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Frei Betto

Betto, Frei

Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.

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Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.
 
 


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Futuro incierto de América Latina

Por Frei Betto*

 

El Banco Mundial dio la alarma, a finales del 2015: 241 millones de latinoamericanos podían caer en la pobreza. Es lo que Bauman llama precarización y yo califico de pobretariado. Esos 241 millones no son pobres, ni tampoco pueden ser considerados clase media. Constituyen el 38% de la población del continente, en el cual son considerados pobres todos cuantos se ven obligados a sobrevivir con menos de 4 dólares al día.

Hoy el 37% de la población de América Latina vive de un trabajo informal. Lo previsto es que se llegue este año al 50%, debido a la crisis económica que afecta a países populosos, como Brasil, México, Argentina y Venezuela.

Desde que españoles y portugueses llegaron a nuestras tierras indígenas, la economía continental depende de la exportación de productos primarios, ahora denominados commodities. Pero los grandes importadores, como China y Europa occidental, dan señales de declive.

Hoy están considerados pobres en América Latina 167 millones de personas, de las cuales 71 millones son miserables (sobreviven con un dólar al día como máximo). En el Brasil, según la CEPAL, la miseria alcanza ya al 6% de la población y tiende a agravarse si el ajuste fiscal llega a afectar las políticas sociales y el PIB continúa cayendo.

En la última década la pobreza retrocedió en el continente gracias a los gobiernos progresistas, que adoptaron sistemas de protección de los derechos de los más pobres. Pero con la crisis económica, muchos de los avances seguramente van a retroceder. En el índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU el Brasil pasó del puesto 74 al 75, en la lista de 188 naciones clasificadas sobre la base de tres indicadores: salud, educación, ingresos.

Sin embargo, a pesar de que los ingresos de los brasileños hayan crecido en estos últimos diez años, la desigualdad social prosigue de manera alarmante. Basta con recordar que el 46% de la renta nacional se encuentra en manos de sólo cinco mil familias.

Lo que preocupa es la incertidumbre del gobierno federal. Tan pronto promete mantener los programas sociales como amenaza cortarlos. Además, Planalto -sede del Gobierno- y el PT hacen declaraciones contradictorias.

El Brasil, este año, será el escaparate del mundo, con los Juegos Olímpicos en Rio de Janeiro en agosto, coincidiendo con el inicio de la campaña electoral para alcaldes y concejales. A menos que se produzca un milagro, no será fácil para el gobierno convencer a la opinión pública de que la capital fluminense es de hecho una ciudad maravillosa.

La salud carioca está en la UVI, en estado terminal, y la violencia campea por toda la ciudad, asesinando a niños y adultos que nada tienen que ver con los enfrentamientos entre policías y bandidos.

Éste es el octavo año de funcionamiento de las UPPS (Unidades de Policía Pacificadora). El resultado, por desgracia, es ridículo. En ocho años una generación de niños alcanza la mayoría de edad. Estaría a salvo de la criminalidad si el Estado no se hubiera limitado a establecer puestos policiales sólo en comunidades favelizadas.  Hoy tendríamos una generación exenta de criminalidad si, junto con la policía, se hubieran multiplicado las escuelas, los cursos de artes y oficios, teatros, cines, deportes y danza.

 

ag/fb

 

*Escritor y asesor de movimientos sociales.