
De acuerdo con el diario, la casa Arkup sería aprobada por el mismísimo Noé, el personaje bíblico que sobrevivió en su arca al diluvio universal, “pero es muy probable que no tuviera dinero para comprar esta versión moderna, que cuesta $5.5 millones”, aunque seguramente “le gustarían la comodidad, los espaciosos baños y una plataforma retráctil para nadar”.
Ante el aumento de la intensidad de los fenómenos asociados al cambio climático, y los escenarios futuros de inminente afectación a ciudades y comunidades costeras, los ingenieros reivindican el diseño de la casa Arkup como uno que “represente a Miami, compatible con un clima subtropical y que da al propietario la libertad y flexibilidad de mudarse”.
Por supuesto, se trata de una libertad entendida como mercancía exclusiva, según lo reconoce sin pudor uno de los fundadores de la empresa: “Nuestra clientela incluye a dueños de islas privadas en el Caribe que piensan que Arkup es mejor que construir una casa en la playa. O personas que viven en Miami y quieren un lugar para pasarla bien los fines de semana, estar con sus amigos en la bahía.
Hay personas que viven en otra parte y nuestra vivienda sería su lugar para vacacionar. Y otros que la consideran su vivienda principal, atracada en una marina. Es un producto de lujo para un mercado de nicho, pero nuestro sueño es desarrollar versiones asequibles con los mismos principios”.
Las narrativas periodísticas, lo sabemos, no son neutrales ni mucho menos ingenuas; antes bien, dan cuenta de las mentalidades dominantes en la sociedad, de manera particular en una época como la nuestra, caracterizada por la ubicuidad mediática y la hegemonía del pensamiento único como factores claves en la reproducción del capitalismo.
El reportaje, cuyo discurso se articula en torno a muchas de las nociones que conforman el sentido común de este tiempo -estilo de vida, dinero, libertad, privado, lujo-, ilustra bien esa función cultural de los medios en el capitalismo, y a la vez, da cuenta de una de las actitudes que se expresan frente al fenómeno ambiental y socialmente complejo del cambio climático: esa que el intelectual español Jorge Riechmann llama el nuevo utopismo capitalista como arte de la fuga, es decir, “el impulso fáustico, prometeico o luciferino por dominar y moldear la naturaleza” llevado al extremo del absurdo, exhibiendo “su orgullosa voluntad de ignorar los límites”. Este utopismo, considera Riechmann, “hay que concebirlo como un movimiento de huida, para no enfrentarse con la cuestión de la finitud humana y los límites al crecimiento”[1].

Un síntoma revelador de esa mentalidad, que trivializa las profundas implicaciones del cambio climático y, en un sentido mayor, de la acción humana sobre las condiciones de reproducción y sostenibilidad de la vida en el planeta -que tal es el drama de nuestra crisis civilizatoria-, lo encontramos en el hecho de que el Nuevo Herald publicara su reportaje a finales del mes de abril, apenas unos días antes de que la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas de la ONU, diera a conocer un informe que demuestra cómo en el último medio siglo tuvo lugar “una disminución realmente sin precedentes en la biodiversidad y la naturaleza, esto es completamente diferente a todo lo que hemos visto en la historia humana en términos de la tasa de disminución y la magnitud de la amenaza”.

En su huida hacia delante, en su movimiento de fuga, el nuevo utopismo capitalista ve una oportunidad de negocios allí donde la crisis ambiental abre el camino de la crisis social; y allí es donde se revela lo insostenible de los patrones de consumo, los estilos de vida y las formas de producción y organización de las relaciones económicas, que nos han gobernado, al menos durante los últimos dos siglos, esos singulares utopistas que ejercitan el arte de la evasión.
Volviendo a Riechmann, nos encontramos así ante la lógica del capitalismo que “desemboca en la aberración de un planeta para usar y tirar”[2], o en la perspectiva del Nuevo Herald, en que se salvará (temporalmente) quien pueda pagar por el lujo de su burbuja de escape a una realidad que, más pronto que tarde, también acabará por devorarlo.
El utopismo capitalista, entonces, no resuelve el gran desafío de este siglo, a saber: construir una civilización cualitativamente distinta, por lo humano de sus principios fundacionales, y el profundo equilibrio vital de sus relaciones entre naturaleza y sociedad.
ag/am
Referencias bibliográficas
[1] Riechmann, J. (2013). Tratar de comprender. Quito: Editorial IAEN, p. 22.
[2] Riechmann (2013), p. 45.

