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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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¿Por qué la recurrencia de masacres en Estados Unidos?

Por Marcelo Colussi *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Hoy día ya no es una novedad la noticia de una masacre en Estados Unidos. Lo curioso es su modalidad: un “loco”, armado hasta los dientes, comienza a matar personas, a diestra y siniestra, en medio de una escena de aparente tranquilidad ciudadana.

Si ocurriera lo mismo, por ejemplo, en una nación africana o centroamericana, valdría para continuar estigmatizándola como “países pobres y, fundamentalmente, violentos”. En el Sur del mundo, la violencia y la muerte cotidianas adquieren otras formas: no hay “locos” que perpetren masacres de tal naturaleza. La muerte violenta está incorporada al paisaje cotidiano, recordándonos que muere más gente por hambre -otra forma de violencia- que por proyectiles de armas de fuego.

La repetición continuada de esos hechos nos obliga a indagar su significado. Si bien es cierto que en muchos lugares del planeta la violencia campa insultante -con guerras y criminalidad desatadas, luchas tribales o sangrientos conflictos civiles- no es  común  este otro tipo de matanza que la potencia del Norte muestra casi con regularidad, y ya es parte  de su naturaleza.

Como lo atestigua la Asociación Nacional del Rifle, fundada en 1871, la pasión por las armas no es nueva en el país norteño. En los últimos años se han invertido 10 millones de dólares para preservar el derecho a poseerlas y portarlas, como reza la segunda enmienda de la Constitución.

Explicarla sólo en función de explosiones psicopatológicas individuales puede ser una primera vía de abordaje, pero no abarca, en modo alguno, la complejidad del fenómeno. Sin duda quienes llevan a cabo esas masacres -y en muchos casos terminan suicidándose- pueden ser personalidades desestructuradas, psicópatas o psicóticos graves. ¿Pero por qué no ocurre lo mismo  en los países del Sur, plagados de guerras internas y armas de fuego, donde la cultura de la violencia está siempre presente y las violaciones de los derechos humanos son el pan nuestro de cada día?

¿Por qué se repiten, en cambio, con tanta frecuencia, en la gran potencia? Ello es consecuencia de climas culturales que no es posible dejar de tener en cuenta. La sociedad estadounidense, en su conjunto, es tremendamente violenta. Su clase dirigente -hoy por hoy clase dominante a nivel global- la integra un grupo de poder con tal ansia de dominación como jamás se había registrado en la historia. El grueso de la sociedad no escapa a ese clima general, entronizado y asumido como un derecho propio.

Exultante, y sin la más mínima sombra de duda o recato, el representante de Washington ante Naciones Unidas, en 2005 -ahora un alto dirigente de la Casa Blanca-, en medio del clima de “guerras preventivas” que echó a andar tras los atentados a las Torres Gemelas, sostuvo: “cuando Estados Unidos marca el rumbo, la ONU debe seguirlo. Cuando sea adecuado a nuestros intereses hacer algo, lo haremos. Cuando no lo sea, no lo haremos”.

Es decir, la gran potencia se arroga el derecho de hacer cuanto le plazca en el mundo y, si para ello tiene que apelar a la fuerza bruta, lo hace. Es decir, el vaquero “bueno” matando a los indios “malos” cuando lo desee: así de simple.

Como todos los imperios en cuya base prima siempre un saqueo, Estados Unidos ha construido su prosperidad sobre los cimientos de una violencia monumental y extrema. La conquista del Oeste, la matanza indiscriminada de indígenas americanos, el despojo de tierras a México, la expansión sin límites, a punta de balas; el racismo feroz de los anglosajones blancos contra los afrodescendientes -con linchamientos hasta hace poco más de 50 años-; el Ku Klux Klan, aún activo hoy día, o el racismo imperante, en la actualidad, contra los inmigrantes hispanos, legalizado con leyes fascistas. Toda esa carga permea su cultura.

Estados Unidos es el único país del mundo que utilizó armas nucleares contra la población civil. Japón ya había perdida la guerra, en agosto de 1945, cuando éstas fueron disparadas.

Productor de más de la mitad de las armas que circulan en el planeta; dueño del mayor arsenal de la historia, Estados Unidos es la representación por antonomasia de la violencia imperial, el desenfreno armamentista, el ideal de supremacía.

País presente de modo directo o indirecto en todos los enfrentamientos bélicos que se libran actualmente en el mundo; productor de más de la mitad delo armamento que circula en el planeta; dueño del mayor arsenal de la historia -con un poder destructivo que permitiría hacer pedazos la Tierra en cuestión de minutos- ,y productor de alrededor del 80 por ciento de los mensajes audiovisuales que inundan el globo terráqueo -con la versión maniquea de “buenos” versus “malos”-, Estados Unidos es la representación por antonomasia de la violencia imperial, el desenfreno armamentista, el ideal de supremacía. Las declaraciones de Bolton -antes citadas-, no pueden ser más elocuentes.

Su símbolo patrio, el águila de cabeza blanca, lo ilustra de forma cabal. Ave rapaz, por excelencia, en muchas ocasiones se alimenta de carroña o robando las presas de otros cazadores, lo cual indujo a Benjamin Franklin a oponerse con vehemencia a utilizarla con tal fin. [El águila blanca]“no vive honestamente. Por haraganería no pesca por sí misma. Ataca y roba a otras aves pescadoras”, escribió indignado, al fundamentar por qué no debía ser elegida como símbolo nacional. Obviamente, sus ideales no triunfaron.

Lo que ocurre, casi con regularidad con las masacres de civiles a manos de otro(s) civil(es) desquiciado(s), es consecuencia natural y obligada -cabría decir- de una historia en que la apología de la violencia y las armas de fuego subyace en los cimientos de la sociedad. “El derecho a poseer y portar armas no será infringido”, establece tajante la segunda enmienda de su Constitución.

Para salvaguardar ese derecho y “promover y fomentar el tiro con rifle con una base científica”, se fundó en 1871 la Asociación Nacional del Rifle -hoy día la más antigua de su tipo en el país-, con cuatro millones de miembros y 30 millones de allegados y simpatizantes. Por lo que puede apreciarse, la pasión por las armas (¿por la muerte?) no es nueva. Las masacres son parte fundamental de la historia de Estados Unidos.

De acuerdo con informaciones de la organización Open Secrets, en los últimos años diferentes instancias que abogan por restringir las armas de fuego, han invertido unos dos millones de dólares en sus campañas, en tanto la Asociación Nacional del Rifle -en ese mismo período- ha cabildeado e invertido más de 10 millones para mantener intocable la segunda enmienda que lo refrenda.

Si es cierto -como afirmara Sigmund Freud- que no hay una real diferencia entre psicología individual y social -ya que en la primera está contenida la segunda-, la “locura” de cualquier asesino que masacra a personas en una situación de aparente calma no es sino la expresión de una cultura de la violencia que permea toda la sociedad estadounidense, convirtiéndola en portadora de un “destino manifiesto”.

En el medioevo europeo se alucinaba con vírgenes; en el siglo XX con platillos voladores, en Estados Unidos con Rambos impunes. Pero ¡cuidado!…: la realidad es infinitamente más compleja que la de vaqueros “buenos” contra indios “malos”.

ag/mc

 

*Catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.