
“Dictadores y regímenes militares, revoluciones palaciegas y golpes de Estado, violencia y dominación violenta han sido siempre una constante política en el subcontienente americano”, decía el autor de The future of democracy in Latin America (1955) y de Ten keys to Latin America (1962).
Esa excepcionalidad democrática fue tristemente confirmada en las últimas tres décadas del siglo XX, cuando dictaduras militares y gobiernos civiles al servicio del imperialismo estadounidense, en el contexto de la Guerra Fría, asumieron las doctrinas de seguridad nacional basadas en las tesis del “enemigo interno” y el “peligro comunista”, y pusieron en marcha las tácticas de “guerra sucia” y “guerra de tierra arrasada”, que dejaron como saldo miles de víctimas mortales y desaparecidos, y un brutal debilitamiento de las instituciones políticas.
Ni siquiera las pretendidas “transiciones democráticas”, en las que muchos pueblos depositaron sus esperanzas, evitaron que las prácticas democráticas se redujeran a un ritual electoral que poca influencia tenía en el rumbo de nuestros países y en la búsqueda del bien común de nuestras sociedades.
Entrados en los años 1990, la década oprobiosa del neoliberalismo y del pensamiento único, a esa democracia se le llamó de “baja intensidad”: unos pocos -élites políticas, grupos económicos transnacionales, tecnócratas y políticos reciclados- decidían el destino de muchos. No había más alternativas que los dogmas de fe económica proclamados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Y el imperio estadounidense, ahora hegemón del mundo unipolar, bendecía o rechazaba a los gobernantes de turno.
No fue sino en el ocaso de ese siglo, y a partir de una inédita articulación de resistencias de movimientos sociales, pueblos indígenas, partidos políticos y liderazgos emergentes, que América Latina se sacudió y acabó con la inercia ritualista de la democracia (neo) liberal: anquilosada e incapaz ya de responder a las demandas populares; democracia a la medida de las oligarquías, del capital extranjero y de los factores de poder de la “gobernanza de la globalización”.

Primero en Venezuela, Brasil y Argentina, y después en Bolivia, Ecuador y algunos países centroamericanos, los procesos políticos que abrieron el siglo XXI latinoamericano a la esperanza constituyeron, también, un avance democrático incuestionable -por más que le pese a los opinadores ¨bienpensantes¨ de la derecha y a los gestores de la guerra mediática-, al ampliar las dimensiones simbólicas, discursivas y materiales de las prácticas y sentidos que la democracia (neo)liberal había adquirido en la región.
Quizás la vieja dominación histórica, oligárquica y capitalista, no fue derrotada todavía, y acaso falte mucho para que eso suceda finalmente. Pero las fracturas y las heridas infligidas en los últimos tres lustros por un amplio arco de fuerzas políticas y sociales, enfrascadas en en la búsqueda de alternativas de superación del neoliberalismo, no han sido menores.
Por eso las derechas criollas, en su contraofensiva restauradora, se han lanzado a dentelladas para constreñir ese campo de resignificación de la democracia abierto a la disputa y a la construcción colectiva por los procesos nacional-populares y progresistas.
Hoy, en Argentina, Brasil y Venezuela, el guión de la estrategia restauradora apunta a forzar la tensión institucional, la disputa entre los poderes republicanos, la intromisión en sus esferas de competencia, para provocar una ruptura que justifique acciones de fuerza e intervenciones militares. El imperialismo sigue de cerca estos ensayos, y urde sus planes entre ambiguas declaraciones diplomáticas y la cooptación de partidos políticos “opositores”, ministerios o secretarías de gobierno, y mandos castrenses.
No serán el kirchnerismo, el petismo o el chavismo los que perderán o vencerán en este episodio decisivo al que hemos llegado: lo que está en juego, para todas y todos nosotros, es la posibilidad de construir democracias posneoliberales, populares, nacionales, participativas y socialmente justas.
Es nuestra posibilidad de ser, sin más, latinoamericanos y latinoamericanas que no renuncian a la utopía de la emancipación y la liberación. No es tiempo de señalar culpables de las derrotas o enfrascarse en discusiones estériles; como dijo Martí, “es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.
Ojalá lo comprendamos antes de que sea demasiado tarde.
ag/am

