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Sergio Berrocal

Berrocal, Sergio

Periodista y escritor. Nació en Tetuán, Marruecos.
Ejerció el periodismo durante 39 años y medio (1960-1999) en el Servicio en Español Amsud de la Agencia de noticias France-Press y cumplió funciones como corresponsal de ese medio en España y Brasilia. Tiene 15 libros publicados, entre ellos Güisqui con cine, una recopilación de sus crónicas cinematográficas. Es colaborador de Prensa Latina.



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Esperanza en el Bagdad Café

Por Sergio Berrocal*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

(El tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado.
“El otoño del patriarca”, Gabriel García Márquez)

 

Cuando nadie que te importa dice que te necesita, cuando parece que el suelo se derrumba bajo tus pies y nadie te responde, cuando te arrastras para decirle que necesitas un poco de amor, el cine puede ser el bálsamo que te libere, durante 90 o 120. minutos de las miserias del desamor cotidiano. Una parte importante de mi existencia profesional la he pasado sujeto al parpadear de las pantallas que me transmitían emociones tan fuertes que nadie puede sentir con tanta intensidad. He llorado, reído, suspirado y me he cabreado por y para una película.

John Ford me ha llenado de sentimientos casi patrióticos y fervorosos, me ha hecho creer en la bondad humana. Billy Wilder me ha llevado a la ensoñación. Claude Sautet me ha dado ganas de seguir viviendo, de seguir luchando. Y, a veces, las sensaciones vividas en ese confesionario que es una pantalla para el buen espectador,  me han permitido seguir adelante e incluso no mirar demasiado atrás. Para los cinéfilos, entre quienes me apunto, a Freud lo ha reemplazado un conjunto de directores de cine que, de una forma u otro han estado a nuestro lado cuando los necesitábamos.

Hace tiempo que he perdonado la inmensa estupidez de casi todas las televisoras europeas (muchas de las cuales no giran más que alrededor de los escándalos y cómo llevarlos al telespectador de la forma más “realista”) porque, de vez en cuando, se les escapa y sale de sus entrañas una joya del cine olvidado. Recientemente fue Bagdad Café la que emergió de un canal alemán con la premura de las princesas violentadas por los brujos y nunca despiertas por el beso de un príncipe.

Una mayor parte de los 12 lectores que tengo probablemente no han visto este filme, que en 1987 realizó Percy Adion. Nunca podré agradecerle cómo se merecen estos 91 minutos de felicidad húmeda. Y la verdad es que no entiendo cómo puede haber gente que todavía no ha aprendido a “cocinar” historias bonitas.

Es que cuando de pronto te sientas y emerge de la pantalla una banda sonora que nunca olvidarás y un plano largo empieza a descubrir a la enorme Marianne Sagebrecht -una actriz impresionantemente humana, casi translúcida pese a su obesidad contemplativa- tienes que ser muy desgraciado para no sentirte agradecido.

Jasmine, la gorda, es una turista alemana -bávara para ser más precisos-, al sur de todas las latitudes, que aparece como un tornado en un motel de carretera del desierto de Mohave, allá por lo más profundo de los Estados Unidos. Nadie sabe y a nadie le importa por qué ha aterrizado allí. Es como un ET perdido y encontrado en un mundo hostil.

Jasmine ocupa una habitación en ese simulacro de hotel sediento que regenta una mujer de carácter fuerte como la desgracia, Christine Kauffman, llena de dolores de la vida y amarguras que las tempestades de arena del desierto traen y llevan con el capricho de toda meteorología que se respete.

En ese lugar perdido, en esa América profunda -que el alemán Wim Wender nos hizo descubrir hace ya años con la delicadeza de un europeo cuando pisa tierra ajena-. Jasmine descubre un amigo encontrado, un pintor que no sabe siquiera que a lo mejor tiene talento. Y uno queda encantado porque para ese papel casi diáfano, de película de derechos de nacer y abortar, se ha elegido a Jack Palance, ese actor norteamericano llegado hace una eternidad de las frías estepas rusas.

Como tenía un rostro desgraciado, en el que la naturaleza había escupido con rabia una nariz de boxeador de KO en el primer asalto, todo el mundo le dio papelones de bandido, de asesino a sueldo. Un empleo con el que ha tenido momentos de gloria cuando el cine negro norteamericano rezumaba el talento violento de realizadores emigrados como Jules Dassin, quien, con Naked City colaba el neorrealismo en el relato cinematográfico policiaco y con Night and the City entregaba a Richard Widmark uno de esos personajes en blanco y negro que te permiten entrar en la historia del cine.

Pero el Jack Palance de Bagdad Café es un alma sensible, con un cuerpo de hipie metido en unos pinceles delicados que pintan con amor. Una delicia de papel. Cuando la cámara muestra el desvalido cartel que anuncia a los camioneros que están en Bagdad Café hay como una nostalgia de la magia de ese nombre propio.

El Bagdad de los cuentos de las mil y una noches donde sultanes sátrapas obligaban a bellas esclavas a no parar de contar cuentos si no querían morir. El de Aladino y esa lámpara mágica con la que todos hemos soñado. El Bagdad de la más maravillosa civilización árabe que dejaría sus reflejos más gloriosos en esta isla africana mía donde hoy estoy varado en una playa que mira a Africa. Y, claro, el Bagdad de todas las muertes desde que el Imperio decidió llevar a Iraq la democracia.

En ese desierto mítico, la gorda alemana -¿habrá algo más entrañable que una mujer metidita en carnes, desbordante de carnes que un hombre grueso como dicen los finos?- impondrá la magia traída de su lejano país. Habrá felicidad, como si ella fuese un hada buena, y hasta los camioneros embrutecidos por las hamburguesas de la eternidad yanqui sonreirán por un rato como si fuesen felices.

En otro café, uno elegante de París, me encontré a Nely y al señor Arnaud (Nely et Monsieur Arnaud) -que a través del encanto de los mil y un sueños de Emmanuelle Béart y la madurez interpretativa de Michel Serrault, la mano experta de Claude Sautet, uno de los grandes del cine francés- me recordaba esa historia de amor fallido entre un sexagenario y una chiquilla que apenas está entrando en la vida.

(Anoche, entiéndase como anoche mi propio calendario, en una cena aburrida y de postín, una camarera que apenas había rebasado la edad legal de los 18 años estuvo pendiente todo el tiempo de mí. Me creí enamorado. Creí que la había enamorado. Una amiga libanesa a quien le he contado esta mañana la “aventura” me desinfló rápidamente al argumentarme: “probablemente te ha visto en la tele”. Y yo que soñaba…).

Quizá algunos de ustedes piense que es exagerado hacer creer que el cine es una terapia cuando uno se ve envuelto por el calor de películas como estas de las que les he hablado. Tal vez haya quien, incluso, piense que es remedio de tonto con aspiraciones elitistas. Podría ser, pero a mí me han dado un ratito de felicidad. ¿Qué más se le puede exigir hoy a la vida?

ag/sb

 

*Escritor y periodista francés residente en España.