Por Frei Betto
En medio de las negociaciones para impulsar la reducción del uso de combustibles fósiles durante la 30ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30)- Belém do Pará, Brasil, 10-21 de noviembre – el número de cabilderos de la industria petrolera en las ediciones de la conferencia climática alcanzó un record.
Esto según un informe de la coalición «Kick Big Polluters Out», KBPO, que identificó la acreditación de mil 602 representantes de esta industria en el evento. Una hoja de cálculo a la que el periodico brasileño O Globo tuvo acceso muestra que la cantidad es mayor que el tamaño de las delegaciones de casi todos los países participantes, solo superada por Brasil (tres mil 805). (Noticias de O Globo, 20/11/2025).
Hay una criatura mítica que deambula por los pasillos del poder, un ser de excepcional adaptabilidad y flexibilidad moral que hace que un contorsionista parezca un poste de hormigón. Este ser no es un político ni un burócrata, sino su servidor más fiel (y bien pagado): el cabildero político, una figura discreta que se escabulle entre oficinas como un somellier de intereses.
Si alguna vez se preguntó cómo una ley aparentemente oscura, que beneficia a una sola empresa fabricante de tejas de amianto, logra pasar ilesa el escrutinio democrático, sepa que no fue un milagro. Fue obra de un profesional.
El lobista es el maestro supremo en el arte de manipular la opinión pública. Su columna vertebral no está hecha de vértebras, sino de un material mucho más maleable: el oportunismo estratégico. Su convicción más profunda es que el cliente siempre tiene la razón, siempre y cuando el cheque no falle. Un lobista que representa a la industria de alimentos ultraprocesados dirigida al mercado infantil es capaz, en un día, de citar estudios complejos (encargados por la propia industria) sobre la importancia de los productos para un crecimiento saludable. Al día siguiente, si el cliente se cambia a una empresa de productos veganos, el mismo lobista dará un discurso conmovedor sobre los males del «veneno envasado» y la conveniencia de los productos sin origen animal.
Su vida es un eterno «sí, señor, Excelencia». Su repertorio incluye sonrisas para toda ocasión. Una sonrisa cómplice para el aliado, una sonrisa comprensiva para el indeciso, una sonrisa de piadosa consternación al escuchar los argumentos de un oponente. No discute, «aclara». No presiona, «hace sugerencias». No compra votos; eso es ilegal y de mal gusto. Patrocina cenas en restaurantes de lujo, ofrece asientos en palcos VIP para eventos deportivos y, lo más importante, le proporciona al político sobrecargado de trabajo algo invaluable: una presentación de PowerPoint bien hecha.

Esta presentación de PowerPoint es la pieza clave de su arte. En ella, los oscuros intereses de una corporación multinacional se transforman en «estimular el crecimiento económico nacional». Las regulaciones incómodas se convierten en «un obstáculo burocrático que frena la innovación y el emprendimiento». ¿Y las ganancias astronómicas del cliente? Eso se traduce discretamente en «generar valor para los accionistas e impulsar la economía». El lobista es un traductor profesional, capaz de transformar la «codicia» en «progreso» con la facilidad con la que se cambia una corbata.
Quien imagine que un lobista vive una vida glamorosa se equivoca. Su agenda es extremadamente apretada: café con un congresista, almuerzo con un asesor, una reunión con una secretaria, una cena con un director ejecutivo y, por supuesto, esa conversación informal en el pasillo del parlamento sobre la importancia de «modernizar el marco regulatorio».
Sus habilidades de camuflaje son legendarias. En un almuerzo con un congresista ambientalista, un lobista de una petrolera hablará con lágrimas en los ojos sobre su amor por los delfines y la inversión de la compañía en tecnologías de captura de carbono (un proyecto pequeño pero muy fotogénico). En la próxima reunión, con un congresista del sector industrial, defenderá la «necesidad de flexibilizar las licencias ambientales para no sofocar la competitividad». No es un hipócrita; es holográfico. Su personalidad se proyecta según la audiencia. Cumple la misión de armonizar las necesidades privadas con las decisiones públicas: una sutil alquimia en la que, como por arte de magia, el interés colectivo suele coincidir con el de quien contrató sus servicios.
La presión, su principal herramienta, se aplica con la delicadeza de un orfebre y la fuerza de un tractor. Empieza con un correo electrónico cortés, sigue con un café y luego con una cena. Ofrece redactar un informe técnico para la comisión parlamentaria (que, por una increíble coincidencia, defenderá exactamente la postura de su cliente). Moviliza a «expertos independientes» (quienes, por otra coincidencia, reciben pagos del mismo cliente) para conceder entrevistas. Y, si todo lo demás falla, siempre puede recordarle sutilmente al congresista cuántos empleos genera la empresa de su cliente en su base electoral. No es una amenaza; es un «recordatorio de la importancia del sector para la región».

En el fondo, el lobista es el antihéroe del mundo moderno. No lucha por una ideología, sino por una ley. No corrompe, ofrece regalos irresistibles. No busca cambiar el mundo, sino mantenerlo lo suficientemente inclinado para que los dólares y euros de sus clientes fluyan en la dirección correcta. Es un actor que nunca recibe aplausos, un escritor fantasma cuyas palabras se convierten en ley y un psicólogo aficionado que trata las inseguridades de un CEO ante la posibilidad de menores ganancias.
Sin duda, es un trabajo ingrato. Tener que estar de acuerdo con todos, elogiar ideas mediocres y sonreír a quienes desprecias requiere una resistencia sobrehumana. Pero a fin de mes, cuando el sueldo llega a la cuenta, el cabildero puede irse a la cama con la conciencia tranquila. No vendió su alma; solo la alquiló, con opción a renovación, a quien pague más. Y en este mundo de convicciones flexibles y verdades mutables, es, sin duda, el más flexible y adaptable de todos. Un auténtico camaleón de traje y corbata, cuyo único color verdadero es el del dinero.
En definitiva, el cabildero es una especie de superhéroe institucional. No vuela, no dispara rayos láser, pero tiene el poder de transformar un rotundo «no» en un «vamos conversar». En un país donde la conversación es la base de todo, sobre todo en lo que implica un presupuesto, este poder es prácticamente divino.
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