mantenimiento de las iglesias, municipios, palacios, vías, puentes, ríos navegables, pontones, muelles y otras obras de arte.

Si algo contribuyó poderosamente al cabreo del Tercer y del Cuarto Estado (burguesía industrial y comerciante por un lado, miserables por el otro), fue precisamente que eran los únicos que pagaban impuestos. La Revolución Francesa encuentra ahí una de sus más poderosos estímulos.

Ahora, en Chile, recién llegado al Ministerio de Hacienda, un ectoplasma llamado Ignacio Briones se apresura a proponer dos medidas tributarias que ponen al desnudo la verdadera cara del actual gabinete de Sebastián Piñera.

El Diario Financiero lo pone en primera página: “El entrante titular de Hacienda apuesta por alcanzar un acuerdo en la materia y se abre a una baja de los impuestos a las empresas: ‘Espero haya agua en la piscina’”. Es probable que, en vez de agua en la piscina, encuentre más gente en las calles, manifestando contra el descaro de quien pretende que, favoreciendo a los privilegiados, pudiese responder a las exigencias de justicia social del pueblo de Chile.

Que el riquerío no pague tributos, amén de las escuelas, servicios y medicamentos, -mientras más del 90% de la población esté obligada a hacerlo-, es el camino más seguro hacia una revolución.

Ignacio Briones, aun menos clarividente que Felipe Larraín, lo que ya es decir, va aun más lejos. Según el Diario Financiero: “Además evalúa mecanismos permanentes de incentivo a la inversión, como la depreciación instantánea”.

La ‘depreciación’, también llamada ‘amortización’, es un procedimiento contable que permite no falsear la realidad patrimonial de una empresa, tomando en cuenta cargas (gastos) que no traen consigo un flujo de caja. Al invertir en inmovilizaciones (maquinaria, instalaciones, etc.) la regla contable impone que el monto invertido sea ‘depreciado’ gradualmente en un periodo de 3 a 5 años (excepcionalmente puede ser más largo o más breve).

De ese modo la empresa ‘recupera’ su inversión habida cuenta que la ‘depreciación’ reduce los beneficios, reduciendo la base de cálculo de los impuestos. Al proponer la ‘depreciación instantánea’ Ignacio Briones busca reducir aún más los impuestos que pagan las grandes empresas.

¿Quiénes financiarán la mal llamada agenda social de Piñera? Los asalariados.

Quien vive de un salario, o aun del llamado ‘boleteo’, no puede reducir impuestos con el mecanismo de la ‘depreciación instantánea’. Tampoco descuenta IVA, como hacen las grandes empresas, aprovechando su actividad social para desgravar hasta el IVA de las fiestas de cumpleaños de sus gerentes.

Alfonso Sweet, un patrón, el empresaurio presidente de la CPC, inquieto por el cariz que toman las protestas, declaró, súbitamente compasivo: "Sabemos que tenemos que meternos las manos al bolsillo y que duela".¿Qué quiere? ¿Qué le lleven un analgésico? Por su parte, un grupito de jóvenes empresaurios, -velociraptores en la cuna-, promete pagar salarios decentes. Es su contribución para volver a la normalidad del business as usual, y que nada cambie. La definición de ‘salario decente’ aun no ha sido entregada.

En realidad lo que tienen que hacer unos y otros -me refiero a los patrones- es pagar impuestos, comenzar a pagar su cuota del condominio llamado Chile. Esa que han evitado hasta ahora con la anuencia de la Concertación, de la Nueva Mayoría y de la derecha con cualquiera de sus denominaciones de fantasía.

Comenzando por el IVA, los presupuestos generales del Estado son financiados sustancialmente por los impuestos exigidos al pobrerío.

Habida cuenta de que son los que más beneficios obtienen, son los que más deben pagar. En los EE.UU., en el período más fasto de la economía yanqui, los millonarios pagaban una tasa marginal cercana al 90%. La tasa marginal es la que se aplica a partir de un cierto monto, cuando el impuesto es progresivo: hasta un monto razonable, la tasa es reducida. De ahí hacia arriba la tasa marginal crece.

Los presupuestos generales del Estado, hasta el día de hoy, son financiados sustancialmente por los impuestos que paga el pobrerío, comenzando por el IVA, visto que a los miserables nadie les pregunta “¿boleta o factura?” El impuesto, como lo puso Adam Smith, fundador de la teoría económica del capitalismo, debe financiar el gobierno civil, la Educación, la Salud y otros servicios públicos.

Que el riquerío no pague tributos, sometiendo a más del 90% de la población al pago de impuestos, además de estafarla con las AFP y haciéndola pagar escuelas, colegios y universidades, amén de los servicios médicos y los medicamentos, es el más seguro camino hacia una revolución.

Los empresaurios idiotas no son. Ignorantes tampoco. Prevenidos quedan.

ag/lc

 

*Ingeniero, profesor e informático chileno.