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miércoles 12 de junio de 2024

Crónicas de perversidad. “El fascismo invisible” en EEUU. (III, final)

Por José R. Oro

Esta tercera parte (y final) pretende analizar la acumulación del odio social, característica importante del fascismo, sin la cual no es posible la erosión y destrucción de las bases “democráticas” de una sociedad. Sucedió en Alemania en el periodo 1919– 1932, y está sucediendo hoy día en los Estados Unidos (con altibajos) entre la mitad de la década de los 1950’s y la actualidad.

Desde el fin del McCarthismo al “renacer” fascista contemporáneo

Joseph Raymond McCarthy (14 de noviembre de 1908- 2 de mayo de 1957) fue un político estadounidense que se desempeñó como senador republicano por el estado de Wisconsin desde 1947 hasta su muerte a los 48 años en 1957.
A partir de 1950, McCarthy se convirtió en el personaje más visible del fascismo en los EEUU. La cara pública de un período en Estados Unidos en el que las tensiones de la Guerra Fría alimentaron pesadillas de una “subversión comunista” generalizada.

Alegó que numerosos comunistas y espías y simpatizantes soviéticos se habían infiltrado en el gobierno federal de los Estados Unidos, las universidades, la industria cinematográfica, y otros lugares. Al final, fue censurado por negarse a cooperar y abusar de los miembros del comité establecido para investigar si debía ser censurado o no. El término “macartismo”, acuñado en 1950 en referencia a las prácticas de McCarthy, pronto se aplicó a las actividades anticomunistas en general. Hoy en día, el término se utiliza de forma más amplia para referirse a acusaciones demagógicas, arteras y sin fundamento, así como a ataques públicos al carácter o al “patriotismo” de los oponentes políticos en los EEUU.

Sostuvo que el ejército estadounidense estaba involucrado en un encubrimiento de mala conducta judicial, pero nunca presentó prueba alguna para respaldar la acusación. Poco después de esto, una encuesta de 1950 entre el cuerpo de prensa del Senado votó a McCarthy como «el peor senador estadounidense» actualmente en el cargo. Su biógrafo, Larry Tye, ha escrito que el antisemitismo puede haber influido en las opiniones abiertas de McCarthy sobre Malmedy (1). Aunque contaba con un importante apoyo judío, en particular Lewis Rosenstiel, de Schenley Industries; el rabino Benjamin Schultz, de la Liga Judía Estadounidense contra el Comunismo, y el periodista George Sokolski, quien lo convenció de contratar a Roy Cohn y G. David Schine, McCarthy utilizó con frecuencia insultos antijudíos. Por esta y otras características recibió el apoyo entusiasta de políticos antisemitas como el dirigente del Ku Klux Klan Wesley Swift y exteriorizó su admiración a “Mein Kampf” del que afirmaba: «Esa es la manera de hacerlo».

Una de las bases más fuertes del sentimiento anticomunista en Estados Unidos fue la comunidad católica, que constituía más del 20 por ciento del voto nacional. McCarthy se identificó como católico, pero a medida que crecía su descrédito como notorio anticomunista, algunos católicos se le opusieron. Estableció un estrecho vínculo con la poderosa familia Kennedy, y se hizo amigo cercano de Joseph P. Kennedy Sr. Robert F. Kennedy era un caso inusual entre sus amigos de Harvard por defender a McCarthy, y éste lo eligió para ser abogado de su comité de investigación, pero renunció después de seis meses debido a desacuerdos con McCarthy y el abogado del comité Roy Cohn. Joseph Kennedy apoyó a McCarthy como un político católico nacional que podría allanar el camino para la candidatura presidencial de un Kennedy en el futuro. A diferencia de casi todos los demócratas, el futuro presidente John F. Kennedy, que sirvió en el Senado con McCarthy desde 1953 hasta la muerte de este último en 1957, nunca atacó a McCarthy y a sus brutales violaciones de la ley.

La carrera de relevos del fascismo estadounidense. Pase del batón de J. McCarthy hasta D. Trump

Después del descredito de McCarthy, permanecieron en puestos de gran poder político y económico numerosos fascistas. Uno de los más importantes y notorios fue el director del FBI, J. Edgar Hoover, quien siempre se apresuró a equiparar cualquier tipo de protesta con la subversión comunista, incluidas las manifestaciones por los derechos civiles encabezadas por Martin Luther King Jr.

Hoover calificó a King de comunista y trabajó encubiertamente para intimidar y desacreditar al líder de los derechos civiles. La información obtenida (o fabricada con más frecuencia) por el FBI resultó esencial en casos legales de alto perfil, incluida la condena en 1949 de 12 líderes prominentes del Partido Comunista Estadounidense acusados de haber “propugnado” el derrocamiento del gobierno. Además, los agentes de Hoover ayudaron al super fascista Roy Cohn (más tarde mentor de D. Trump) a construir el caso contra Julius Rosenberg (1918-53) y su esposa, Ethel Rosenberg (1915-53), quienes fueron condenados por espionaje (sin pruebas) en 1951. Los Rosenberg fueron asesinados en la silla eléctrica dos años después.

A medida que se intensificó el Terror Rojo, su clima político se volvió cada vez más conservador. Los funcionarios electos de los dos partidos principales intentaron presentarse como anticomunistas acérrimos, y pocas personas se atrevieron a criticar las tácticas cuestionables utilizadas para perseguir a los presuntos radicales. La membresía en grupos de izquierda disminuyó cuando quedó claro que tales asociaciones podrían tener consecuencias graves y las voces disidentes del lado izquierdo del espectro político guardaron silencio sobre una serie de cuestiones importantes. En asuntos judiciales, por ejemplo, el apoyo a la libertad de expresión y otras libertades civiles se erosionó significativamente. Esta tendencia quedó simbolizada por el fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos de 1951 en el caso Dennis v. Estados Unidos, que decía que los derechos de libertad de expresión de los comunistas acusados podían restringirse porque sus acciones presentaban un peligro claro y presente para el gobierno estadounidense.

Los ciudadanos estadounidenses en general sintieron los efectos del Terror Rojo a nivel personal, y miles de presuntos simpatizantes comunistas vieron sus vidas trastornadas. Fueron perseguidos por las fuerzas del orden, alejados de amigos y familiares y despedidos de sus trabajos. Si bien un pequeño número de los acusados puede haber sido aspirantes a revolucionarios, la mayoría de los demás fueron víctimas de acusaciones falsas o no habían hecho más que ejercer su derecho democrático a afiliarse a un partido político. Aunque el clima de miedo y represión comenzó a disminuir a finales de la década de 1950, el anti comunismo ha seguido influyendo en el debate político en las décadas posteriores. A menudo se cita como ejemplo de cómo los temores infundados pueden comprometer las libertades civiles.

La supervivencia y desarrollo del fascismo en los Estados Unidos está indisolublemente ligada a la Guerra Fría. Durante la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y la Unión Soviética lucharon juntos como aliados contra la Alemania Nazi y sus cófrades del Eje.

Sin embargo, las relaciones entre EEUU. Y la URSS nunca fueron verdaderamente amistosas: los gobiernos estadounidenses habían desconfiado siempre del “comunismo” y del gobierno del líder soviético J. Stalin. A los soviéticos les molestaba el retraso de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y la larga dilación de la apertura del Segundo Frente en Europa, por lo que murieron millones de rusos innecesariamente. Estos agravios maduraron hasta convertirse en un sentimiento abrumador de desconfianza y enemistad mutuas que nunca se convirtió en una guerra abierta y total (de ahí el término “guerra fría”). La URSS empezó a resentirse por lo que percibían como retórica belicosa, amenazadora acumulación de armas, bases militares y enfoque estridente de las relaciones internacionales de los funcionarios estadounidenses. En una atmósfera tan hostil, fue inevitable la respuesta soviética.

¿Contención? o ¿Agresión?
La estrategia de contención también proporcionó la justificación para una acumulación de armas sin precedentes en Estados Unidos. En 1950, un informe del Consejo de Seguridad Nacional conocido como NSC-68 se hizo eco de la recomendación de Truman de que el país utilizara la fuerza militar para contener el expansionismo comunista en cualquier lugar donde pareciera estar ocurriendo. Para ello, el informe pide cuadriplicar el gasto en defensa. En particular, los funcionarios estadounidenses alentaron el desarrollo de armas atómicas como las que habían usado al fin de la Segunda Guerra Mundial. Así comenzó una mortífera “carrera armamentista”. En 1949, los soviéticos detonaron su bomba atómica. En respuesta, el presidente Truman anunció que Estados Unidos construiría un arma atómica aún más destructiva: la bomba de hidrógeno o “superbomba”. Stalin, nunca corto o perezoso, hizo lo mismo. En realidad no tenía otras opciones.

La exploración espacial sirvió como otro escenario dramático para la competencia de la Guerra Fría. El 4 de octubre de 1957, un misil balístico intercontinental soviético R-7 lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial del mundo y el primer objeto creado por el hombre que se colocó en la órbita de la Tierra. El lanzamiento del Sputnik fue una sorpresa, y no agradable, para la mayoría de los estadounidenses.

En Estados Unidos, el espacio era visto como la próxima frontera, una extensión lógica de la gran tradición estadounidense de exploración, y era crucial no perder demasiado terreno frente a los soviéticos. Además, esta demostración del poder abrumador del misil R-7 capaz de lanzar una ojiva nuclear al espacio aéreo estadounidense, hizo que la recopilación de inteligencia sobre las actividades militares soviéticas fuera sentida como urgente y expresada así por los medios controlados por el imperialismo.

En 1958, Estados Unidos lanzó su propio satélite, el Explorer I, diseñado por el ejército estadounidense bajo la dirección del científico espacial nazi Wernher von Braun, y lo que se conoció como la carrera espacial estaba en marcha. Aun así, los soviéticos estaban un paso por delante y lanzaron al primer hombre al espacio en abril de 1961.

En mayo de ese año el presidente John F. Kennedy afirmó que Estados Unidos llevaría un hombre a la luna a finales de la década. Su predicción se hizo realidad el 20 de julio de 1969. Los astronautas estadounidenses fueron presentados como los máximos héroes. Los soviéticos, a su vez, fueron retratados por los medios como colosales villanos, con sus esfuerzos incansables de superar a Estados Unidos y demostrar el poder del “sistema comunista”.

En 1955, Estados Unidos y otros miembros de la OTAN convirtieron a Alemania Occidental en miembro de esa organización agresiva y le permitieron remilitarizarse. Los soviéticos y el campo socialista respondieron con el Pacto de Varsovia, una organización de defensa mutua entre la Unión Soviética, Albania, Polonia, Rumania, Hungría, República Democrática Alemana, Checoslovaquia y Bulgaria que estableció un comando militar unificado bajo el mando del mariscal Iván S. Konev de la Unión Soviética, ante la obvia amenaza que presentaba la remilitarización de Alemania Occidental.

A principios de la década del 1960, el presidente Kennedy realizó una serie de agresiones en su propio hemisferio. La invasión de Playa Girón en 1961, la Crisis de Octubre de 1962, y la invasión a la Republica Dominicana de abril de 1965 demostraron que Estados Unidos y sus aliados atacaron a los movimientos de liberación nacional- que ellos llamaban la “nueva amenaza comunista” en el “Tercer Mundo”. Vietnam fue el más espantoso ejemplo de agresión de los EEUU. y sus vasallos.

El fin de la Guerra Fría y sus efectos

Casi tan pronto como asumió el cargo, el presidente Richard M. Nixon comenzó a implementar un nuevo enfoque en las relaciones internacionales. En lugar de ver el mundo como un lugar hostil y “bipolar”, sugirió, ¿por qué no utilizar la diplomacia en lugar de la acción militar? Para ello animó a la ONU a reconocer a la República Popular China y, tras un viaje allí en 1972, comenzó a establecer relaciones diplomáticas con Pekín.

Al mismo tiempo, adoptó una política de “distensión” hacia la Unión Soviética. En 1972, él y el líder soviético Leonid Brezhnev firmaron el Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (SALT I), que fue un paso hacia la reducción de la amenaza de una guerra nuclear.
A pesar de la estrategia menos salvaje de Nixon, la Guerra Fría volvió a calentarse bajo el presidente Ronald Reagan. Su política agresiva, tal como se aplicó en Granada y El Salvador, se conoció como la Doctrina Reagan.

Sin embargo, mientras Reagan luchaba contra el “comunismo” en Centroamérica, la Unión Soviética se estaba desintegrando. En respuesta a los graves problemas económicos y al creciente fermento político en la URSS, Mijaíl S. Gorbachov asumió el cargo de secretario del PCUS, en 1985 e introdujo dos políticas que redefinieron la relación de Rusia con el resto del mundo: la “glasnost”, o apertura política, y “perestroika“ o reconstrucción económica. Ayudó mucho al fascismo, sin saberlo.

El prestigio e influencia soviética en Europa Central y del Este disminuyó. En 1989, todos los demás estados socialistas de la región reemplazaron su gobierno por uno orientado hacia el capitalismo y para decirlo claro anti- comunista. En 1991, la propia Unión Soviética se había desmoronado. La Guerra Fría había terminado, por abandono de la esquina “roja” diríamos en el lenguaje boxístico.
El efecto principal fue la emergencia de un mundo unipolar y la convicción de que se había llegado a un imposible “Fin de la Historia”. Concepto falso, tanto si lo vemos desde la izquierda o desde la derecha, el fascismo, que no acepta al estado “liberal” burgués.

Observaciones sobre el “fascismo” visible o no.

Roderick Stackelberg sitúa el fascismo en la extrema derecha política y lo explica así: «Cuanto más un individuo considera que la igualdad absoluta entre todas las personas es una condición deseable, más a la izquierda él o ella estará en el espectro ideológico. Cuanto más una persona considere que la desigualdad es inevitable o incluso deseable, más a la derecha estará”. El fascismo es la forma de mantener y agrandar la desigualdad social por todos los medios, incluidos los más bárbaros.

El fascismo es muy anterior a su nombre. Cuando Benito Mussolini y Giovanni Gentile le pusieron nombre, no fueron los padres, sino los “padrinos” que bautizaron (sin mediación de agua bendita) a un engendro social ya existente.

Se han rastreado las raíces ideológicas del fascismo hasta la década de 1880, como una revuelta o rechazo contra el materialismo “ateo” y todas las ideas liberales, socialistas y marxistas. Consideraban que la civilización estaba en crisis y requería una solución masiva y total. Su escuela intelectual calificaba al individuo como sólo una parte de la colectividad más grande. Incluso en Italia, el fascismo es anterior a Mussolini. En su obra La clase dominante (1896), Gaetano Mosca desarrolló la teoría que afirma que en todas las sociedades una «minoría organizada» dominaría y gobernaría a una «mayoría desorganizada», afirmando que sólo existen dos clases en la sociedad, «los gobernantes» (la minoría organizada) y «los gobernados» (la mayoría desorganizada). Con fuerte influencia del darwinismo de las Ciencias Naturales, lo introduce erróneamente en el Desarrollo Social, y afirma que la organización de la minoría preparada y dispuesta “a todo” la hace irresistible para la mayoría caótica.

¡Es imprescindible detener al fascismo, o la alternativa es el fin de la Humanidad!

rmh/jro

Notas
1. La masacre de Malmedy fue un crimen de guerra cometido el 17 de diciembre de 1944 cerca de la ciudad de Malmedy, Belgica. Los soldados del Kampfgruppe Peiper asesinaron a 84 prisioneros de guerra del ejército estadounidense que se habían rendido después de una breve batalla. Los soldados de las Waffen-SS habían agrupado a los prisioneros de guerra estadounidenses en un campo de agricultores, donde utilizaron ametralladoras para disparar y matarlos. Muchos de quienes sobrevivieron a las ráfagas fueron ultimados con un tiro de gracia en la cabeza.

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