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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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Latinoamérica y la ocupación estadounidense

Por Marcelo Colussi *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Latinoamérica constituye la reserva “natural” de la geopolítica expansionista de la clase dominante de Estados Unidos. Desde la tristemente célebre Doctrina Monroe, formulada en 1823 (“América para los americanos”…, del Norte), la voracidad del capitalismo estadounidense ha hecho de esta región del planeta su obligado patio trasero.

En todos los países de esta gran zona geográfica, desde el momento mismo del nacimiento de las aristocracias criollas, el proyecto de nación fue siempre muy débil. Estas oligarquías y “sus” países no nacieron (distintamente a las potencias europeas, o al propio Estados Unidos) en tierra americana al calor de un genuino proyecto de nación sostenible con vida propia, con vocación expansionista. Por el contrario, volcadas desde su génesis a la producción agro-exportadora primaria para mercados externos (materias primas con muy poco o ningún valor agregado), su historia está marcada por la dependencia, incluso por el malinchismo.

El capitalismo globalizado y dominador tiene, en la actualidad, a Estados Unidos como su principal exponente. Latinoamérica entra en esa lógica de dominación global, como proveedora de materias primas y fuentes energéticas.

Oligarquías con complejo de inferioridad, buscando siempre por fuera de sus países los puntos de referencia, racistas y discriminadoras con respecto a los pueblos originarios -de los que, claro está, nunca dejaron de valerse para su acumulación como clase explotadora-, toda su historia como segmento social, y por tanto la de los países donde ejercieron su poder, va de la mano de potencias externas (España o Portugal primero, luego Gran Bretaña, y desde la doctrina Monroe en adelante,  Estados Unidos).

Ahora bien: esto debe entenderse en la lógica de expansión natural del sistema capitalista. El capitalismo, desde sus albores, mostró una tendencia irrefrenable: su expansión como sistema y la concentración del capital. La necesidad de mercados, nuevos y cada vez más variados y extendidos, le es intrínseca. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido”, anunciaba Marx en 1858.

Con el grito de “¡Tierra !” proferido por Rodrigo de Triana desde el palo mayor de la Santa María la madrugada del 12 de octubre de 1492, se inicia la expansión del capitalismo y la verdadera globalización. Ahí la Tierra efectivamente se hace redonda, y los capitales comienzan a esparcirse planetariamente en búsqueda de: 1) mercados (para realizar la plusvalía); y 2) materias primas para la producción de nuevas mercancías inventando interminablemente nuevas necesidades.

Entrado el siglo XXI, la situación presenta a un Estados Unidos dominador de su “patio trasero” presuntamente natural. Latinoamérica es su retaguardia, y el país del Norte su centro imperial, aunque ya no como los europeos de siglos pasados. ¿Por qué sucede esto? No por una maldad inmanente de los halcones que gobiernan desde Washington; es el sistema socio-económico imperante el que lleva a este estado de cosas.

El capitalismo actual, absolutamente globalizado y dominador de la escena política internacional en estos momentos, tiene en Estados Unidos su principal exponente. Los megacapitales que manejan el mundo siguen siendo (en fundamental medida) estadounidenses; hablan en inglés y se rigen por el dólar. Ese capitalismo desenfrenado necesita en forma creciente materias primas y energía. La mundialización del “american way of life” lleva a un consumo interminable de recursos. Poder asegurarse esos recursos y las fuentes energéticas, otorga la posibilidad de manejar la Humanidad.

Latinoamérica entra en esa lógica de dominación global, ante todo, como proveedora de materias  primas y fuentes energéticas. El 25% de todos los recursos que consume Estados Unidos proviene del subcontinente latinoamericano. Aquí obtiene, entre otras cosas, petróleo, gas natural, minerales estratégicos (bauxita, coltán, niobio, torio), biodiversidad de las selvas tropicales, y tiene puesto los ojos en las enormes reservas de agua dulce.

La deuda externa de toda la región hipoteca eternamente el desarrollo de los países, y sólo algunos grandes grupos locales -en general unidos a capitales transnacionales- crecen. Por el contrario, las grandes mayorías populares, urbanas y rurales, decrecen continuamente en su nivel de vida. Lo que no cesa es la transferencia de recursos hacia Estados Unidos, ya sea como pago por servicio de deuda externa o como remisión de utilidades a las casas matrices de las empresas que operan en la región.

La clase dirigente estadounidense se cuida muy bien de no perder todos estos intereses, vitales sin dudas para el mantenimiento de sus privilegios. Para ello está su política exterior hacia Latinoamérica, consistente básicamente en el papel que juegan sus gobiernos, no importando si son demócratas o republicanos: la historia pareciera escrita desde siempre. Desde la época de Simón Bolívar, quien en 1829 dijera que “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad”, hasta nuestros días, la tendencia se mantienen similar.

Entrado el siglo XXI, está claro que América Latina es un territorio ocupado por la geopolítica hemisférica de la Casa Blanca, pero aunque EE.UU. parece una potencia invencible no lo es. La historia de la región nos lo demuestra.

Los intereses de los grandes capitales de EE.UU. necesitan de los países latinoamericanos y caribeños. Para ello controlan la región al milímetro. La controlan con diversos medios: con la manipulación injerencista en la política local, con la dependencia tecnológica, con la impagable deuda externa, con la sujeción comercial. Y. cuando todo ello no alcanza,  apelan a a las armas.

Tanto el Documento Santa Fe IV -clave ideológica de los actuales halcones ligados al complejo militar-industrial, que son quienes realmente fijan la política exterior- como el “Documento Estratégico para el año 2020 del Ejército de los Estados Unidos” o el Informe “Tendencias Globales 2015” del Consejo Nacional de Inteligencia, organismo técnico de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), presentan las hipótesis de conflicto social desde una óptica de conflicto militar.

La reducción de la pobreza y el combate contra la marginación recogidas en la ambiciosa (y quizá incumpible en los marcos del capitalismo), agenda de los “Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015-2030”, de Naciones Unidas, es algo que no entra en los planes geoestratégicos del imperio. Al que proteste o intente ir contra sus intereses hegemónicos, ¡mano dura! No hay otra respuesta. Para eso están unas 70 bases militares, con alta tecnología, resguardando toda Latinoamérica y el Caribe.

¿Por qué tanto control? Las excusas del combate al narcotráfico o al terrorismo internacional quedan cortas. La instalación más grande y poderosa se está construyendo en Honduras, muy cerca de las reservas petrolíferas de Venezuela. ¿Coincidencia?

En el Chaco paraguayo se localiza la base Mariscal Estigarribia -con capacidad para albergar 20 mil soldados-, cerca del Acuífero Guaraní y de las reservas de gas de Bolivia. ¿También coincidencia? Cuando luego de décadas de inactividad se reactivó la Cuarta Flota Naval, el entonces presidente brasileño Lula da Silva se preguntó: “Ahora que hemos descubierto petróleo a 300 kilómetros de nuestras costas, nos gustaría que Estados Unidos por favor nos explique lo que está en la lógica de esta flota en una región tan pacífica como esta”.

Está claro que Latinoamérica es un territorio ocupado por la geopolítica hemisférica de la Casa Blanca. Y no hay, precisamente, fortuitas “coincidencias” entre su intervencionismo (político o militar) y los intereses que defiende. Hay, para decirlo con exactitud, una calculada agenda de dominación.

 Pero no está todo perdido. Si bien Estados Unidos parece una potencia invencible, no lo es. La historia nos lo demuestra. Aunque su control sobre nuestros territorios se ve omnímodo, siempre quedan resquicios. La historia de la Humanidad, en definitiva, es una larga, interminable lucha entre opresores y oprimidos. Y la historia ¡no está terminada!, como triunfalmente cantara el sistema hace unos años atrás, tras la caída del Muro de Berlín.

Si tanto se arma el imperio para controlar, es porque sabe que en algún momento la olla de presión puede explotar, como ya explotó en algunos puntos: Cuba, Nicaragua, Venezuela. Por eso, para no quedarnos con el amargo sabor de que no hay salida ante tanta dominación, recordemos a Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.

ag/mc

 

*Catedrático universitario, politólogo y articulista argentino.