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Sergio Ferrari (1953) Periodista argentino,radicado en Suiza, donde colabora regularmente con medios helvéticos, europeos y latinoamericanos. 

Autor o coautor de varios libros, entre ellos “Sembrando Utopía”, “Nicaragua: L’aventure internacionaliste”; “El otro lado de la mirilla”; “Leonardo Boff: Anwalt der Armen” (Leonardo Boff, abogado de los pobres); “Ni fous, ni morts” etc.

Copresidente del sector Prensa de SYNDICOM, sindicato nacional helvético de la comunicación.



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Europa y una crisis sin fin

La cuarta ola es ya una realidad

Por Sergio Ferrari, desde Berna, Suiza

(Se polariza la brecha entre los vacunados y los vacuna-escépticos)

 

Lejos de desaparecer, el COVID-19 recupera protagonismo en Europa. luego del respiro estival. Y ahora se confirma lo que ya es una realidad: la cuarta ola. La variante Delta se proyecta como el actor virulento de esta tragedia social que parece no tener fin.

Esta nueva ola se está acelerando debido, principalmente, a los contagios entre la población adulta joven, advirtió la tercera semana de agosto el Instituto Robert Koch (RKI), organismo alemán de prevención y control de enfermedades.

Los casos de infección se han incrementado una vez más desde inicios de julio, luego del paréntesis de abril a junio. El número de hospitalizaciones también aumenta, con una diferencia neta respecto a las olas anteriores, ahora la franja de edad predominante es de 35 a 59 años.

Si bien en Alemania, hacia la tercera semana de agosto, un 63.8% de la población ha recibido al menos una dosis de la vacuna -y un 58.25%, las dos- el RKI considera que el riesgo de contagio es siempre mucho más alto entre los no vacunados y los que han recibido una sola dosis. La variante Delta representa el 99% de la incidencia pandémica total en ese país.

El caso suizo

Realidad semejante a la que se vive en Suiza, donde los epidemiólogos también reconocen que la cuarta ola ya está instalada en el país, con casi 3 mil casos diarios a fines de agosto y más de 500 personas hospitalizadas afectadas por el coronavirus, para una población de 8.5 millones de habitantes. Proporcionalmente la realidad helvética correspondería a casi 18 mil casos diarios en Argentina o España, 24 mil en Francia, o bien 45 mil en México.

A pesar de esta tendencia ascendente, el número de decesos diarios, a causa de la pandemia, se mantiene bajo si se compara con el de los meses anteriores. Elemento que indicaría, tendencialmente que el impacto de esta cuarta ola en vidas humanas será menor que las anteriores.

Para evaluar el estado de la situación sanitaria, los expertos internacionales sostienen que es necesario medir el porcentaje de pruebas de detección que han dado positivo, es decir, la “tasa de positivos”. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), si esta cifra no supera el 5%, se considera que la pandemia está controlada. Si supera ese umbral, se corre el riesgo de que la pandemia se descontrole.

El 20 de agosto, en Suiza, dicha tasa llegó al 12.9%, casi la mitad del máximo alcanzado durante el peor momento de la crisis, en noviembre del año pasado (26.9%). Sin embargo, mucho mayor que la de unas pocas semanas atrás, a inicios de julio, cuando no alcanzaba el 1%. Constatación adicional de que la pandemia vuelve a intensificar su impacto.

La tercera semana de agosto, Tanja Stadler, la nueva responsable del Grupo de Trabajo COVID-19 de la Confederación Helvética, compartió su preocupación a raíz del violento incremento de casos. El último mes, las admisiones hospitalarias se han duplicado, sucesivamente, tres veces. El 90% de estas lo constituyen  personas no vacunadas y, casi la mitad de estas son gente que regresan al país tras las vacaciones, en particular en la región de los Balcanes y Grecia.

Si en septiembre se mantuviera esta constante, aumentaría el nivel de hospitalizaciones, lo que hace temer a algunos epidemiólogos la posibilidad de un nuevo tensionamiento del sistema hospitalario. Otros consideran que se vive una situación pandémica de “meseta” y que los riesgos para la sobrecarga de hospitales son menores que en las oleadas anteriores.

Para fundamentar esta evaluación contabilizan, no solo la cantidad de vacunados, sino también la alta proporción de personas de riesgo que han recibido las dos dosis, así como el porcentaje de  población que ya ha contraído el virus en este último año y medio.

Según Stadler, el problema radica en que ahora el país confronta una dinámica que se desarrolla velozmente, propia de la naturaleza de la variante Delta. Todo esto, en un momento del año muy particular, debido al regreso de las vacaciones veraniegas de julio y agosto y la caída paulatina de las temperaturas, lo cual  limita las actividades al aire libre y concentra la vida social en espacios cerrados.

Señala dicha experta que, el año pasado, alrededor de este mismo período, factores semejantes no contribuyeron a frenar la explosión de una segunda ola que impactó en noviembre y diciembre y, en definitiva, fue la más agresiva desde que el COVID-19 comenzó a golpear a Europa.

El ámbito científico insiste en la necesidad imperiosa de extender la vacunación a niñas y niños a partir de los 12 años, y extender el pasaporte COVID-19 a bares, restaurantes y actividades culturales. Y propone que, a partir de octubre venidero, todos los tests hasta ahora mayoritariamente financiados por el Estado-sean sufragados por los usuarios como una forma indirecta de estimular la vacunación, que seguirá siendo gratuita.

Autoridades federales hablan de la posibilidad de establecer una lista de “países de alto riesgo” y volver a establecer el asilamiento obligatorio para los viajeros que lleguen a estos.

En este marco global el problema se profundiza por la enorme resistencia, de casi la mitad de la población suiza reacia a vacunarse. Pese a las campañas oficiales, y la existencia de stocks abundantes, hasta el 27 de agosto,solo el 51.03% de la población se había inmunizado con ambas dosis. Este porcentaje aumenta al 57.01% cuando se incluye a las personas que recibieron una sola dosis.

“Paradójicamente esta cuarta ola,  la de los no-vacunados, en un continente donde sobran las vacunas cuando en la gran mayoría del planeta faltan las dosis”, enfatiza el doctor suizo Bernard Borel, activo en la lucha contra el COVID-19 en el Cantón de Vaud. Y agrega: “Es absurdo. Es la consecuencia de una sociedad egoísta y egocéntrica, en la que  muchos desprecian el valor de la salud como bien común”.

La situación europea

Según la OMS, hasta el lunes 23 de agosto, la situación de casos en Europa era preocupante en varios países. Gran Bretaña contabilizaba 423 mil nuevas infecciones (+ 14 % en relación a la incidencia por 100,000 habitantes de las semanas precedentes); Francia 314,000 (+ 1%); Alemania 79.000(+128%); Gran Bretaña, 423.000 (+14%) e Italia 88.000 (+12%).

Albania con + 422%; Bosnia Herzegovina con +344; y Bulgaria con +204% se ubican entre los países más fuertemente afectados por el incremento exponencial pandémico. España, a pesar de sus 134 mil nuevos casos en las dos últimas semanas, registra una disminución de la incidencia de -52%. Junto con Turquía, Portugal, la Federación Rusa, Finlandia, Bélgica y Uzbekistán es la única del continente que en los últimos quince días no vio aumentar la incidencia del COVID-19.

Con respecto al porcentaje de inmunización, hasta el 23 de agosto, el 69% de la población de Dinamarca ya estaba completamente vacunada. En España y Portugal, el 67%; en Gran Bretaña, el 62%; y en los Países Bajos, el 61%.

El porcentaje cae por debajo del 60% en Italia (58%); Francia (56%) y Grecia (52%). En menos de 50% se encuentran los países nórdicos, a excepción de Suecia, con 50.5% de su población inmunizada. El porcentaje se precipita bruscamente en la Europa Oriental; en Rusia apenas llega al 24%.

El avance de la vacunación en Europa ha experimentado desarrollos dispares. En algunos países, como Francia, la resistencia a los programas de inmunización se ha expresado a través de significativas movilizaciones callejeras.

Y en formas menos masivas en Italia, Grecia, Irlanda, Gran Bretaña y Suiza, entre otros De una u otra manera, esas expresiones de protesta, así como el áspero debate continental en torno a la crisis pandémica, ponen de manifiesto la polarización que experimenta la sociedad europea en el presente.

La protesta

La dinámica europea de los vacuna-escépticos es muy diversa y expresa condimentos nacionales específicos.

El Francia, por ejemplo, el sábado 21 de agosto, miles de personas protestaron en gran parte del país contra el pasaporte sanitario. Era el sexto fin de semana consecutivo de manifestaciones. El arranque se dio el 24 de julio, jornada sobre la cual diversas fuentes, como el cotidiano Liberation, hablaron de 160 mil participantes.

En la convocatoria del 15 de agosto el Ministerio del Interior contabilizó 214 mil manifestantes en todo el país. Por su parte, el colectivo militante Nombre Jaune,  que publica un recuento, ciudad por ciudad, calculó más de 388 mil participantes a nivel nacional.

Según Liberation, “Este movimiento heterogéneo, que comenzó a mediados de julio y  reúne a personas, más allá de la galaxia de los escépticos o los antivacunas, ha crecido de forma inédita en pleno verano”.

En paralelo a la entrega del pasaporte (o tarjeta) sanitaria, que pasó a ser obligatorio en bares, restaurantes y hospitales.

Desde el lunes 23 de agosto, más de 120 grandes centros comerciales y tiendas de la región de París, y de la mitad sur de Francia, están obligados a comprobar sistemáticamente este documento, como ya sucedía en vuelos de línea nacional, trenes etc.

Este diverso conglomerado que continúa ganando las calles en Francia expresa desacuerdos de fondo con las políticas gubernamentales. El “anti-Macronismo”, -en referencia al presidente Emmanuel Macron-, es el elemento unificador. Y para muchos la protesta contra las medidas sanitarias vigentes no es más que un pretexto para cuestionar al gobierno.

Desde las esferas oficiales responden que la cantidad de gente que ha acudido a vacunarse es más significativa que la de  quienes vienen protestando desde julio.

En Suiza, la “resistencia” antivacuna reúne a sectores y actitudes muy diversas, aunque, en este caso el discurso antigubernamental no es dominante. Concuerdan sectores conservadores de derecha y grupos reaccionarios. Junto con activistas ambientalistas o de izquierda, críticos del poder de las transnacionales farmacéuticas les acusan de sacar el principal provecho de la actual crisis.

Se le suman grupos juveniles que esgrimen dos argumentos principales: no constituyen la fracción etárea, que pueden padecer los principales efectos brutales del COVID-19 y nadie puede garantizar de forma absoluta -debido a lo novedoso de las vacunas utilizadas-, que eventualmente estas no causen efectos secundarios a mediano o largo plazo.

Iglesias fundamentalistas de todo tipo, así como sectores extremos que se autodefinen como constitucionalistas, que consideran las medidas anti COVID-19 como restrictivas de las libertades individuales, se suman al rechazo de la vacuna.

Común denominador de todos los refractarios: la preeminencia de la decisión individual sobre la colectiva. Para ellos, la contribución a una solidaridad social, especialmente hacia los sectores de mayor riesgo, no es un argumento decisivo como para concurrir a los centros de vacunación.

Dos visiones de una coyuntura sanitaria que crispa los espíritus e intensifica la brecha social entre vacunados y no vacunados, y que comienza a convertirse en un nuevo tipo de contradicción identitaria cotidiana. Y exaspera a algunas autoridades cantonales, que incluso proponen pasarles factura de los gastos hospitalarios a los pacientes no vacunados, medida extrema que atentaría contra principios constitucionales esenciales.

En la Suiza enriquecida, el debate con respecto a la vacuna, sea con argumentos de derecha o de izquierda, no hace más que robustecer la retórica social del privilegio. Cada individuo que rechaza inmunizarse sabe que, en el peor de los casos, nunca le va a faltar una cama de hospital, una máscara de oxígeno o una máquina respiratoria si tienen que entubarlo.

Más aún, este debate posterga la reflexión sobre la sociedad global, la solidaridad activa entre naciones y la necesaria lucha mancomunada para generalizar y democratizar el acceso a la vacuna en el mundo entero, única fórmula para derrotar, verdaderamente, al CODIV-19 y sus actuales y futuras variantes.

ag/sf

 

*Periodista argentino,radicado en Suiza.