Después de su truhanesca intervención contra la Venezuela Bolivariana, Donald Trump busca ahora destruir a Cuba. Lo ha dicho expresamente, reconociendo, además, que no tiene cargo específico alguno contra la Patria de Martí, su pueblo y su gobierno.
Introducción

Partamos de una afirmación fuerte, contundente: hoy el Estado de Israel no representa a todo el pueblo judío, ni en el propio territorio medio-oriental (más de 7 millones), ni en la diáspora (más de 8 millones, siendo Estados Unidos el país donde más se encuentran: alrededor de 6 millones). La política que mantiene Tel Aviv es resistida, o más aún: aborrecida, por muchos judíos.
En este mundo ya marcado por crisis interconectadas -climática, pandémica, geopolítica- no asistimos a un ajuste de la arquitectura internacional pos-Guerra Fría, sino a su desmontaje acelerado. El regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos no es un mero acontecimiento electoral: es la materialización de un proyecto político que exalta como una virtud la ruptura con el multilateralismo.
Muchas personas asumen que las acciones de Donald Trump están signadas por un desorden mental del presidente. Tratando de confirmar esa situación, investigué al respecto y en un artículo publicado el pasado 16 de julio bajo el título “¿Es Trump un loco o un típico niño rico extasiado por sus perversiones?” informaba del historial delincuencial y falsificador de la realidad de los antepasados directos de Trump.

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