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sábado 29 de noviembre de 2025

EL CEREBRO (III)

Vivir es ser otro – Primer Laberinto

Por Kintto Lucas*

6.

Los doctores son como Dios acá, como el Dios Sol, el Inti. Nosotros vivimos la locura del sol, del dios sol, la locura de los doctores. Acá hay uno que ama el sol y las estrellas. Él sabe que las estrellas son soles en la noche, y eso nos dice. Quiere que salga el sol, para ser menos loco y más libre.

Con sol se puede uno sacar la ropa y andar desnudo, sin que a nadie le preocupe, aunque los doctores se enojen. Este quiere que todos conozcan al sol, que se hagan sus amigos, que sientan su calor. Las estrellas son soles pero soles chiquitos, por eso su luz no alcanza a iluminar la noche. El sol en cambio ilumina la noche y la hace día. Ojalá salga el Dios Sol. Ojalá salga él solo.

Le dicen que está loco porque quiere que salga el sol, le dicen que tiene la locura del sol ¿Qué doctores son esos que dicen que uno acá tiene la locura del sol? ¿Quiénes son? Acaso no saben que el sol es libertad.

Ojalá que les garúe finito para que el sol salga y ellos no lo vean. Porque capaz que le quieren dar pastillas para que no sea tan libre el sol. El Dios Sol. El Inti. Por suerte acá no se paga alquiler por el sol, entonces viene y nos ilumina, y nos da calor. El sol es la octava maravilla del mundo, una maravilla del corazón.

El Papa es el jefe de los doctores. Se viste de blanco y viene a mandarlos. Les dice a los doctores que nosotros estamos más locos que en sus conventos. Que estamos como Nerón. Que queremos incendiar esta linda casa en que vivimos. Que gran mentira, nosotros no somos pirómanos. Locos hasta puede ser, pero pirómanos no.

En las Iglesias eran pirómanos, porque quemaban a las brujas. En las Iglesias está el infierno, el paraíso y el circo.

El Papa es un doctor frustrado dice uno acá, y los doctores de acá son como curas frustrados dice otro. Roma se incendió, pero sigue ahí.
Hay montones de curas violadores pero siguen siendo curas. Los curas son como manchas en la ciudad. Bueno, no todos, algunos se escapan, su locura los hace escapar de la cordura.

¿Qué más cuerdo que ser cura? Los cururús son como hermanos de los curas, odian a las brujas y a todo lo diferente, aman la cordura, aman a todo el que se arrastra.

7.

Acá cada vez que empiezo mis historias todos me miran, todos creen que en realidad estoy más loco que ellos. Todos sueñan en salir de aquí y yo contando historias que no sirven para nada. ¿Cómo entender el tiempo de la felicidad y la tristeza en este mundo?

Cuando les pregunto por qué estoy acá, por qué no me dejan salir, los doctores me dicen cosas raras. Por ejemplo, el otro día uno me dijo que no puedo salir porque tengo trastorno de identidad disociativo. ¿Qué me quiere decir?

Sin mucha paciencia me respondió que es un desorden de personalidad múltiple. Ahí sí que me ayudó a enloquecer un poco más, si es que estoy loco. Lo quedé mirando con una cara que mostraba mi poca comprensión de lo que decía.

A ver, lo que usted tiene es varias personalidades. Cuando usted cuenta sus historias un día lo hace como una persona y otro día como otra persona. Y eso hay que curarlo porque nadie puede ser muchas personas. Cada uno es una sola persona. Usted cree que es muchas y vive como si fuera muchas y eso es una enfermedad del cerebro.

Este doctor está más loco que una cabra. Yo soy yo, no entiendo porque dice que soy varios. Las otras personas son otras aunque estén en mí. Cuando cuento mis historias tengo que asumir la voz y la vida de las personas que están contando la historia, pero sigo siendo yo.
¿¡Enfermedad del cerebro!? Habrase visto. O sea que un día soy el último de los tontos, otro el último de los locos, otro solo una sombra. Eso no es así…

Peor otro doctor que me dice que un día soy el tonto que cuenta historias y otro día el loco que inventa cuentos, porque esas dos personalidades toman el control de mi cerebro, durante un buen tiempo.

Que yo no me doy cuenta en esos momentos porque perdí la memoria, porque a veces vivo un «tiempo perdido» o «tiempo amnésico». Que puede ser un delirio de la guerra o un síndrome cultural. ¿¡Síndrome cultural!? ¿¡Tiempo perdido!? En fin…

Estos doctores son un problema muy complejo en mi vida. No sé cómo tratarlos. Me hablan de síndrome cultural y creo que ellos no saben nada de cultura. Son muy incultos y aunque hayan estudiado no aprendieron mucho en la vida. La vida no es un aula donde se repite todo de memoria para venir a decirme que estoy enfermo porque a veces pierdo la memoria.

Hay un poeta portugués que de tanto hacer poesía y reinventar la vida, se convirtió en decenas de poetas. ¿Podía decirse entonces que tenía trastorno de identidad disociativo, o desorden de personalidad múltiple? ¿Por qué no hacemos una biblioteca acá? ¿Por qué no tenemos los libros de los poetas del portugués?

Sus libros son mejores remedios que las pastillas de los doctores. Pero si digo eso van a decir que estoy muy loco. Que estoy fomentando la personalidad múltiple. Que estoy generando un desorden disociativo en la gente.

Habrase visto, decir que un poeta es muchos poetas porque padece un desorden disociativo. Por eso no digo nada y sigo contando historias de este libro que alguien me regaló, aunque algunos a veces se cansen de escucharme.

8.

No todo es lo que parece. No todos somos tan locos como parecemos. No todos son tan cuerdos como parecen. No todos son tan cuerdos como creen. No todos somos tan locos como creemos. No es lo mismo ser loco que tonto aunque se parezcan.

El mundo nos lleva a creer muchas veces en algo que no es. Nuestro cerebro a veces se apura, se precipita y cree en algo que no es. A veces aceleramos el pensamiento y generamos juicios rápidos, y nos aparecen todos los prejuicios. A veces reaccionamos por intuición, como si todo fuese fácil de saber. Entonces el cerebro se pone en el lugar del corazón y las emociones lo secuestran.

El amor y el dolor lo secuestran, la tristeza y la alegría lo secuestran. El cerebro queda aturdido y mira aturdido por su emoción, por el golpe del sentimiento y ahí reaccionamos sin saber que nos estamos haciendo trampa al solitario.

El cerebro es un problema, siempre se hace trampas al solitario para sobrevivir. Es más fácil sobrevivir pensando rápido y trampeándonos el pensamiento.

El pensamiento puede ser también una trampa, puede arrastrarnos a la sima o la cima. Puede hacernos superficiales, primarios, etiquetar a todo el mundo antes de conocerlos, decir que son muy locos cuando son muy cuerdos y muy cuerdos cuando son un tanto locos.

El cerebro a veces nos hace actuar como los jueces de fútbol, que juzgan el instante. Entonces nos llevamos por la vestimenta, por el lugar de dónde son, por su tendencia sexual, por el color de piel, por su conocimiento, por su dinero, por ser distintos…

Rompamos las trampas, no juzguemos locos ni cuerdos a quiénes no lo son. Juzguemos su actitud, sus mentiras, sus verdades. O mejor no juzguemos, hagamos nuestra vida sin juzgar a los otros… Pero sigamos haciendo preguntas, aunque a veces no tengamos respuestas.
Preguntemos hasta siempre dice uno acá, preguntemos hasta nunca dice otro. Cuando ya tenía las respuestas me cambiaron las preguntas decía un grafiti. Pero las preguntas siguen cambiando. Hay preguntas y respuestas que están ahí, intocables, en el cerebro, y otras que caminan libres por la gente del mundo.

Hay uno acá que le gusta hacerse muchas preguntas, para las cuales no tiene respuestas, pero las inventa. Las preguntas son como adivinanzas. Un día vino corriendo como desesperado, después de escuchar a las sombras del noticiero de la televisión decir que el mundo estaba en cuarentena, que no había camas en los hospitales y los doctores salvaban a unos y dejaban morir a los otros.

Los ojos le saltaban. Quería hablar y no podía, hasta que empezó a preguntar, como quien pregunta para hacer un testamento.

¿A quién salvar entre Don Quijote y Rocinante heridos por gigantes?, se preguntó Sancho. O tal vez fue el médico de un hospital de Milán, Madrid, Nueva York o Guayaquil. No era una pregunta, era una respuesta con tono de interrogante. ¿A quién salvar entre el negro de Harlem y el jugador de Wall Street? ¿A quién salvar entre el jazz y el ruido de las monedas? ¿A quién salvar entre el saxo y la máquina de contar billetes? ¿A quién salvar? ¿A quién salvar entre la mujer que cruzó el muro con su guagua a cuestas y su patrón de Texas? ¿A quién salvar entre el charro y el vaquero? ¿A quién salvar entre Zapata y Lincoln? ¿A quién salvar entre el niño que cruzó el Mediterráneo en balsa y el que no quería dejarlo pisar tierra? ¿A quién salvar entre los zapatos mojados en la arena y los zapatos de un presidente? ¿A quién salvar entre una abuela de Plaza de Mayo y un aprendiz de torturador? ¿A quién Salvar entre un pañuelo blanco, amarillento por los años y la picana recién estrenada? ¿A quién salvar entre la vida y la muerte? ¿A quién salvar entre el olvido y la memoria? ¿A quién salvar entre el inquilino de la casa real y un punk del suburbio madrileño? ¿A quién salvar entre una guitarra y una corona? ¿A quién salvar entre un rey y un elefante? ¿A quién salvar entre una corona y el coronavirus? ¿A quién salvar entre la monarquía y la república? ¿A quién salvar entre el habitante del Guasmo guayaquileño y el de Samborondón? ¿A quién salvar entre el que se lleva la plata fuera sin pagar impuestos y el que vende limones en una esquina de Quito? ¿A quién salvar entre un farsante gobernante y un indígena del páramo o la selva? ¿A quién salvar de la tzantza? ¿A quién salvar entre la mascarilla y la máscara? ¿A quién salvar entre una abuela de 100 años y una nieta o nieto que vivió de esa abuela y la olvidó? ¿A quién? ¿A quién salvar entre los dueños de todo y los dueño de la nada? ¿A quién salvar? ¿A quién? ¿Al Quijote o a Rocinante? ¿A Rocinante o a Sancho? ¿A Sancho o a los gigantes? ¿A los gigantes o a los molinos? ¿A los molinos o a sus dueños? ¿A quién Sancho? ¿A quién doctor? En todo caso, no se preocupen, la pregunta no es ¿a quién salvar?, la pregunta es: ¿a quién matar? Pero no es una pregunta, es una respuesta con tono de interrogante…

En fin, acá estamos en cuarentena perpetua. Quiere decir que si el mundo está en cuarentena, finalmente ocurrió el milagro y el mundo se hizo un gran manicomio. Así que al principio no me asusté. Pero después, me di cuenta que el mundo se hizo un gran centro de la cordura. Entonces, mirando a los doctores hablar bajito entre ellos, y usando el cerebro, me preocupé: ¿a quiénes salvarán y a quiénes dejarán morir los doctores de acá cuando sea el momento de usar su cordura?

rmh/kl

*Del libro EL CEREBRO

Vivir es ser otro – Primer Laberinto

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