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Luis Casado

Casado, Luis

Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica - 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.



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Cocoricó, Cocoricó (II)

Por Luis Casado *

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Genios que han inventado formas de terminar con la pobreza no han faltado, incluso hubo algunos que -como en la Inglaterra del siglo XVIII- intentaron terminar con los pobres. Colgándolos. Sin tener en consideración la fragilidad de las vértebras cervicales del proletariado.

“En el extremo noreste de Hyde Park se levantaba la horca de Tyburn, el ‘árbol de los “ahorcados’ de Londres. Allí, de 1571 a 1783, 50 mil personas fueron ejecutadas públicamente” (Peter Linebaugh. -Los Ahorcados de Londres, Le Nouveau Magasin Littéraire, nº 6 del 6 de junio de 2018).

La horca de Tyburn no fue la única: la apropiación privada de las tierras comunales trajo una miseria espantosa y Marx pudo escribir “El capitalismo nació chorreando lodo y sangre por todos sus poros”. Luego de recorrer su reino, su graciosa majestad la reina Victoria pudo declarar: “El hambre está en todas partes”. Colgar pobres devino deporte nacional, con la muy cristiana y compasiva intención de terminar con ellos.

Recientemente Emmanuel Macron, presidente de Francia, inventó un método más cool, en su sueñito irresponsable de construir una start-up nation (una nueva nación) afirmó que bajándoles los impuestos a los ricos estos podrían invertir más, y así darles trabajo a los miserables. Dicho y hecho: suprimió el Impuesto a las Grandes Fortunas. Los resultados no se hicieron esperar: el año pasado Francia vio aumentar en medio millón la cantidad de ciudadanos que viven bajo el umbral de pobreza. ¡Medio millón!

El método Macron, una variante del “chorreo”, ha logrado que la Francia de hoy -que nunca ha sido más rica en toda su historia- albergue nada menos que 9 millones 300 mil pobres. La TV pública lo resume de este modo: “El Ejército de Salvación alerta sobre la progresión inquietante de la pobreza que constata porque debe alimentar cada vez más personas”.

Para el flamante trío de premios Nobel, la miseria no es un fenómeno social ligado al modo de producción y distribución de la riqueza, sino una cuestión individual que toca las decisiones cotidianas.

Francia, durante décadas primer exportador de productos agrícolas del mundo… tiene millones de ciudadanos muriéndose de hambre. Los Restaurantes del Corazón, ONG fundada por Coluche, distribuyen cada año cientos de millones de platos de comida a un número creciente de mal nutridos, muchos de ellos estudiantes universitarios.

Este Siglo de las Luces Apagadas ha visto al Estado francés perseguir en justicia a los ciudadanos solidarios que comparten sus alimentos con los inmigrados… Jesús, ¡despierta! Darle de beber al sediento y de comer al hambriento… es delito en la patria de los Derechos del Hombre. De ahí que la decisión de otorgarle el falso premio Nobel de economía al trío Duflo-Banerjee-Kremer, por sus experiencias de terreno en la lucha contra la pobreza, haya sido calificada de “inédita”.

¿De cuándo acá los economistas deben ocuparse del hambre en la Tierra? Hasta ahora triunfaban, en la casuística y en la teoría de los juegos, los especialistas de las matemáticas estocásticas que, dicho sea de paso, confiesan no tener la más pijotera idea de economía… Un economista que se ocupa de cosas concretas, de algún problema serio: he ahí lo inédito.

Nuestros tres galardonados inventaron un método para reducir la pobreza. Un método matemático, estadístico, aleatorio. Habiendo constatado que las políticas públicas no han logrado terminar con la pobreza, y muy por el contrario suelen agravarla, los tres genios se dieron a la tarea de estudiar muy de cerca los casos en que alguna intervención externa -poder local, provincial, regional o estatal, ONG, filántropos, benefactores de la humanidad, charities (caridades) y otras- surtió algún efecto, con el encomiable propósito de generalizar precisamente ese tipo de intervención o ayuda.

Para ello desarrollaron el método de la randomisation [1]. Así como lo lees. Para explicar de qué iba el tema, Abhijit Banerjee y Esther Duflo publicaron un libro, Poor Economic, con un subtítulo que te tira de espaldas: “radical rethinking of the way to fight global poverty” (repensando radicalmente el modo de luchar contra la pobreza global).

El libro recibió algunos premios (los únicos que salen de la pobreza son los economistas…), como por ejemplo el Financial Times and Goldman Sachs Business Book of the Year. Que el Financial Times y -mejor aún- los filibusteros de Goldman Sachs, sean sensibles a la miseria no estaba en mis libros. Uno no termina de aprender.

Sanjay G. Reedy, profesor asociado de Economía en la New School for Social Research, y hasta hace poco miembro del grupo independiente de asesores económicos de la ONU, escribe:

“A pesar de su pretensión de haber implementado un método más científico para determinar ‘qué es lo que funciona’, el libro le presta mucho menos atención a los argumentos estadísticos que a la presentación de las observaciones de los propios autores, relativa a la naturaleza de la vida de la gente pobre, así como sus juicios, informados en algunos casos por ensayos aleatorios sobre qué ‘intervenciones’ funcionan mejor para mejorar esas vidas.”.

Reedy precisa:

“Los autores insisten en que hay soluciones para los problemas que confronta la gente pobre, y que ellas incluyen típicamente pequeñas modificaciones en el diseño de los esfuerzos actuales así como la eventual generalización (o ‘scaling up’) de las intervenciones que de allí surgen. El foco de tal narrativa son los individuos (u hogares) como actores capaces de decidir, cuyas decisiones en medio de la pobreza pueden ser estratégicamente formateadas para capacitarles mejor para salir de ella.”

El estilo en plan cháchara es propio de los economistas y forma parte de su forma de pensar. Seamos indulgentes con Sanjay G. Reedy: pasar por la ONU suele estropear al más pintado. De lo que precede hay que retener que para el flamante trío de premios Nobel, la miseria no es un fenómeno social ligado al modo de producción y de distribución de la riqueza, sino una cuestión individual que toca las decisiones cotidianas de cada quien.

Del mismo modo que los asesores de gestión de fortunas te ayudan a forrarte, más de lo que ya estás sugiriéndote, inversiones en plan high yield[2], la troika premiada funge en plan de asesores del pobrerío para arbitrar decisiones tan importantes como escoger entre el té y el café, trabajar 8 horas diarias o bien de sol a sol; tener otro hijo o comprar una camioneta; casarte o frecuentar las meretrices (Gary Becker, premio Nobel de Economía), robar o trabajar en función del nivel de riesgo existente y  la rentabilidad neta del robo.

En un mundo en el que la previsión de Karl Marx -la baja tendencial de la tasa de plusvalía se hace dolorosamente realidad- mantener el nivel del lucro, o aumentarlo, deviene casi imposible, lo cual aumenta masivamente la miseria, como vemos ahora en Francia.

No lo invento: estas patrañas han sido expuestas desde hace siglos y, aparte Gary Becker, quien pretende que hasta el sexo es resultado de un cálculo económico, Vilfredo Pareto (1848-1923) ya había afirmado que el que roba 10 mil vale más que el que gana 100 honradamente. Para Vilfredo Pareto el robo es un simple fenómeno de mercado. Arbitrar entre trabajar en la fábrica, por mil dólares al mes, y ganar 10 mil dólares revendiendo droga… para Pareto es de una sencillez bíblica.

Este tipo de basura pasa por alto lo que David Ricardo (1772-1823) estableció definitivamente en el siglo XIX: la cuestión de fondo es la distribución de la riqueza. Para que haya milmillonarios es preciso fabricar millones de pobres. Ricardo decía que, si aumentas el nivel general de salarios, disminuyes proporcionalmente el nivel del lucro. Y viceversa. En la sociedad, sacar algunos individuos de la pobreza no elimina la miseria. Ni siquiera estadísticamente.

El trío de premios Nobel no se interroga en cuanto a saber qué es lo que produce la miseria, ni cuál es su origen. Con algunos calculitos en plan randomisation (cálculos aleatorios sobre variables aleatorias realizados por economistas extraordinariamente deterministas). aseguran haber encontrado soluciones milagrosas, algo así como devolverle la lucidez a Sebastián Piñera. Ahora basta con, habría que.

Sugiero enviarles el librito a los que nos gobiernan. Gratis el libro, digo. Yo pago. Si la basura que venden los premios Nobel tiene una onza de verdad, de aquí a 10 años no encontrarás un pobre ni para el Museo Antropológico. Solo que los autores de Poor Economics  se ponen el parche antes de la herida. Sanjay G. Reedy lo explica con manzanas:

“Aunque los autores aceptan que pueden haber trampas de pobreza, en las cuales incluso las mejores respuestas de los agentes económicos (los pobres) a su pobreza no les bastan para escapar de ella, y pueden en realidad reforzarla, insisten sin embargo en que una lenta escapada de la pobreza es a veces posible, incluso sin recursos adicionales, si se ayuda a los individuos a percibir y a elegir mejores opciones.”

En el año 2019, la cuestión central sigue siendo la repartición de la riqueza creada con el esfuerzo de todos. El tristemente célebre PIB remunera los factores de producción: capital y trabajo. Reducir la pobreza. aritméticamente, reduce la remuneración del capital. En un mundo en el que la previsión de Karl Marx -la baja tendencial de la tasa de plusvalía- se hace dolorosamente realidad, mantener el nivel del lucro, o aumentarlo, deviene casi imposible.

O bien devalúas el capital mediante crisis bursátiles que desordenan el naipe y matan algunos capitalistas en beneficio de otros, o bien reduces cada vez más la remuneración del trabajo. Esta segunda opción ordena privatizarlo todo, eliminar los servicos públicos, transformar la educación, la  salud, la revisión, el agua potable y hasta el aire, en bienes de consumo.

Todo ello hace aumentar masivamente la miseria, como vemos ahora en Francia. El discursito mesiánico de los pretendidos premios Nobel de economía es conversa de vendedor, charlatanería de Feria, un poquito de opio. No para el pueblo sino para el riquerío que ve, horrorizado, que los miserables se levantan, insurgentes, por todas partes.

ag/lc

 

*Ingeniero, profesor e informático chileno.

 

Referencias bibliográficas

[1] Distribución al azar

[2] plan de alto rendimiento