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sábado 23 de noviembre de 2024

Alfredo en el tiempo

Por Guillermo Castro H.*

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

Alfredo Castillero es el mayor de los historiadores panameños y sin duda uno de los mejores. Mayor,  no por su edad, si no por la amplitud y profundidad de su quehacer investigativo, que nos ha  devuelto -desde los Archivos de Indias de Sevilla- la crónica del proceso de formación original de nuestra sociedad durante los siglos XVI y XVII.

En esa tarea  nos ayuda, en particular, a no subestimar nunca la importancia de todo aquello que, aún teniendo un origen remoto, cambia y se combina con otros elementos del devenir de una manera tan lenta que al observador inadvertido puede parecerle inmóvil.

Esa larga duración que alienta en su obra nos lleva una y otra vez a pensar en lo que podemos y debemos llegar a ser,  desde el origen remoto de lo que somos. Así, sus reflexiones sobre la intimidad del vínculo entre la Conquista europea, la evangelización cristiana y la resistencia indígena, que el pueblo Ngöbe renueva hoy en la defensa de sus recursos naturales y culturales.

Así, la importancia de las evidencias que nos aporta su reciente texto sobre el coraje y la habilidad guerrera de los habitantes del Istmo ante grandes potencias del pasado, de tanto valor para una sociedad cuya situación actual nace de la derrota de su más importante proyecto histórico -el del encuentro entre la soberanía nacional y la popular en una República próspera, equitativa y sostenible-, tras un enfrentamiento político y militar que tomó un decenio entero hasta culminar en la más sangrienta agresión militar que hayamos conocido.

La importancia de su contribución teórica deviene marco de referencia imprescindible para el debate sobre nuestro pasado, cuya auténtica riqueza radica en lo que implica para el debate sobre nuestras opciones de futuro.

En verdad, para dicha y privilegio de los panameños, nada hay más distante de la obra de Alfredo que aquella “alabanza, a menudo hueca, de lo pasado, árbol seco donde van colgados la hinchazón y la vanidad de sus púrpuras chillonas”.[1] Nada hay más cercano a ella, tampoco, que nuestro futuro.

A ese mérito, habría que agregar otro, a menudo inadvertido: una serie de grandes trabajos que abarcan un universo de temas que van desde la Conquista del Istmo hasta la historia de la alimentación de los panameños, la de sus vínculos tempranos con Asia y la del desarrollo urbano temprano del Istmo, que dio semilla a nuestro actual Corredor Interoceánico. Un universo que ha incluido, además, por iniciativa suya, los aportes de una amplia variedad de disciplinas, desde la economía y las artes hasta la historia ambiental.

Sin embargo, antes de todo eso, nos ofreció la clave -que fundamenta la comprensión racional de nuestro devenir- en un artículo de apariencia modesta, publicado en 1973 en la revista Estudios Sociales Centroamericanos, en el cual dio estructura y calidad de concepto al término transitismo, que hasta entonces había circulado entre nosotros como una intuición tan feliz como inasible.

Desde ahí, en efecto, el transitismo pasó -de designar una supuesta vocación- a señalar una función precisa y tangible en la formación y desarrollo del mercado mundial, y a caracterizar la formación histórico-social asociada al desempeño de esa función.

Esa formación es la sociedad panameña, definida a partir de su origen por la concentración del tránsito interoceánico  -que antes de la Conquista utilizaba múltiples rutas- por el corredor del Chagres, por la concentración del control de ese tránsito en un único poder político; de la concentración de los beneficios del tránsito en quienes controlan ese poder, y de la subordinación del resto del Istmo a las necesidades del tránsito así organizado, desde mediados del siglo XVI al presente.

La riqueza de dicho aporte teórico incluye, entre otros méritos, el de proporcionar un vínculo de gran calidad estructurante entre la organización de la vida en el Istmo después de la Conquista, la gran expansión final de la última economía-mundo del Occidente de Europa, y el proceso de formación del primer mercado mundial a lo largo de aquel siglo XVI “largo” del que nos hablara Fernand Braudel, que abarca de 1450 a 1650.

Y no parece casual hoy que ese último año se ubique una década después de la separación de Portugal de España que, como nos lo ha explicado Alfredo Castillero, sumió al transitismo panameño en su primera gran crisis. De este modo nos ofrece un marco de referencia imprescindible para el debate sobre nuestro pasado, cuya verdadera riqueza radica en lo que implica para el debate sobre nuestras opciones de futuro.

Su obra nos lleva a pensar en lo que podemos y debemos llegar a ser, desde el origen remoto de lo que somos. Nada hay más cercano a ella que nuestro porvenir.

En ese debate, como es natural y saludable, tendremos diferencias de las que todos aprenderemos. Así, por ejemplo, si bien la anatomía del hombre nos ofrece las claves para comprender la anatomía del mono, esa comprensión no transforma al mono en hombre. El período histórico del desarrollo del mercado mundial -que hoy llamamos  globalización- nos ofrece importantes elementos para comprender los orígenes y la dinámica de ese desarrollo, pero no hace global, aún, lo que apenas empezaba a estructurarse como un mercado colonial, que vendría a ser internacional tras la II Guerra Mundial, para empezar a emerger como global a fines del siglo XX.

No es el caso abrir este debate aquí, hoy. Sí lo es, en cambio, que este debate carecería de verdadero fundamento y asidero entre nosotros sin el aporte de Alfredo Castillero. Desde una perspectiva distinta a la suya, me atrevo a decir que su obra confirma por entero aquella afirmación famosa de 1846, que reconocía “sólo una ciencia, la ciencia de la historia”, para agregar enseguida que:

Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.[2]

Nada describe mejor su labor. Nada resalta tanto su importancia. Su tiempo no es el pasado: en él alientan, y por él nos hablan, todos los tiempos del tiempo.

ag/gc

 

*Investigador, ambientalista y ensayista panameño.

 

Referencias bibliográficas

[1]“A tres antillanos”, Patria, Nueva York, 21 de noviembre de 1893.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VII, 301 – 302.

[2] Marx, Karl y Engels, Friedrich: Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista. Primer Capítulo de La Ideología Alemana,1846 http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/index.htm

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