Esta semana y en forma intempestiva, Donald Trump llamó a votar por la opción liberal de la derecha bipartidista. Encendió las iras del otro factor de la ecuación narco fascistoide, la de los nacionalistas, y justo el mismo día que estos celebraban un acto en los salones del distinguido Hotel Honduras Maya. Escrito sea de paso, allí se vieron más fotógrafos y camarógrafos que feligreses.
Las independencias en América Latina, que generalizaron una conciencia común por la libertad y movilizaron esfuerzos compartidos, marcaron el inicio de una identidad latinoamericana que se impuso por encima de las diferencias surgidas entre los nuevos Estados, incluso a pesar de conflictos y guerras. El latinoamericanismo, como vínculo histórico y cultural, sigue siendo un rasgo que hermana a nuestros pueblos y que fundamenta la resistencia a toda forma de imperialismo, aunque ciertos grupos dominantes hayan carecido de esta identidad.
Una revolución es un cambio profundo, una ruptura con viejos paradigmas y la instauración de algo nuevo. Esto aplica para diversos campos: en las ciencias, por ejemplo. Se habla así de “revolución copernicana”. Ello hace referencia al cambio radical propiciado por el astrónomo y matemático de origen polaco Nicolás Copérnico, quien en el siglo XVI demolió totalmente la teoría geocéntrica (la Tierra como centro del universo), reemplazándola por la visión heliocéntrica (el Sol como centro, y nuestro planeta girando alrededor de él).
El imperialismo estadounidense viene refuncionalizando su Destino Manifiesto, Doctrina Monroe y Plan Cóndor, que denominamos 2.0, con una profunda fijación del gobierno federal de Donald Trump y su pequeño halcón Marco Rubio, el operador y punta de lanza de esta subversión política e ideológica perteneciente a uno de los lobbies neofascistas de las ultraderechas afincadas en Miami, al parecer con un vínculo articulado al narco, que odian a la democracia soberana con libre autodeterminación de Cuba, Nicaragua y de manera concreta a la República Bolivariana de Venezuela.
Tras la derrota de la derecha en la consulta popular del 25 de noviembre de 2025, la izquierda ecuatoriana enfrenta, de nuevo, el reto de intentar la unidad, único camino que hará posible plasmar en el país un modelo que afronte las enormes desigualdades, le saque del estancamiento económico le vuelva su mirada a la región.

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