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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Robar una bicicleta

Por Sergio Berrocal  *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Hacía poco había terminado la II Guerra Mundial (1948) y Vittorio de Sica, la más bella de las sonrisas del cine italiano a la par que un enorme director de cine, consciente de las penurias del pueblo italiano tras la paz -no había trabajo, poco pan y mucha hambre- tuvo la idea de retratar ese momento en una película basada en el robo de una bicicleta.

Un actor totalmente desconocido y algo perdido en el plató, Lamberto Maggiorani, fue el escogido para encarnar a un ladrón de bicicletas, un delincuente ocasional empujado por el hambre. “El ladro de bicicletas”, así se llamó aquella película que dio al cine italiano un prestigio digno de un Oscar. Y ni siquiera el pobre hombre robaba una bicicleta. Estaba en paro y desesperado, dos constantes en la Italia de la posguerra, andaba de un sitio para otro seguido por su hijo, un chiquillo cuajado de polvo, el polvo de la miseria.

Entonces se le ocurrió apoderarse de una bicicleta a la puerta de una empresa. No es que quisiera robar. Quería reemplazar la que le había desaparecido, a manos probablemente de otro hambriento -los premiados de la victoria contra los nazis- porque sin bicicleta no podía acudir al trabajo, y sin trabajo no había nada en la mesa a la hora de comer. Finalmente su hijo impide que robe porque, incluso en la miseria, hay un grado de decencia, aunque no haya pastas con tomate y solo pueda ponerse en la mesa una jarra de agua del grifo.

Todos somos, hemos sido, o podemos ser ladrones de bicicletas. Todos hemos estado tentados alguna vez de mejorar nuestra situación apoderándonos de algo que no nos pertenecía. Recientemente en España, uno de los países europeos con más ladrones de guante blanco, desde banqueros a futbolistas pasando por aficionados como actores, un juez ha condenado a un muchacho español de 16 años, según detalla una información periodística, a seis meses y un día de cárcel en una prisión de la isla de Palma, uno de esos lugares donde abundan los millonarios que han robado antes de llegar a serlo, pero a quienes ningún juez se atrevería a llamar la atención.

Señala la nota de prensa que el muchacho, casi un hombre,  ya había sido condenado por delito de “robo con fuerza”, que no sé muy bien lo que es pero supongo que en el Código Civil, sirve para que no se escape ningún delincuente, de poca monta, claro. Porque ese chiquillo, por malo que sea, es un tonto agudo ya que robar una bicicleta en 2020 no te sirve ni para un argumento de película.  Y aunque hay hambre, miseria y mucho descontento, no tiene excusa.

Al casi “delincuente” de “El ladrón de bicicletas” no lo pusieron en la cárcel ni lo ahorcaron en una plaza porque era una película. Y si Vittorio de Sica decía que se podía intentar robar un bien ajeno, pues vale, era Vittorio de Sica. Los protagonistas de la película no almorzaron aquel día ni el otro ni el otro, porque el padre no había sido capaz de robar la bicicleta.

No creo que el muchacho de Palma necesitara llevarse el trasto para comer, pero ahora le darán lo que necesita en su celda, concebida según los últimos modelos en prisiones. Vivimos a la hora de la Unión Europea, no lo olviden. Le servirán tres comidas por día mientras esté allí, ropa limpia, ducha todos los días con agua caliente y jabón del mejorcito, podrá hacer gimnasia, fumar cigarrillos y entrenarse para atracar un banco, cuando salga ya estará cotizando para la seguridad social. Porque la represión es así de generosa. Y Vittorio de Sica no pronunciará el clásico “¡Corten!”.

Esta es la educación penal que tenemos en nuestro primer mundo, repleto, saturado a reventar de redomados sinvergüenzas que han robado de un modo u otro millones y millones de euros, pero tienen siempre a mano a los mejores abogados. Y qué les digo de algunos futbolistas estrellas, de los que ganan varios millones de euros por mes, y  trasladan a sus abogados, lo más de lo más, en sus aviones personales, y se ríen de los jueces cuando los convocan por alguna estafa cometida. Después de todo, un juez siempre está más cerca de robar una bicicleta que él.

Me dan ganas de aplastarme la cabeza contra el ordenador cada vez que recuerdo al desgraciado de “El ladrón de bicicletas”. Porque eso ha existido, acabo de darles un ejemplo aunque menos dramático. Porque se roba por hambre, pero supongo también que por despecho y, sobre todo,  por la rabia de ver que a los multimillonarios estafadores en Europa, que se crían en todas las lenguas, el diablo los protege. Y ustedes, inocentes lectores,  creían que ya no se iba a la cárcel por robar una bicicleta…

ag/sb

 

*Escritor y periodista francés residente en España.