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Frei Betto

Betto, Frei

Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.

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Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.
 
 


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La bolsa de la reina

Por Frei Betto*

Especial para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Me intriga la bolsa de Isabel II. Al recibir a la nueva primera ministra, Teresa May, la reina llevaba colgada del brazo izquierdo una bolsa negra, al extender el derecho para saludar a la mujer que acabará de cumplir la fase del doble aislamiento de la Gran Bretaña: por ser una isla del océano Atlántico y por haber decidido retirarse de la Unión Europea.

Quizás usted, lectora, me responda: ¿alguna vez, al recibir una visita en su casa, acostumbra llevar una bolsa? Sería comprensible si fuera lo contrario, o sea la reina recibida en la casa de la primera ministra. Pero resulta que Isabel estaba en su propia casa, el palacio de Buckingham.

Los jefes de Estado, los reyes y las reinas no cargan bolsas ni carteras. No hay fotos de Obama, ni de Ángela Merkel o de Lula con una bolsa o cartera con correa. La excepción es el papa Francisco, que tiene a gala llevar en sus manos una bolsa con los libros que está leyendo.

¿Cuál es la razón para la bolsa de la reina? Además, casi siempre es negra. Y no descarto que sea siempre la misma. ¿Por qué la lleva consigo? ¿Por si acaso necesita con urgencia un pañuelo? Pero ella dispone de asesoras y cualquiera de ellas se podía poner cerca de la reina con un valijín conteniendo todo lo que su patrona necesitase: pañuelo, perfume, pintalabios, espejo, cepillo, papel, lapicero, lista de teléfonos y otros mil objetos que suelen encontrarse en las bolsas femeninas.

¿Será que en la bolsa va guardada una botellita de ginebra? Su madre, la reina Isabel, que murió a los 101 años, no se privaba cada día de una dosis de bebida. O quién sabe si la bolsa contiene un teléfono rojo conectado directamente con las autoridades de la seguridad nacional para el caso de que el país fuera invadido…

Imagino que el ser reina es bueno por cierto tiempo. Después debe de tornarse enojoso vivir al ritmo  de tantos imponderables y someterse a tantos protocolos. Quién sabe si Isabel, al recibir visitas, se queda a la expectativa de oír en el banquete: “¿Señora, no prefiere que conversemos en un pub de Camden Town?” A lo que contestaría entusiasmada: “¡Buena idea! Vamos. Estoy lista”.

El problema es que nadie se atreve a proponérselo a la soberana. Incluso así ella anda con su bolsa por la sala de visitas del palacio.

El enredo monárquico, del cual ella es el principal protagonista,  es real, en el doble sentido. Por eso no dudo de que ella tenga un cierto grado de envidia de nosotros, pobres mortales, que podemos ir y venir con libertad. Si nosotros envidiamos a la reina es porque no sabemos apreciar cuánta felicidad hay en ser una persona común y corriente.

 

ag/fb

 

*Escritor y asesor de movimientos sociales