Por Gustavo Espinoza M.
En homenaje a la memoria de Héctor Salazar Zapatero. Director de la revista “Reflexión” y destacado combatiente por la causa del socialismo y que vive en la memoria de nuestro pueblo.

Recientemente el señor Donald Trump aseguró que estaba dispuesto a considerar al Perú como su “amigo favorito” fuera de los linderos de la OTAN en esta parte del escenario americano.
Las palabras del mandatario yanqui fueron recogidas aquí con alegría y esperanza por parte de la “Prensa Grande”. Desde las columnas de diversos medios auditivos, radiales y escritos, los clásicos sicofantes de la burguesía saludaron “la intención” de la Casa Blanca y hasta César Hildebrandt aseguró que había que acoger esa disposición porque finalmente, ella seria “favorable para los intereses del país”. Caro error, sin duda.
Lo primero que habría de preguntarse para analizar un tema como éste, es el origen de tan sorpresiva propuesta. ¿De dónde vino esta vez la iniciativa del Mandatario USA? Sólo así se tendrá idea del sentido general de ella y será posible entenderla.
De modo general siempre se consideró que Colombia era el país latinoamericano más definidamente atado a los Estados Unidos. No solamente porque tenía gobiernos pronorteamericanos, sino también porque ellos eran “estables” y garantizaban la continuidad de una relación que asomaba inquebrantable.
También porque gracias a esa situación, Estados Unidos podía disponer libremente de toda la riqueza colombiana, desde sus minerales hasta sus productos de consumo cotidiano, como el café o el cacao.
Colombia no escatimaba nada a Washington, ni siquiera el manejo de su Fuerza Armada ni el uso de su territorio con fines belicistas. De ahí, el “Plan Colombia” y la fabulosa Operación Anti Drogas, a cargo de la DEA, que hizo pensar siempre en el combate regular y frontal contra el narcotráfico y sus derivados. Entre el 20O2 y el 2022, sobre todo por iniciativa del señor Álvaro Uribe, este vínculo de “colaboración eficaz” entre Estados Unidos y Colombia” pareció alcanzar su verdadero clímax.
Colombia ofreció su territorio para “operaciones especiales” contra la Venezuela Bolivariana y en el 2018 cedió su frontera para crear artificialmente un “conflicto militar” a fin de generar un enfrentamiento armado y hasta una guerra formal entre ambos países.
En ese marco, y para facilitar dicho operativo, el gobierno de Colombia, ya entonces a cargo del señor Iván Duque, solicitó formalmente que su país sea admitido en la Organización del Tratado del Atlántico Norte -la OTAN- esa siniestra estructura belicista creada por los Estados Unidos a fines de los años 40 del siglo pasado, en los inicios de la “guerra fría” para hacer frente a la “expansión del comunismo”.

La idea era simple: generar una guerra fronteriza entre Venezuela y Colombia y luego asegurar que este país solicitara el apoyo de la OTAN para hacer frente a la administración de Caracas. Así, en un abrir y cerrar de ojos, se trasladaba a América el conflicto militar del norte de África, donde las tropas de la OTAN habían derribado al régimen de Libia.
Para la Casa Blanca no había duda que, con el poderoso apoyo de la OTAN, Colombia ganaría la guerra y el régimen de Nicolás Maduro seria vencido. Estados Unidos habría logrado su objetivo y Colombia cumplido su papel.
Las cosas no salieron así. Pese a las intensas y constantes provocaciones, Caracas no picó el anzuelo y no pudo generarse conflicto alguno. Las tropas de la OTAN se quedaron como las invitadas al baile desairadas a última hora, “con los crespos hechos”. Pero lo definitivo, ocurrió después: En el proceso electoral del 2022 la derecha colombiana fue finalmente derrotada y para desconsuelo de Washington, ganó las elecciones Gustavo Petro. Esa circunstancia marcó un giró definitivo y abrió paso a la derrota de la política guerrerista del imperialismo.

A partir de entonces, Estados Unidos perdió literalmente Colombia y gracias a ese hecho, el país de Gabriel García Márquez salió de sus “100 años de soledad” y volvió a encontrarse no sólo con Venezuela Bolivariana, sino con los pueblos de América Latina, afirmando su propio camino independiente y liberador. Para atacar a Venezuela, USA se vio forzado a buscar “otro amigo”: el Perú.
El amor al Perú tiene entonces nombre propio. Y ya se está jugando en el escenario continental. No sólo se llama Chancay y tiene el rostro de puerto. Posee también connotaciones más próximas.
Por iniciativa de la Cancillería peruana, seis países de la región suscribieron recientemente una Declaración exigiendo a Caracas “restablecer la democracia” en la Patria de Bolívar. Y más recientemente firmaron otra aún más comprometedora: se comprometieron a respaldar “todas las acciones orientadas a restablecer la democracia en Venezuela”.
Ni una palabra de condena a las acciones del pirata del Caribe, ni al robo del petróleo venezolano. Tampoco, por cierto, de repudio al asesinato de más de un centenar de civiles ejecutados extrajudicialmente por la marina de guerra de los Estados Unidos. Tan sólo, apoyo a una intervención armada en el país llanero.
Para que juegue ese papel, de gonfalonero de la guerra, es que Estados Unidos busca que el Perú sea “su amigo preferido” más allá de la OTAN.
Cuando eso fracase una vez más- porque habría de fracasar, sin duda alguna- y el Perú recuerde las promesas de su amigo, el señor Donald Trump, en la voz gutural de John Foster Dulles, habrá de refrescarle lo que dijera al mundo en junio de 1954: “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”.
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