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Castro Herrera, Guillermo

Panamá, 04-09-50 Doctor en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993-1995. Maestría en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, 1977-1979. Licenciado en Letras, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, 1968-1973.

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Fundación Ciudad del Saber, Panamá: Vicepresidente de Investigación y Formación, 2013 a la fecha.

Algunas publicaciones:

El Agua entre los Mares. La historia ambiental en la gestión del desarrollo sostenible. Editorial Ciudad del Saber. Colección El Saber de la Ciudad. Ciudad del Saber, Panamá, 2008.

Para una Historia Ambiental Latinoamericana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004. Naturaleza y sociedad en la historia de América Latina. CELA, Panamá, 1996.

Distinciones Miembro, Consejo Internacional del Proyecto José Martí de Solidaridad Mundial. Investigador Asociado y Miembro del Comité de Honor, Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, La Habana, Cuba. 16 de junio de 2006. Presidente, Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, abril 2006 a abril 2008.

Distinción Por la Cultura Nacional, otorgada por el Ministerio de Cultura de la República de Cuba. Resolución No. 107, La Habana, Cuba, 19 de julio de 2002.

Premio Casa de las Américas, sección de ensayo, La Habana, Cuba, 1994, con el libro Los Trabajos de Ajuste y Combate. Naturaleza y sociedad en la historia de América Latina.



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De la política martiana

Por Guillermo Castro

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

Contra la verdad, nada dura: ni contra la  Naturaleza.
                                                          José Martí[1]

 

Los pueblos, dijo una vez José Martí, “son como los volcanes, se labran en la sombra, donde sólo ciertos ojos los ven; y un día brotan hechos, coronados de fuego y con los flancos jadeantes, y arrastran a la cumbre a los disertos y apacibles de este mundo, que niegan todo lo que no desean, y no saben del volcán hasta que no lo tienen encima. Lo mejor es estar en las entrañas, y subir con él!”[2]

Esa imagen poética forma parte de un pensar y un hacer políticos que nacen  del amplio proceso de renovación cultural y moral que condujo a la  generación de Martí a romper con el liberalismo oligárquico  hispanoamericano, y a la formación de un liberalismo democrático radical, que tendría un amplio impacto en nuestra cultura moderna. En ese ámbito, la  política martiana vendría a ser así cultura en acto, expresión práctica de  virtudes de orden moral.

Dichas virtudes, a su vez, solo serían políticamente eficaces en la medida en que se correspondieran -por afinidad o contradicción- con la realidad  histórica de nuestras sociedades. En ese sentido, decía,

La política es la verdad. La política es el conocimiento del país, la  previsión de los conflictos lamentables o acomodos ineludibles entre sus  factores diversos u opuestos, y el deber de allegar las fuerzas necesarias  cuando la imposibilidad patente del acomodo provoque y justifique el  conflicto. Lo que se tiene en el corazón, lo que se saca del  corazón del  país, se dice con una fuerza que despierta a los montes dormidos, a los montes que ya se desperezan y engalanan: *y el mérito es de la verdad, y no de quien la dice*.[3] <#_ftn3>

Esa visión de la política sustentada en la evidencia ofrecida por el  estudio de la sociedad  buscaba “acomodar al fin humano del bienestar en el  decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a  su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él”.

Esto resulta tanto más  importante en un mundo que, como el nuestro, se encontraba “en tránsito  violento, de un estado social a otro”, en el cual  los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se  obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y  la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a  todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos elementos, disípanse  las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas  originales del estado nuevo: ahora estamos, en cosas sociales, en medio del  combate.[4] <#_ftn4>

En un mundo así, la política había de ser entendida como “el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país de modo  que […] vivan sin choque, y en libertad de aspirar o de resistir, en la paz  contínua del derecho reconocido, los  elementos varios que en la patria  tienen título igual a la representación y a la felicidad.[5] <#_ftn5>

Una nueva generación de jóvenes radicales está en las calles y, aunque quizás no lo sepan, Martí está con ellos, luchando a su par.

Sin embargo, la sociedad cubana emergía por entonces de una fase esclavista  en su desarrollo, que dejaba un legado de discriminación, mientras por otra parte acusaba en las clases trabajadoras urbanas la presencia de un  anarquismo sectario, activamente promovido por las autoridades coloniales  para favorecer divisiones y conflictos internos en el movimiento  independentista.

A eso cabe agregar que en la visión martiana la independencia de Cuba del colonialismo español era concebida, además, como una  contribución al equilibrio del mundo,  amenazado por los crecientes conflictos entre potencias imperialistas que se disputaban la primacía en  el mercado mundial.

Ante esa circunstancia, Martí podía decir en una carta a su amigo Fermín  Valdés Domínguez que aquella idea socialista, “como tantas otras”, tenía  dos peligros: “- el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, -y el de la soberbia y rabia  indisimulada de los ambiciosos, que para ir  levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.”

Aun así, consideraba  que en el pueblo cubano no era tanto el riesgo, “como en sociedades más  iracundas, y de menos claridad natural.” Por lo mismo, decía, era necesario  explicar la necesidad de “*no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla*”, y “siempre con la justicia, tú y yo,  porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a  desertar de su defensa.”[6] <#_ftn6>

Esa tarea era tanto más urgente, para abrir paso a la aspiración colectiva  a un gobierno, concebido como “*el arte de ir encaminando sus realidades, bien sean rebeldías o preocupaciones, por la vía más breve posible, a la  condición única de paz, que es aquella en que no haya un solo derecho mermado*.”[7] <#_ftn7>

Es a la luz de esa idea, en aquella compleja  realidad, que se aprecia en su riqueza mayor su visión sobre el partido  como herramienta de *esa* política: la grandeza del Partido Revolucionario, dijo, consistía en que “para fundar una república, ha empezado con la  república. Su fuerza es ésa: que en la obra de todos, da derecho a todos.”[8] <#_ftn8>

Nunca como hoy, cuando el volcán que es nuestra América emerge de nuevo coronado de fuego, han sido tan valiosas estas experiencias y estas ideas. Una nueva generación de jóvenes radicales está en las calles y, aunque  quizás no lo sepan, Martí está con ellos, luchando a su par.

ag/gc

 

*Investigador, ambientalista y ensayista panameño.

 

Referencias bibliográficas

[1] <#_ftnref1> “Carta a Gonzalo de Quesada”. Nueva York, 1892. *Obras Completas*. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V: 195. Todas las citas de Martí provienen de esta edición.

[2] <#_ftnref2> “Discurso en *Hardman Hall*, Nueva York. 17 de febrero de 1892.” IV: 302

[3] <#_ftnref3> “Ciegos y desleales”. *Patria*, Nueva York, 28 de enero de 1893. II: 215.

[4] <#_ftnref4> “*Cuentos de Hoy y de Mañana*, por Rafael Castro Palomares”. *La América*, Nueva York, octubre de 1883. V: 109.

[5] <#_ftnref5> “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y el deber de Cuba en América”. *Patria*, 17 de abril de 1894. III: 139.

[6] <#_ftnref6> “Carta a Fermín Valdés Domínguez”, Nueva York, mayo, 1894. III: 168.

[7] <#_ftnref7> “Los pobres de la tierra”. *Patria*, Nueva York, 24 de octubre de 1894.III: 304.

[8] <#_ftnref8> II, 278: “Persona, y patria”. *Patria*, Nueva York, 1 de abril de 1893.II: 278.